Por: Rafael Delgado Elvir*
Hay muchas cosas que preocupan en el país. Por ejemplo, la pobreza que está en los hogares hondureños y que amenaza con recrudecerse. Y pese a la claridad que representa el concepto de pobreza, aun así, ha habido quienes particularmente desde las posiciones del poder político, han pretendido acomodar el concepto, las mediciones y su interpretación a su favor. Pero ahora la emigración irregular, acto desesperado y evidente de huida de las circunstancias del país se ha convertido en algo tan claro, señalando y midiendo sin duda alguna, que tan mal está la situación de las familias del país. En efecto, la emigración irregular se produce en magnitudes importantes, día a día sin parar y ante eso no hay lugar para dos interpretaciones.
Pero hay algo más. La emigración irregular como respuesta a la pobreza, manifiesta la pobre percepción sobre el país que tiene la gente. En cada hondureño que emprende ese azaroso camino, prevalece un convencimiento absoluto que la situación está mal y que permanecerá así en el futuro. Por ello toman la decisión; esa aventura que puede verse y explicarse cómo se desarrolla, pero que nadie más que ellos comprenden. Conocemos esas historias de los que intentan una y otra vez; de los que llegan y tienen éxito. Sin embargo, no sabemos mucho de los que están pensándolo; los que no se han decidido y quizás tampoco lo harán, quedando aquí sumidos en un hoyo de incertidumbres y calamidades.
Esto que día a día sigue ocurriendo debe ser prioridad en la agenda de todos los que tienen alguna responsabilidad en el país. El país no podrá avanzar con la continuación de esa marcha escandalosa de huida que siguen emprendiendo los centroamericanos y los hondureños en especial. Las remesas, resultado más evidente de todo esto, están ayudando a los hogares hondureños pobres y a la economía en general, pero no podemos fiar el bienestar del país a ello. Con cada migrante, hay una remesa, pero detrás queda un país sin gente joven, hogares divididos y dificultades profundas en el funcionamiento del país. Por ello se requiere empezar generando un ambiente de menos incertidumbre y de mayor confianza entre los hondureños hacia el país.
En especial lo que gobiernan deben ser los primeros llamados a esto. Es importante emprender el camino del cambio en el país. Ello implica desmontar todos los mecanismos que se han instalado por muchos años y que han contribuido a debilitar las instituciones, las leyes y a desenfocar los esfuerzos de las políticas de gobierno. Ello implica acciones sinceras, enfocada en los más necesitados, desprovistas de cualquier interés partidista y de cúpula, así como ausente de revanchismo contra los enemigos y de protección hacia la corrupción de los amigotes y la parentela. Pero lo que vemos desde el Congreso Nacional nos indica que no estamos en sintonía con lo que en estos momentos se requiere, enviando así pésimas señales entre todos aquellos más necesitados y más dispuestas a huir del país.
El Partido Libre debe finalmente reconocer un principio fundamental de las reglas que ellos aceptaron al convertirse en partido que consiste en el respeto al principio de la mayoría. Los resultados electorales, pese a lo incómodo que pueden ser, dieron una representación que debe reconocerse y respetarse. Saltarse eso, buscar otras salidas que no pasen por la mayoría es funesto sentando un precedente por el que después todos querrán andar, destruyendo así aún más a las instituciones y sus leyes. Gobernar y legislar con los mismos vicios de los que por muchos años combatieron, los convierte rápidamente en un partido tradicional y del atraso. Por su parte los dirigentes del Partido Nacional deben entender del daño que ocasionaron al país durante 12 años y que ahora poquísimos les creen. Su oportunidad ha pasado. Es el momento de un verdadero movimiento ciudadano que salve a nuestra patria y que obliga a la clase política a tomar las decisiones necesarias por unir al país alrededor de una propuesta sincera de cambio.
*Economista. Catedrático universitario.