EFRAÍN DÍAZ ARRIVILLAGA, Y SU AUTOBIOGRAFÍA SINGULAR

Rafael Delgado Elvir

Hace un par de semanas en el campus de la UNAH en el Valle de Sula, saliendo de una de mis clases, vi desde lo lejos a mi amigo Julio Escoto, quien me hacía señas para detener mi rápido camino hacia otra clase. “No lo atraso, me dijo, solamente era para proponerle que elabore un comentario sobre la autobiografía de Efraín Díaz Arrivillaga que presentaremos aquí en San Pedro Sula”. Como las cosas que calzan bien, no me detuve a entrar en preguntas y asumí inmediatamente el compromiso de escribir algunas líneas sobre el autor y su libro. “Posteriormente le mando el libro para que lo lea”, continuó Julio, lo cual hizo si no mal recuerdo al siguiente día. Días después me volvió a contactar solicitándome este espacio del Humboldt Institut para realizar la actividad. Igualmente, no lo pensé dos veces y le prometí una respuesta pronto, básicamente porque no tenía la agenda de nuestros compromisos culturales a mano.

En efecto, me pareció desde un principio importante participar en la presentación autobiográfica de la vida y obra de un talentoso, así como reconocido miembro de la academia hondureña, destacado parlamentario, funcionario de gobierno, político y diplomático quien a través de sus actuaciones por muchos años tiene algo que contar sobre nuestro país, sus instituciones, su gente y en especial sobre los políticos.

No cabe la menor duda, estamos en una permanente crisis que amenaza ya no solamente en mantener en la pobreza a millones de hondureños, sino que amenaza la vida misma de la nación que poco a poco parece ir perdiendo el rumbo, los valores y las grandes aspiraciones de superación. Desde la política nacional y desde los grandes negocios se envían fatales mensajes y deplorables actitudes que se convierten en costumbre, en normalidad no solamente para los que desde las esferas del poder político y económico actúan, sino que lamentablemente para toda la ciudadanía que adopta mucho de los vicios y defectos de sus supuestos líderes.

Esos protagonistas usuales del acontecer nacional no tienen nada sustancial que contar y enseñar que pueda plasmarse en un libro, en un testimonio auténtico de los procesos que pasaron y sobre todo de la contribución personal para superar algo de lo torcido que funciona en el país. Para desgracia nuestra, sus actuaciones se mueven sobre motivaciones muy personalistas, por órdenes nefastas e intereses ilegítimos que se articulan perfectamente bien en los espacios formales de la institucionalidad democrática de Honduras. Por ello que un político y funcionario que ha desempeñado diversas funciones y ha participado en diferentes capítulos de la historia política de la nación, tenga algo que escribir y contar para transmitirlo al público es verdaderamente algo raro en nuestro medio. ¡Para ellos, los que tengan un legado de éxitos y de propuestas democráticas, les abrimos los mejores espacios y la mejor de las atenciones! Sin ninguna duda la primera vez que escuche sobre Efraín Díaz Arrivillaga fue aquel día donde la clase política hondureña definió un camino fatal para Honduras. Era el año 1982 y el país marcaba un paso en el llamado retorno al orden constitucional. Había acudido abrumadoramente a finales del año 1981 a elegir un gobierno civil y a un Congreso Nacional que debía despedirse del autoritarismo militar y enfrentar la enorme deuda social.

