Por: Juan Ramón Martínez
Nuestra generación se está yendo. Es, un paso inevitable. Nos toca dejar el espacio para que los jóvenes compatriotas, ocupen el lugar. Es el mecanismo inevitable de esta humanidad que, hace camino sobre el planeta, desde la aldea, a la urbe. En forma constante. Como ayer, también lo será en el futuro. Con los cambios, como ocurre actualmente, en que la violencia daña a los jóvenes y a las mujeres, en una situación que no habíamos visto en los últimos 100 años.
Amílcar Zelaya Rodríguez, fue nuestro compañero en el “Mejía” de Olanchito. A finales de los cincuenta del siglo XX, decidió hacerse militar. Junto a otros compañeros, le fuimos a despedir al aeropuerto de “El Arrayán”. Ingresó a la “Escuela Militar Francisco Morazán”, y formó parte de la primera promoción. Fuerte y animado, hizo carrera; y mientras fue oficial de un batallón en Tegucigalpa, estudió Derecho, oportunidad en que volvimos a coincidir, junto a Enrique Soto Cano que era para ese tiempo el jefe de la Fuerza Aérea. En la última fase del reformismo militar, integró la Junta Militar de Gobierno con Policarpo Paz García y Domingo Álvarez. Una vez retirado, se dedicó al ejercicio profesional en SPS, donde, además, incursionó en el campo en la radio comercial. Al momento de su muerte, no pude ir a SPS para asistir a sus funerales. Pero su muerte me obligó a los recuerdos; y, a honrar la amistad ratificando la condición de ser originarios de una misma ciudad, en donde plantamos nuestros primeros recuerdos.
Ernesto Paz Aguilar, fue mi compañero en la UNAH, coincidimos en un par de clases. Siempre fue muy educado y gentil. Cuando lo elegimos presidente de la FEUH, celebré su elección, por sus méritos y valentía. En la oportunidad en que Paz Barnica, invitó a Felipe Sánchez, embajador de Estados Unidos, a la UNAH, Paz Aguilar en su calidad de líder de la FEUH, exigió que abandonara los predios universitarios. Años después, formamos parte del Tribunal Nacional Electoral, y nos tocó dirigir el proceso en que Carlos Roberto Reina, derrotó en las urnas a Osvaldo Ramos Soto. Publicó antes de fallecer, un libro sobre las revueltas hondureñas, que confirma su talento y su dedicación profesional. La última vez que le vi, fue en un almuerzo en la residencia de la embajadora de Taiwán en Tegucigalpa.
Eduardo Barh, me fue presentado por Gustavo Banegas cuando yo era el presidente del Consejo Estudiantil de la Escuela Superior del Profesorado. A petición de Banegas, le facilitamos su ingreso a la institución aprovechando el vacío que dejó un becario que, no soportó las exigencias académicas; y, había regresado a su casa. Eduardo mostró desde el principio, un enorme talento. Recuerdo su primer texto escrito con gracia y desparpajo, sobre un paseo que hicimos al “Río del Hombre”. No hicimos una amistad fuerte nunca. Teníamos estilos diferentes. Él era un artista, muy buen escritor; y, además, amigo de grupos. Y en su vocación artística, un extraordinario contertulio. Buen educador, sus alumnos lo recuerdan mucho. Los que le admiramos por su talento, lamentamos su ausencia, disgustados porque la muerte, nos negó su compañía generosa. Por un tiempo más.
Felipe Morales, nació en Tegucigalpa. Lo conocí en 1963, cuando vine a estudiar aquí. Era sobrino del novio de una maestra amiga que residía en la misma casa donde me daban albergue. Muchos años después, nos volvimos a encontrar y retomamos el hilo de la simpatía. Era entonces, un juicioso abogado; e, íntegro funcionario público que, atendió diferentes tareas, algunas de ellas, sin recibir sueldo alguno. En las tertulias del reencuentro, me enteré que era hermano de un extraordinario orador y abogado de estirpe sin igual; y que, había conocido en Santa Rosa de Copán en 1962: Ángel Augusto Morales. Felipe, tenía la vena literaria de los Morales. Escribía versos bajo el seudónimo de Arturo Cárcamo. En dos oportunidades, publiqué sus trabajos en “La Tribuna Cultural”. Al publicar un libro suyo, me pidió que hiciera la presentación que, me honró en gran manera. Cuando en la AHL, necesitábamos un abogado, ofrecía sus servicios generosamente. Su muerte, cuando todavía tenía mucho que darnos, me estremeció singularmente. Cuando llegué a la funeraria, ya lo habían llevado a Santa Lucia, en donde le dieron terraje. Me quedé, con las flores blancas, en las manos.