Por: German Edgardo Leitzelar Hernández*
Nuestros símbolos patrios son resultado de expresiones culturales y emocionales que nos son comunes, símbolos importantes de la vida nacional con un papel significativo en eventos y ceremonias que conmemoran momentos históricos de la nación, elementos emblemáticos que representan: identidad, historia, valores y que celebran el espíritu de la nación, de lo que somos, fomentando patriotismo y unidad nacional y es por eso que deben ser sujetos de nuestro amor y cuidados con fervor y patriotismo, deben encender nuestros sentimientos patrios e iluminar rutas que nos lleven a la prosperidad a través de cultivar permanentemente la identidad nacional. Sin embargo, ¿realmente les brindamos el respeto que merecen? Estos símbolos portadores de nuestra historia y valores, han sido relegados a meras decoraciones y/o utilería en lugar de ser ejemplo fundamental para lograr el crecimiento de nuestra nación y nuestro amor a ella.
Fuera de nuestros próceres, los símbolos más importantes son: Nuestra Bandera, con su historia escrita por una franja blanca en el centro y dos franjas azules en los extremos basados en la unidad de las Provincias Unidas de Centroamérica del siglo XIX, azul representando el cielo y el mar que nos rodean tanto como la justicia, la lealtad y la verdad y blanco que simboliza la paz y la pureza, así como la unidad y la integridad del país, adoptada como tal y oficialmente en el año1866, es mucho más que un trozo de tela ondeando al viento. El Himno Nacional, una joya musical y poética que debería inspirar patriotismo, escuchada de manera indiferente en eventos oficiales y al que se le falta el respeto con tolerancia y sin castigo o crítica. Nuestro Escudo, reflejo de soberanía y riqueza, utilizado con desdén en documentos oficiales, sin que nadie rescate su profundo significado, trastocando irresponsablemente la identidad colectiva mientras esto va promoviendo división y confrontación.
Símbolos para unirnos como nación y recordarnos nuestra historia junto a valores comunes o que deben serlo y que como suele decirse “para que la cuña aprete debe ser del mismo palo”, en la práctica, nos vemos atrapados en disputas y silencio sobre su significado y uso, mientras ignoramos nuestra constitución y leyes diariamente. Internamente, maltratamos a nuestros propios ciudadanos con acciones sin efectos positivos. Las incongruencias invaden como cuando, por ejemplo, a partir de comentarios buenos o malos nos perdemos sarcasmos y reclamos, hablando hasta de intervencionismo, levantando estandartes de dizque ofensas, irrespeto a la soberanía, a la patria y tanto más.
Finalmente, cuando malas prácticas políticas aparecen convierten nuestros símbolos en moneda de cambio, utilizados por unos pocos para fines propios, en lugar de representar la voluntad de la nación. Cambiar o modificar estos símbolos se convierte en decisión impulsiva que socava aún más nuestra debilitada identidad nacional. Hemos visto cambios de colores, interpretaciones unilaterales e intención de convertir en héroes nacionales a personas que no han todavía pasado el filtro de la historia.
Estos elementos nacionales deben inspirar la mejor versión de cada hondureño, excelencia y deseos de escribir nuestra mejor historia aspirando a que todo cuanto representan se vuelva una realidad. Son símbolos que desempeñan un importante papel en la construcción de la identidad nacional y en la promoción del patriotismo y construcción de una nación que nos llene de orgullo. Trastocar, cambiar o modificar estos símbolos debería ser tomado con mucha seriedad pues estas determinaciones pueden tener un impacto negativo en la ya maltrecha identidad de nuestro país, por lo que deben abordarse con sensibilidad y consideración a nuestra historia, cultura y la opinión de toda la sociedad por los vínculos que tienen con toda la hondureñidad.
Instrumentalizar símbolos que son de todos los hondureños para fines políticos, transformándolos en material desechable o en la visión de unos pocos y no la de toda la nación, es cometer un error que suma a los miles que se han venido cometiendo a lo largo de nuestra historia. Estos actos de irrespeto, sea consciente o inconscientemente, aunque quizás no nos enteremos, son una bofetada a la cara del pueblo hondureño, una afrenta a nuestra identidad y valores. Socavan nuestra imagen interna y nuestra reputación internacional. Si no somos capaces de respetar ni a nuestros propios símbolos patrios, ¿qué más estamos dispuestos a romper e irrespetar?
Es hora de reflexionar seriamente sobre cómo tratamos a nuestros símbolos patrios. Debemos elevarlos en lugar de degradarlos, honrarlos en lugar de despreciarlos. Son nuestros símbolos, nuestros legados, y es nuestra responsabilidad protegerlos y engrandecerlos, en lugar de permitir que se deterioren en el olvido de su verdadera condición.
“Engrandezcamos nuestros símbolos, no los deterioremos”
*Abogado Laboralista Independiente.