ALUSIVO a pasados editoriales sobre la hermenéutica jurídica, una buena amiga manda un pensamiento: “Ella era poesía, pero él no sabía leer”. Otra amiga abogada. “Usted se los dice claro y con buena letra… pero no leen”. La situación me recuerda una parte del poema «Hombres Necios» de Sor Juana Inés de la Cruz: «¿Qué humor puede ser más raro/ que el que, falto de consejo,/ él mismo empaña el espejo/ y siente que no esté claro?». Izaron la Bandera, al ritmo de redoblantes y el acompañamiento solemne de las notas del Himno Nacional. Entramos –en medio de la humareda de una estancada elección de fiscales– al mes de las cívicas demostraciones. Justo a la hora precisa –más allá de actos protocolarios– de reexaminar el compromiso de la sociedad con la patria como un todo. ¿Qué se instruye, cómo se educa y cuánto tiempo se dedica a la enseñanza de los niños? “El resultado de la encuesta –escribió William Faulkner– solo demuestra claramente que hay mucha diferencia entre aquello que los norteamericanos creen pensar y lo que de veras piensan, y entre aquello que creen hacer y lo que de veras hacen”. Una amiga abogada –sobre la pregunta ¿lee mucho? Comentó: “Como diría Faulkner, unos creen que leen y dicen que lo hacen; pero en realidad no lo hacen”. “Siendo honesta, hace días que no leo algo para mí (ya imagina para quien sí)”. Este comentario motivó la siguiente conversación:
(¿Te imaginaste –interviene el Sisimite– para quién lee la madre que adaptó la frase de Faulkner a la lectura? -Sí, –responde Winston– por los mensajes de voz que recibimos de su chiquita, (despierta como ninguna), sin duda que lee para ella. Y de eso se trata. No hay sustituto del ejemplo en el hogar. Los buenos hábitos se asimilan motivados por los padres. -Solo lamentar –interrumpe el Sisimite– cuántos padres de ahora descuidaron esa tutela, más bien contagiados de la misma adicción de los muchachos. -Pero no todo está perdido –suspira Winston– mientras haya una muestra de niños y de adultos que se distinguen, resistiendo ser un número más del fatídico montón). Lo anterior fue objeto de muchísimos mensajes. “Me encanta –escribe una buena amiga– cuando me encuentro entre líneas en los editoriales… Es que leo en silencio, me siento en mi cama y es inevitable que se muestre una sonrisa de quinceañera en mi rostro. Luego me visto con mis mejores ropas, porque me motiva y llego a la oficina; mi asistente me da el periódico y lo vuelvo a leer con mi taza de café. Esos editoriales hacen que uno se olvide por un momento de tanta bulla y caos”. Un amigo empresario: “Cuando leí el título del editorial, creí que iba a tocar el tema del Congreso Nacional, porque ahí sí que hay un montón del montón”. Otra contribución: “Si el adulto no lee es porque de niño no se le inculcó el hábito de hacerlo”. “Si no se le motivó a hacerlo se colige que sus progenitores tampoco tuvieron quien los impulsara a dedicarle tiempo a la lectura”. “En realidad esta es una cadena que viene de eslabón en eslabón”. “Y si a eso le añadimos la acción demoledora de la tecnología digital como colofón no deberíamos estar esperanzados a que las preferencias podrían cambiar favorablemente”.
Otra amiga escribe: “Creo que no soy del montón más bien una ciudadana que fui educada por monjas en el Instituto María Auxiliadora que me enseñaron en la clase de español a leer dos libros al mes. A mi corta edad lo odiaba, pero se convirtió en un hábito. Es rico después de estar en el zafarrancho disfrutar de una rica lectura”. Otra buena amiga: “Tengo una biblioteca en casa y siendo sincera casi no leo por las mismas razones que expresó su amiga del colectivo. Vale la pena decir que soy la fundadora de una biblioteca en la Secretaría de Seguridad, misma que dejé como un legado para que los policías tuvieran un faro de luz y sus mentes se alimenten, pero “yo casi” no alimento la mía. Lo único que me mantiene con lectura diaria son sus editoriales”. “Por eso doy gracias cada mañana por ese alimento que me sostiene”. Me gustó su sticker. “La resistencia, es no ser del montón”. (Se refiere –recuerda Winston– a esta conversación que tuvimos: No hay sustituto del ejemplo en el hogar. Los buenos hábitos se asimilan motivados por los padres. -Solo lamentar –interrumpe el Sisimite– cuántos padres de ahora descuidaron esa tutela, más bien contagiados de la misma adicción de los muchachos. -Pero no todo está perdido –suspira Winston– mientras haya una muestra de niños y de adultos que se distinguen, resistiendo ser un número más del fatídico montón).