Manual del joven plástico

(1/2)

José María Leiva Leiva

Otra recordada anécdota del pintor y profesor Santos Arzú Quioto, mencionado en el artículo “El mar, mi alma… y yo”, ocurrió en la graduación de bachilleres en noviembre de 2003, del Instituto Salesiano San Miguel, entre quienes se encontraba mi hijo José María. El profesor Arzú fue el padrino de aquellos jóvenes, y con tal suceso le tocó pronunciar un elocuente mensaje que a nadie dejó indiferente. Había en sus palabras, gracia e imaginería y sobre todo una crítica mordaz y socarrona que ponía al desnudo el iluso mundo de todos aquellos que viven colgados en la fantasía.

El profesor Arzú invitaba a sus discípulos a evitar a toda costa, la superficialidad, y al efecto les leía un breve manual del “joven plástico”, al que denominó “el fresómetro”, en donde encontramos las características que definen al “chavo fresa”. Simbiótico, en cuanto que combina en forma admirable la ridiculez y el sentido de lo trágico. Aparenta tener, pero es un acabado. Es un gran pirata musical. Quiere ser popular a como dé lugar. Sin escrúpulo alguno. No pide prestado, arrebata. Fanfarrón y ordinario. Se toma una cerveza y empieza a llorar.

Se ufana de tener la novia más bella del planeta y enseña una foto que anda en la billetera. La recortó de una revista. Las cartas de amor se las manda él solo. En esa billetera solo guarda -además de la autocarta- la tarjeta de crédito del papá que hace rato caducó, y las etiquetas de las camisas que le compraron en Navidad. A esto agréguele dos fotocopias de billetes de quinientos. Es superficial, nunca aterriza, está desubicado. No conoce el centro de Tegucigalpa. Se perderá si lo dejan solo.

Vive de espejismos y apariencias. No aprecia el esfuerzo de los demás. Quiere que todo el mundo le celebre sus estupideces. Se siente el exponente absoluto de la belleza masculina. En su casa ha sido sobreprotegido y consentido. Tanto, que entre él y una muñeca “Barbie” no hay ninguna diferencia. Afortunadamente para él la moda de la alta costura dicta que hay que vestirse como vago… lo cual definitivamente le favorece. Es incomprendido, porque nadie aprecia su “look”.

De repente, un día amanece con su cabello pintado de rubio platino, al día siguiente sorprende con un castaño texturizado con destellos cobrizos, a punta de peróxido pasa a negro azabache, hasta aterrizar en un magenta crudo fulminante o un morado remolacha patético. Pero aparte del pelo, también sus ojos cambian de color, y para su dicha, con la tecnología actual se puede adquirir en el mercado lentes de contacto o, mejor dicho: “escamas”, para ojos que vienen en diferentes colores; la gama es magnífica: Puede escoger entre fucsia fosforescente, ahumados, lechosos, verdosos o un anaranjado “Banasupro”. Y los que desean, además, verse sexy, optan por ojos estilo “doberman” o de “pescado”. Es superficial adulto, tiene doble moral. Es un cristiano que da la impresión de ser muy comprometido y desborda en amor al prójimo.

Especialmente cuando sale de misa o del culto. Sin embargo, siente repugnancia del niño pedigüeño que se acerca al carro cuando el semáforo está en rojo, entonces sube rápidamente el vidrio polarizado y se marcha profiriendo cualquier cantidad de insultos e improperios. Da gracias a Dios que existen los mendigos, pues con ellos se puede ejercitar la piedad y salvar el alma. Es un ferviente defensor de la justicia social y a la muchacha que le cocina y le asea la casa le compra delantales blancos y uniformes de colores pasteles, y no es para que esté cómoda, sino para que la trabajadora combine con los muebles de la sala y haga juego con la decoración general.