Mejor vivir alienado

Por: Héctor A. Martínez (Sociólogo)

Un buen amigo mío tiene por norma enviarme propaganda y publicaciones sobre el éxito de Nayib Bukele, o de Putin guerreando en Ucrania. También sobre la Revolución cubana. Lo hace para molestarme, desde luego, como diciendo, “¡Esto es lo mejor, convéncete!”. Al principio, trataba de rebatirle algunas cosas con argumentos bien pensados, pero, con el paso del tiempo me fui dando cuenta que cometía un error, porque, como bien decía mi abuela, “Donde hay un loco que no haya dos”; y convencer a un hombre-masa al decir de Ortega y Gasset, resulta una empresa imposible. Mi amigo dice ser “un hombre con consciencia social”, aunque, tengo la sospecha que no sabe lo que está diciendo.

Eso me hace recordar cuando éramos “cipotes”. Los que jugaban a ser revolucionarios en la universidad solían llamarnos a quienes nos dedicábamos a vivir la juventud, “burgueses alienados”, mientras ellos se jactaban de tener “consciencia social”. En realidad, lo decían solo para irse tranquilos a casa a ver la televisión. Para esa estirpe, ya lejana, tener consciencia social significaba haberse despegado de las masas que deambulan por la vida como zombies, mientras el sistema les explota y mueve los hilos de sus vidas como si se tratara de meras marionetas. Pero ellos se habían librado de esas ataduras, y ahora les tocaba liberar a los demás.

Como pocos saben, lo de la alienación es un concepto marxista que trata de explicar que los individuos vivimos en un mundo donde los poderes suelen manipularnos para que respondamos a sus exigencias, obedezcamos ciegamente sus propósitos, y nos conduzcamos según el patrón establecido por el sistema. Así, el marketing y Hollywood nos muestran un mundo donde vivir de conformidad con las reglas del poder consiste en llevar una vida tranquila, sin protestar, tratando de alcanzar el éxito material. Quienes analicen “El hombre unidimensional” de Marcuse entenderán mejor las cosas. Que conste: la teoría marxista de la alienación es una cuestión más complicada que esto; lo digo por los veteranos que la estudiaron a profundidad.

Los marxistas del ayer creían que la religión mantenía a los individuos en un estado de sopor, esperando a que Dios decidiera su destino, por fe y por dogma; de modo que había que arrancar de raíz esa mentalidad enajenada, cambiando precisamente todo el sistema, por ejemplo pasando de un capitalismo explotador a un socialismo liberador. La única manera de hacerlo era a través del caos y la violencia; despojar de los medios de producción a la burguesía y pasarlos a manos del proletariado para que se instaurara la dictadura de los “pequeños”, una evocación en versión política de las Bienaventuranzas cristianas.

De aquella raza revolucionaria, pocos quedan; al menos los que tomaron las cosas con seriedad. Refugiados en sus rincones del ayer, contemplan el desfile de la engañifa de hoy, condenados al ostracismo del exégeta que descubre la verdad. Al igual que ellos, saben que Marx estaría bastante decepcionado. A propósito: Erich Fromm trata de rescatar aquel humanitarismo revolucionario en “Marx y su concepto del hombre”.

Los “liberadores” de la sociedad posmoderna han resultado ser tan burgueses como los que sus ancestros combatieron en aquel mundo bipolarizado. La boina ha sido reemplazada por el saco y la corbata. Los recursos del combate ya no salen de la URSS sino de las arcas del Estado. Las fronteras entre vivir la vida como un zombi, es decir, alienado, y el tener la “consciencia de clase” ya no se limitan al “ser” o “no ser”. Ahora todos se han vuelto hombres-masa, homogéneos, siguiendo, eso sí, los catecismos del pasado, a falta de novedades ideológicas.

Lo que queda del marxismo liberador del ayer son las impurezas ideológicas: credos, eslóganes, silabarios, y demasiada inquina estaliniana reiteradas en los avisos de “X” y de TikTok. Los mismos que me envía mi amigo, ya desalienado, según él.