Grave problema de fondo

Por: Segisfredo Infante

Siempre ha sido relativamente escaso el número de individuos que ha reflexionado sistemáticamente sobre los fenómenos en forma multilátera. Pero en los días que corren creemos que la disminución es abismal. Los motivos pueden ser diversos, según sea el nivel cultural, tecnológico y las exigencias imperativas de cada sociedad. No se puede pedir entendimiento ni mucho menos pensamiento profundo a grupos humanos que padecen inmediateces, como las hambrunas crónicas, los reiterados siniestros naturales y los enconos aparentemente insolubles.

A pesar de todo siempre hubo un pequeño contingente de artistas, contadores, escribanos, teólogos, pensadores e historiadores primarios, que estaban interesados en que las memorias de sus propios pueblos perduraran durante décadas o siglos, ya fuera mediante pinturas rupestres, escrituras pétreas y papirológicas, listados dinásticos, cosmogonías, poemas heroicos y relaciones epistolares, hasta arribar a la vieja filosofía clásica. Porque, aunque sea poco conocido el asunto, en los tiempos antiguos se editaban y archivaban tabletas de arcilla y rollos de libros (en papiros y pergaminos) que después del uso interno pasaban a comercializarse mediante copias y traducciones de los mismos, que se solicitaban desde ciudades y culturas lejanas. Los cenáculos de escribanos, las academias primigenias y la Biblioteca del Museo de Alejandría, fueron los faros luminosos de aquellos quehaceres intelectuales, gracias a los cuales aún se conservan fragmentos y obras más o menos completas de aquellos pensadores y científicos.

En los tiempos medievales, sin olvidar el interregno de tres siglos más o menos oscuros e inciertos después del derrumbe de Roma, las copias de los libros claves continuaron resguardándose en monasterios remotos de Irlanda, en los desiertos e incluso en el centro de Italia, a tal grado que al pasar las centurias varios monasterios se autosostuvieron con el trabajo de los lectores, traductores y copistas. Fueron famosas y consistentes, por añadidura, las escuelas de traductores de Córdoba y Toledo.

Con la irrupción de las imprentas en China y sobre todo en Alemania, los libros se volvieron más accesibles, y aumentó el número de escritores, lectores y “analistas”, hasta bien avanzado el siglo veinte. Pero en los últimos dos decenios, aun cuando han aumentado las publicaciones, percibimos que ha decrecido, de manera paradójica, la cantidad y calidad de los lectores serios o sistemáticos. Tal pareciera que con las tecnologías volátiles que se han puesto en boga, las personas abandonarán para siempre los libros, las lecturas, las investigaciones integrales e incluso el pensamiento sobrio, en la época de la llamada “revolución del conocimiento”. Autores y tecnólogos prestigiosos insinúan que las máquinas, los dobles digitales y el “metaverso”, sustituirán a los seres humanos en un futuro próximo.

Sean como fueren los resultados finales de tales vaticinios futurológicos, se avizora en un mediano plazo una orfandad intelectual como pocas veces se ha visto en las civilizaciones, en ligamen con la supuesta solución de los graves problemas del mundo y de las pequeñas naciones en particular. Naturalmente que va a resultar harto difícil que los hombres y mujeres pensantes renuncien a las propiedades implícitas del “Espíritu”, es decir, a la esencia histórica trascendente del ser humano. Siempre subsistirán, en el peor de los casos, unos nuevos monjes del “desierto” escribiendo en la medida de sus limitadas posibilidades, por lo que reaparecerán nuevos lectores reflexivos.

Soy de la opinión que un grave problema de fondo, en los actuales momentos, es el hecho que la gente ha dejado de leer en serio. En ausencia de lecturas integrales y sostenidas, es poco menos que imposible despejar las crisis contemporáneas que van apareciendo en las celadas del camino. En vez de desenmarañar los fenómenos, los enmarañamos cada día que pasa, volviendo inalcanzable el conocimiento de “la cosa en sí”, tal como lo sostenía el viejo Immanuel Kant. Da la impresión que hay redes de individuos interesados en que la gente, a nivel global, quede sumida en la más completa ignorancia, cargada de verborreas insustanciales, sin ninguna capacidad encaminada a comprender o desentrañar los laberintos históricos, políticos y culturales. Sin lecturas continuas y desprejuiciadas de diversas tendencias, caemos en situación de orfandad intelectiva, y marcamos una distancia abismal de lo que sería la búsqueda del bienestar real de los pueblos y de la humanidad entera. Me refiero al bienestar material y espiritual, en cuya ausencia todo se vuelve una absoluta vaciedad.

Si a alguien le interesa realmente la política concebida como ciencia, debe estudiar cuando menos los libros relacionados de Confucio, Tucídides, Platón, Aristóteles y Montesquieu. No frases aisladas de ellos. Si a otro le interesa la ética, debe comenzar por conocer el pensamiento de Immanuel Kant y de Luis López Aranguren. He mencionado estos nombres, como si fueran ejemplos al azar.