¿LAS BURBUJAS?

QUIEN haya sintonizado el mensaje de toma de posesión en Argentina, no pudo obviar el repaso del sinnúmero de cifras alarmantes describiendo la caótica herencia –un país en ruina total– que recibe la administración entrante. A cualquiera que anticipase un discurso menos adormecedor, le pudo haber lucido aburrido que haya dedicado tanto tiempo –en su prédica inaugural– a sacar un inacabable inventario de números apocalípticos. El recuento de uno tras otro factor negativo que –como inclemente tempestad– se cierne sobre los argentinos; nada para celebrar el inicio de un nuevo gobierno sino, más bien, un desastre inconfesable como para echarse a llorar. No fue un discurso político –como estilan otros gobernantes que hablan frente a un auditorio amigable con miras a motivarlo– hecho para recibir aplausos. Fue, al contrario, un glosario técnico de guarismos de espanto alertando que el tormento no ha terminado. Sacar el país del fondo del precipicio al que lo embrocaron, sigue siendo una aventura accidentada. No se sube la empinada sin sufrir más golpes, heridas, chimones y rayones –con riesgo de volver a deslizarse cuesta abajo– y no hay magia ni atajos para producir alivios ipso facto.

Anunció, dizque para comenzar a corregir el descalabro sufrido –debido a las destructivas gestiones que le antecedieron– un shock de medidas de ajuste. Sabrá Dios cómo desactivar las bombas de tiempo que le dejaron. Tuvo la franqueza de admitir que, “miren donde miren”, la situación de Argentina es crítica y de emergencia. La vaina es que quienes votaron esperanzados en una reversión milagrosa a la insufrible situación que ya padecen, por de pronto, van a quedar decepcionados. No hay cura inmediata. Antes bien, las medidas que anuncia como correctivos van a producir efectos groseros sobre la gente qué, sin duda, van a confundirse con las condiciones lamentables de la precaria situación que ya se vive. Y en el supuesto que algunas de ellas, a mediano o largo plazo, generaran alguna recuperación, quien sabe de qué tamaño sería, ni que tanto beneficio acarrearía, como para que la gente sienta una notable diferencia. Frente a la profunda calamidad que angustia al país, nadie resiste, con resignación cristiana, una terapia de shock a no ser que paralelamente se ofrezca un bálsamo anestésico compensatorio.  Un flujo externo de recursos frescos extraordinarios que, desgraciadamente, luce ser inexistente. Los Kirchner salieron de sus apuros –cuando asumieron con economías deprimidas– gracias a los millonarios subsidios, puentes financieros y otras ayudas de sus aliados de izquierda. Las potencias afines son más diligentes si ven en esas inversiones que realizan una forma de fastidiar a Washington, incursionando en su patio de influencia en Latinoamérica. Y si de vecinos ricos se trata, para aquellos días el benefactor venezolano nadaba en recursos. Sumas abundantes para el consumo interno y para repartir. Billete de sobra para tirar para arriba, cuando gozaba de un auge impresionante de los precios del petróleo.

Las izquierdas son botaratas y solidarias con sus camaradas, cosa que no sucede del otro lado que la asistencia, si es que la dan, es muy limitada, tardada y a cuentagotas. Así las cosas, no sea que el festejo de las derechas acabe en alegrón de burro. A veces ganar es perder. Lo logrado con votaciones abrumadoras –tal es el reto de la gigantesca crisis– se esfuma en el momento menos pensado. Con igual rapidez que creció la popularidad, podría desplomarse. (¿Entonces –entra el Sisimite– lo que subió como la espuma a igual velocidad va a bajar cuando las burbujas se desinflen? ¿Lo que pasaría si al tal Milei, para paliar el desmadre que recibe, no le llueve maná del cielo? -Si nos remitimos a los antecedentes –interviene Winston– ¿a qué gobierno conservador le han dado el paraguas y el capote que ocupa para capear el temporal? -¿Y el FMI y el BID y el BM –inquiere el Sisimite– y los amigos rubios? -Son más recomendaciones que otra cosa –responde Winston– nada para siquiera humedecer la boca del sediento; si es una minucia de fondos que sueltan comparable a la gravedad del desastre que se sufre. Y lo que aconsejan –interrumpe el Sisimite– es apretarle el pescuezo al paciente en cuidados intensivos –y a Milei que ganas no le faltan– que si no lo mata la enfermedad se muere de asfixia).