“¡NO hay duda –escribe una vieja amiga– aquí se aprende con alegría!”. “Esos diálogos de Winston y el Sisimite casi los puedo oír”. Lo anterior alusivo a esta conversación de cierre: (A mí –entra el Sisimite– que no me metan al agua, incluso cuando cae tormenta, los rayos los veo y los truenos los escucho, metidito en la cueva. -Pues yo, por instinto, sí sé nadar –interviene Winston– y supe que sabía, cuando chiquito me mandaron al instituto a aprender. El entrenador me zampó a una piscina y salí campante, nadando a la otra orilla. Pero mi compañero bulldog, apenas podía flotar y lo tenían que ir empujando hacia arriba para que se mantuviese a flote. -¿Y qué más –repregunta el Sisimite– aprendiste en el instituto? -Pues, siendo franco –contesta Winston– nada más. A mí me cuesta hacer caso. El entrenador pasó vergüenza cuando quiso mostrar lo que me había enseñado y disimulado, agarraba para otro lado ignorando las instrucciones. Pero siempre me dieron el diploma. -Pues –solloza el Sisimite– nada distinto a la educación en las escuelas y en los colegios. Nada enseñan y los alumnos nada aprenden. Y allí andan los cipotes, por esas calles de Dios, con su cartón, que no les sirve de nada, porque no encuentran trabajo. -Pues yo –riposta Winston– sí tengo trabajo. Vigilo, y me toca venir a platicar con vos y llevar notas de la conversación para que la metan a los editoriales).
“Es que ellos –agrega, y adjunta una foto de sus mascotas– son los que nos mandan”. (Pero es cierto –respondimos– a Winston chiquito lo mandamos a la escuela y nada aprendió. Mandaron un video donde se ve –lindo él a los pocos meses de nacido– nadar de un extremo al otro de la piscina. Pero hasta ahí. Pídanle que dé la pata, no la da; que venga cuando se le llama, no hace caso; que no ladre a los que quieren acariciarlo cuando va con la cabeza asomada por la ventana del carro, no para de ladrar; que camine para donde se le lleva, tampoco, uno no lo pasea a él, él lo pasea a uno; que entre a la casa cuando se le abre la puerta, se queda esperando afuera viéndolo a uno y entra hasta que se le antoja; que se espere un rato que no es hora de salir, necea y necea, ladra y regaña, hasta que uno le da gusto y lo saca a su ritual”. Es un Yorkie, pero amaestrado –otros preferirían decir maleducado– a la hondureña). Otro buen amigo comenta: “Buen epílogo de editorial, al estilo de Alejandro Dumas”. En referencia a esta conversación: (Te paso de choto –entra el Sisimite– el mensaje de otro fundador del colectivo: “Gorrones pero legales, la Constitución lo permite”. “La culpa la tiene el Rey, por no haber convocado a una manifestación de 20,000 personas el día de la votación, ni haber mandado sus colectivos; pudieron encerrar en una oficina a todos los opositores y arreglado con los suplentes para obtener los votos para los síes…”. -Y vos que te quejás de mis ironías –interrumpe Winston– cuando ante cualquier dificultad, el buen humor diluye lo grosero de la cruda realidad, y endulza hasta lo más amargo).
(A propósito de Dumas –interviene el Sisimite– la anécdota que contaba el abogado Oscar A. Flores de la vez cuando el catedrático universitario le llamó la atención al amigo Edgardo Dumas Rodríguez, en una de las clases de derecho, al notarlo divagado en otra cosa sin poner atención. -Usted, allá en el asiento de atrás –lo increpó el maestro– a quien pareciera no importar lo que enseño, ¿cuál es su nombre? -Edgardo Dumas –respondió el alumno– incorporándose en el pupitre. -Ah –prosiguió el maestro, ya con sarcasmo– entonces ¿usted ha de ser pariente de Alejandro Dumas? -Sí –le respondió Dumas– Alejandro es mi hermano. -Sálgase de mi clase –ya furioso– le ordenó el maestro. -Pero ¿por qué –protestó Dumas– yo creí que usted conocía a mi hermano Alejandro? (Y no era respuesta irónica, en efecto, tenía un hermano que se llamaba Alejandro). -Ese cuento –suspira Winston– está bonito. Parecido a lo que ocurrió unos meses atrás; por una frase que dije en una de estas conversaciones, corrigieron al editorialista, diciéndole que la cita no era de Winston Churchill. En efecto, no era de Churchill sino del otro Winston).