Por: Segisfredo Infante
Hoy no quiero complicarme la vida. Mi estado momentáneo de salud se interpone entre lo que deseo escribir y lo que realmente puedo escribir. Por eso trataré de centrarme en un solo libro de George Bernard Shaw. Ni siquiera en el libro mismo, sino que más bien haré un comentario tangencial, a mi manera, de la obra dramática en relación con una película y el tema educativo en el interior de las sociedades.
Bernard Shaw era un dramaturgo y un teatrista dublinés de primera, con un delicioso sentido irónico del humor que en ocasiones se tornaba corrosivo. Creo que su comedia más simbólica es “Pigmalión” (1913), inspirada en la mitología griega y en la literatura romana. Se trata de la fábula de un hombre enamorado de una estatua a la cual pretende darle vida y traslaparle sus conocimientos. Llevando las cosas más lejos Bernard Shaw crea dos personajes polémicos (un profesor experto en fonética inglesa, y un coronel, creo que retirado). A la salida de una especie de teatro londinense se sumergen en una suspicaz conversación sobre las peculiaridades del idioma inglés que se pronuncia en cada uno de los barrios de Londres. Como quien dice, las variables dialectales de una misma lengua dentro de una ciudad cosmopolita. Incluso identifica que el idioma usado por el coronel, es un inglés de Oxford enlazado con las experiencias en la India, en los tiempos imperiales de Gran Bretaña. El coronel queda asombrado.
En tales disquisiciones se encuentran enfrascados cuando emerge una joven guapa, vendiendo flores. El profesor identifica de inmediato la zona londinense de la cual proviene la florista, por su manera de hablar. Y apuesta con el coronel que en seis meses la puede convertir en una dama de la aristocracia, especialmente porque él le enseñaría a pronunciar el inglés tal como lo hacían las élites de comienzos del siglo veinte. Ambos personajes aceptan los términos de la apuesta y le proponen a la muchacha que se traslade a vivir a la casa del profesor, a donde llegará de visita el coronel a fin de observar los avances de la nueva discípula. O el fracaso del maestro.
Los días y los meses avanzan hasta que deciden invitar a la antigua florista a una fiesta de gala, en donde la muchacha es percibida como alguien de la nobleza. La apuesta es ganada por el profesor, quien al parecer se ha enamorado de su alumna. Pero ella, aunque expresa una enorme gratitud a su tutor y al coronel que siempre la trató con deferencia, se enamora de un joven apuesto que pareciera visitar aquella residencia, y se marcha con él, dejando al profesor sumido en una especie de desasosiego existencial.
De esta obra de Bernard Shaw se pueden colegir varias lecciones. La primera de todas es que una educación esmerada puede cambiar, más o menos, a las personas, sin importar los orígenes sociales de cada cual. Digo “más o menos” porque en todo proceso formativo inciden otros factores concomitantes. La segunda lección es que el manejo de nuestro propio idioma es clave al momento de pensar y de interrelacionarnos con los demás, y que las formas de usarlo delatan la procedencia de las personas. Es más, aquellos que desean convertirse en escritores, deben saber primero que la lengua materna es el material plástico con el cual trabajan. Un desconocimiento de su propio idioma, podría conducir a un escritor a que produzca esperpentos literarios.
En nuestro caso presumimos que los usos del español son uniformes en todos los puntos geográficos dispersos de Honduras. Lo cual puede conducirnos a severos errores de apreciación. Porque por los modos de hablar de las personas, podemos identificar en forma aproximada a qué actividad se dedican. De qué subregión geográfica del país provienen y cuáles han sido sus relaciones interpersonales. En los cursos masivos de “Historia de Honduras” estuve en condición de apreciar tal fenómeno. Percibí que había alumnos que apenas manejaban unas treinta o cuarenta palabras en español, y muchas interjecciones pronominales chocarreras, más emparentadas con el “reguetón” y otros ritmos del “bajo mundo”. Es más, me ha sorprendido que ciertas personas con buenos niveles académicos se opongan a que hablemos el español correctamente. Claro está que las reglas nunca debieran ser rígidas, y que incluso cada escritor debiera aspirar a poseer su propio estilo gráfico y expresivo, sobre la base del conocimiento riguroso.
Un manejo correcto de la lengua materna puede obrar milagros, hasta lograr, como en el mito de Pigmalión, que las estatuas cobren vida simbólica y salgan a caminar por en medio de los ruidos ensordecedores. En este punto pienso en cuatro versos de Rubén Darío: “En mi jardín se vio una estatua bella;// se juzgó mármol y eran carne viva;// un alma joven habitaba en ella, // sentimental, sensible, sensitiva.”