Era yo un adolescente, pero muy bien informado de lo que acontecía ya que al igual que Efraín Díaz Arrivillaga, mi padre, Aníbal Delgado Fiallos había participado en el evento electoral de 1981 aspirando a diputado por el departamento de Cortés con una candidatura independiente. Los resultados no le favorecieron en aquel ambiente que también se presentó difícil para la Democracia Cristiana y en especial para Díaz Arrivillaga. En el libro comenta sobre esas dificultades de aquel entonces: se trataba de una tarea verdaderamente dura para todos aquellos que se atrevían a retar al bipartidismo y que resultaban reprimidos en sus actividades de la campaña electoral; no había voto domiciliario, no había voto separado que pudiera diferenciar las preferencias a nivel de presidente, diputados y alcaldes de los votantes. Pero el hecho es que, siguiendo los eventos postelectorales y sobre todo las primeras sesiones del Congreso Nacional, recuerdo haber leído lo que la prensa nacional reportaba sobre la sesión en que se eligió al jefe de las Fuerzas Armadas. De manera abrumadora los diputados habían votado el 25 de enero de 1982 a favor del general Gustavo Álvarez Martínez. El único que se opuso, con un voto razonado y de abstención, como lo menciona Díaz Arrivillaga en su autobiografía, fue él mismo, siguiendo el mandato de la Democracia Cristiana que veía en el candidato de la política exterior norteamericana y del gobierno liberal de Suazo Córdoba un peligro para ese proceso que recién iniciaba. Consideraba la Democracia Cristiana, como él mismo lo asegura, que no existía correspondencia entre las aspiraciones del pueblo y las manifestaciones más claras de desprecio por preceptos constitucionales de la cúpula militar hondureña. Los temores del novel partido y su diputado se hicieron realidad. Ese día se marcó la entrada de Díaz Arrivillaga a la historia política de Honduras.

Me ha quedado claro. Efraín Díaz Arrivillaga ha sido un hondureño de grandes aspiraciones personales y de alegres sueños para su patria. Nació en un hogar donde las limitaciones económicas no existían; por una herencia a favor de su madre creció en un hogar ligado a la tierra y a las grandes posesiones en el departamento de Choluteca donde a través de esas manifestaciones de la naturaleza pudo iniciar su amor y compromiso por el país. Desde allí pudo ver, como él lo manifiesta los contrastes, las contradicciones de un país dotado de valiosos recursos, pero sumido en la pobreza. De profundas raíces nacionalistas, su padre fue alcalde de Choluteca en varias ocasiones por el Partido Nacional, fue testigo del liderazgo de su padre y quizás esa fue la semilla que posteriormente brotó en la vida de Díaz Arrivillaga para incursionar en la política nacional. Tegucigalpa, fue también el hábitat donde se generaron las primeras inquietudes intelectuales y políticas y desde allí pudo ir preparándose para abordar las futuras rutas de estudio y de trabajo.

Díaz Arrivillaga se formó como economista en la década de los 60 en la Universidad de Georgetown. Eran los tiempos del keynesianismo que por muchos años y varias décadas había constituido el mainstream en Economía y allí alimentó sus conocimientos de la mano de los textos clásicos de ese momento como son Economics de Paul Samuelson, así como las obras de Galbraith y Heilbroner. Allí tuvo la oportunidad de leer y aprender sobre los mejores autores de literatura, historia, filosofía y teología que le darían sin duda un apoyo fuerte a su formación como economista. Vivió de cerca acontecimientos importantes cómo ser la presidencia de John F. Kennedy, su asesinato en Dallas, Texas, las protestas contra la guerra de Vietnam, así como los asesinatos de Robert Kennedy y Martin Luther King, estos dos últimos cuando cursaba sus estudios de especialización en la Universidad Estatal de Kansas. Estoy seguro, que no solamente su formación en los tiempos del keynesianismo, sino el contexto político y social en el que estud ó han marcado sus posiciones a través de su vida.

El fundamentalismo de mercado, la idea de un mercado que surge por sí solo, que se autorregula y que muta de manera natural hacia estados de mayor perfección están muy lejos de estar entre las ideas que cultiva Díaz Arrivillaga para nuestro país. Aún el auge del neoliberalismo que entra avasalladoramente desde las cúpulas de poder para derribar al keynesianismo a partir de los años 70s y 80s no logra encontrar espacio en la mente ni en las acciones de Díaz Arrivillaga. En sus actuaciones a lo largo de su vida como político y funcionario estuvo presente la noción de los mercados imperfectos, de mercados incompletos y monopólicos, donde el poder de la información es controlado en detrimento de los débiles; donde el poder económico otorga la oportunidad del abuso en el mercado; donde las externalidades en la producción generan costos sobre terceros que no son compensados.

Supo también aprender de las significativas limitaciones del desarrollismo de los 70s. Ahora sabemos que desgraciadamente la participación del Estado en la economía abrió las puertas para la corrupción, el burocratismo y el control de las decisiones fundamentales en política económica por parte de sectores que no son precisamente las que requieren del apoyo fuerte y preferencial desde la política pública.

