Por: Óscar Armando Valladares
Abogar y luchar por un país más justo e igualitario, fue en los dos siglos precedentes la causa de hombres y mujeres de la talla, verbigracia, de Francisco Morazán, Trinidad Cabañas, Joaquín Rivera, Ramón Rosa, Froylán Turcios, Visitación Padilla, Medardo Mejía, Clementina Suárez, Alfonso Guillén Zelaya, Ramón Amaya Amador, Ventura Ramos, Pompeyo del Valle, Adán Castelar, Virgilio Carías, Filander Díaz Chávez, Roberto Sosa, Ramón Oquelí, Eduardo Bähr, Margarita Murillo, Berta Cáceres, Isy Obed Murillo -los tres últimos sacrificados en la primera veintena del siglo actual-. ¿Acaso su conducta puede considerarse equivocada, vana y escasamente ejemplar? ¿Llevaron una existencia regalada y arrastraron su imagen por el deslizadero de la inmoralidad? De ninguna manera. Cada uno en sus circunstancias y actividad -la lucha armada revolucionaria, la política, las letras, el periodismo, el medio ambiente…- dio sin tono teatral su aporte patrio y cuota de vida.
Ellos, ellas y otros de similar talante representan esa fuerza de elevada conciencia que -en sucesivos relevos y renuevos- ha sido y es vanguardia en el deber de propugnar los cambios necesarios y tundir los obstáculos de aquellos “bien hallados” -a los cuales aludía Rosa en la semblanza del Padre Reyes-.
Sin duda alguna, el patriotismo que implica entrega y lucha inclaudicables enfrenta enormes desafíos, por cuanto el factor adverso -el entreguismo- obedece a un poder foráneo, vale decir, a un sistema económicopolítico que impone su dominio (llámelo si quiere imperialismo), sistema que en su jerga ideológica el patriota de veras es y ha sido sinónimo de “rojo”, “izquierdista”, “subversivo” o es merecedor de motes como los adosados a Froylán Turcios: “rebelde” y “alborotador” por oponerse a la “garra yanqui” y lamentar la actitud de malos hondureños “deseosos de que esa garra destroce el corazón de la República”. Por idénticos motivos, fue señalado Guillén Zelaya, quien en el Canto a Honduras rimó versos sencillos: “La historia no se cansa y romperá los yugos/que en su frente impusieron logreros y verdugos. / A la noche tremenda sucederá la aurora. / Minuto tras minuto, la fragua redentora/ implacable incinera/ al servilismo inmundo y a la ambición artera/ de esbirros y entreguistas, de estultos y traidores
…/ Vendrá el mañana Libre. Vendrá la democracia, no por mandato extraño, ni por divina gracia;/ vendrá porque el dolor ha de unirnos a todos/ para barrer miserias, opresores y lodos”.
El temporal oscurantista que arreció a punta de “golpe” en 2009, tiró, empero, por la borda la enseña del civismo y pareció doblegar la cerviz colectiva como en pasadas ocasiones. No ocurrió lo último y, para incomodidad del golpismo, un mar de gente y de protestas anegó las calles, sin que la pólvora pudiese acallar el vocerío indignado. Antes bien, propició la antítesis del bipartidismo, conglomerada en Libertar y Refundación, nueva y pujante bandería, suma y reserva de un patriotismo popular, otrora expresado por combatientes y personalidades del nivel e importancia de las citadas.
Hoy que es gobierno este partido y, aunque con dificultades malvadamente heredadas, busca llevar a cabo los proyectos perseguidos por Morazán y la legión de patriotas que continuaron su lucha, constata que el patrioterismo derechista de siempre no da tregua ni aquí ni en ninguna parte -como aconteció en Chile hace 50 años donde Pinochet y la CIA truncaron el mandato y la vida de Salvador Allende-.
Y, oh, ironía, cuando las Fuerzas Armadas -en un vuelco de 180 grados- proclaman un no a los golpes de Estado, civiles de mala levadura y militares retirados ponen el grito en el cielo, mientras rumorea que la caravana se reactiva, no hacia Belén -cual entonaba Rubén Darío-, sino a la propia patria del poeta.
Cincuenta y tres años atrás, Ramón Oquelí vislumbró un posible acercamiento entre el pueblo y el estamento castrense. Dijo en 1970: “Mucha sangre y dolor se hubiera evitado si el Ejército le hubiera dado estricto cumplimiento al bello lema: Lealtad, Honor y Sacrificio”. Si se vuelve a su espíritu -vaticinó- “podemos iniciar en Honduras una nueva era de entendimiento y beneficio común”. La declaratoria cívica del contralmirante Fortín de “no más golpes de Estado” conlleva esa línea de entendimiento, aunque se cabree el rancio patrioterismo del bloque opositor.