La idea de un desarrollismo/reformismo impulsado desde las cúpulas del poder militar, sin arraigo en los espacios de la sociedad civil y con ausencia de espacios democráticos condenaba este modelo al fracaso. Lo reconoce Díaz Arrivallaga en el libro y lo conocemos en retrospectiva cuando analizamos las crisis políticas y sociales que se producían en un ambiente político donde las fuerzas armadas eran las que gobernaban. No fueron crisis accidentales.

Era la naturaleza misma del modelo que indefectiblemente culminaría en hechos sumamente lamentables. Basta con recordar las exigencias campesinas de los 70s que chocaron contra el autoritarismo militar intolerante y que condujeron a la represión. La masacre de 1975 en el Centro de Capacitación Campesina Santa Clara en Juticalpa y la masacre en la hacienda Los Horcones de “Mel” Zelaya padre, marcan momentos importantes de esa crisis del reformismo militar que colaboraba activamente con las oligarquías locales para evitar las demandas de derrumbar las barreras que impedían el acceso de la población rural al recurso más valioso en ese ambiente: la tierra con todas sus riquezas.

Es importante mencionar igualmente el Bananagate de 1975 que muestra también la cara corrupta del régimen militar ante las presiones externas de las compañías bananeras que evitaban ser gravadas y la participación de altas autoridades en ello. Altos funcionarios e incluso al jefe de Estado de facto. Oswaldo López Arellano, se le asoció con el soborno de la compañía bananera para evitar el impuesto a la exportación de bananos. Pero también estaba Conadi, mencionada por Díaz Arrivillaga, que fue creada para fomentar la inversión pública en asociación con la inversión privada, pero que terminó presa de los intereses políticos y empresariales particulares.

En el Consejo Superior de Planificación Económica (Consuplane) pudo ser parte de un grupo de economistas hondureños que trabajaron en trascendentales proyectos de control presupuestario, coordinación y planeación económica, de inversión pública y reforma agraria. Eran indudablemente los tiempos del auge de la CEPAL con sus aportes teóricos y prácticos para entender la precaria situación de los países en desarrollo y para implementar los cambios requeridos. Los dos polos desiguales, el centro y la periferia, el deterioro de los términos de intercambio, la lenta difusión tecnológica eran para el pensamiento cepalino el origen de los males que se debía combatir con la política de sustitución de importaciones. Su identificación con las ideas del desarrollismo marcó sus ejecutorias en instituciones y programas como Funhdesa, Proccara Secretaría de Recursos Naturales, Dinaders y Funderh para mencionar las más importantes.

Quiero expresar mi respeto y admiración por la obra de Efraín Díaz Arrivillaga. Dentro del ambiente político hondureño siempre ha sabido marcar una diferencia sustancial frente al molote, frente a la respuesta irreflexiva, frente a la desfachatez con que se defienden intereses ilegítimos desde importantes posiciones de la política y los negocios, aportando con sus ideas a procesos de diálogo y consensos. El énfasis con que originalmente la Democracia Cristiana irrumpe en el panorama nacional con su programa humanista de enfoque preferencial hacia los más pobres y representando los intereses del sector campesino, es compartido por Díaz Arrivillaga. quien aporta en sus intervenciones como economista a cambiar las visiones dogmáticas y nada democráticas sobre el campesinado y su papel en el desarrollo del país.

Su aporte a la discusión de los problemas agrarias y agrícolas con su claro entendimiento sobre el papel de la agricultura y la ganadería queda allí para darle seguimiento. Díaz Arrivillaga, a través de su larga experiencia, identificó que se trata de problemas estructurales, que requieren de políticas públicas planificadas y ejecutadas de manera integral, sistemática y coordinada desde varios ángulos. Ha sabido alertar sobre los Tratados de Libre Comercio con su potencial para generar ganadores, pero también perdedores en sectores importantes de la agricultura. Ha sabido entender sobre la deuda que tenemos con la población rural y en especial con la dedicada a actividades agropecuarias y sobre un enfoque especial que esas actividades reclaman para sí y para el bienestar de todo un país.

Licenciado Efraín Díaz Arrivillaga: Reciba de mi parte las más sinceras felicitaciones por condensar en este libro una parte de la historia política de este país y presentar al público hondureño un testimonio de servicios auténticos a la nación. Muchas gracias.