“NO hay duda –escribe un amigo– de que el ingenio y agudeza de los grandes deja fabulosas enseñanzas de cómo ser preciso con el sable. Dejo algunos por si quiere seguir con tan gustado tema:” “Mark Twain, conocido por su humor y su agudeza, una vez recibió un telegrama de un periodista con la siguiente pregunta: «¿Está usted vivo o muerto?» Twain, siempre ingenioso, respondió rápidamente: «Los rumores sobre mi muerte son exagerados». “Durante una cena en honor al poeta británico Robert Frost, un invitado le preguntó: «Señor Frost, ¿puede usted recitar uno de sus poemas para nosotros?» Frost respondió con una sonrisa: «Claro, ¿cuál de ellos prefiere que arruine?”. “El escritor estadounidense Ernest Hemingway apostó una vez con un grupo de escritores que era capaz de escribir una historia completa en tan solo seis palabras. Hemingway escribió en una servilleta: «Vendo zapatos de bebé, nunca usados». ¿Quién se atrevería siquiera a intentar igualar la sucinta, perfecta elocuencia de esa combinación de letras (veinticinco, para ser exactos) que dibuja todo un universo de tristeza en una única línea de texto?
“Durante un encuentro con el escritor británico Evelyn Waugh, un admirador le preguntó: «¿Cómo se siente al ser considerado uno de los mejores escritores vivos?» Waugh respondió con ironía: «No tengo idea, pregúntele a alguien que esté muerto». “En una fiesta, el poeta y dramaturgo británico W. H. Auden fue abordado por un hombre que le preguntó: «¿Cuál es la mejor manera de convertirse en escritor?». Auden respondió de manera sarcástica: «Primero, conviértase en una máquina de escribir». (Hasta aquí la contribución. Pero para completar el espacio vamos a agregar otras). “Whitman el poeta norteamericano, fue en su juventud un hombre inquieto, incapaz de permanecer en ningún sitio. Le gustaba vagabundear. Sus mejores amigos eran la gente andariega, los mendigos y las prostitutas. Después trabajó de tipógrafo y de periodista. Pero solo trabajaba cuando estaba sin dinero. Y en seguida que había reunido algunos billetes se echaba otra vez al vagabundeo”. –“Vivo así –decía–, para evitar aficionarme al dinero”. “Emile Zola, durante una de sus estancias en Roma, fue invitado a comer por el príncipe Odescalchi. Y este le preguntó: -¿Cuál es el novelista francés que más le gusta leer? -Balzac. -¿Lo prefiere a Emile Zola? -Para leerlo yo, sí; a Zola no lo he leído nunca”. “Una vez en París una señora amiga de Emilio Castelar, dio una comida en su honor. Castelar llevó la conversación durante todo el tiempo. Después de comer la anfitriona preguntó a otro invitado: -¿Qué le ha parecido este Castelar? -Muy enterado; pero un poco charlatán. Otra señora que escuchaba hizo este comentario: -Lo es mucho más de lo que supone; tanto lo es que en casa no hace sino hablar solo todo el tiempo. La otra señora era hermana de Castelar”.
Ortega y Gasset, recibió la visita de un joven con ganas de profundizar en el conocimiento. Le preguntó: -¿Lees mucho? -Pues sí; leo. -¿Y qué lees? El muchacho dio los nombres de algunos autores. Ortega le interrumpió: -Hubiera preferido que a la primera pregunta me hubiera contestado ¡mucho! y a la segunda ¡todo!; ambas contestaciones en gritos espontáneos, sin ni siquiera pensarlo”. (Suerte –entra el Sisimite– que no le tocó de visita ninguno de los zombis tecnológicos de hoy. -Tenés razón –interviene Winston– a la primera pregunta, ¿lees mucho?, seguramente hubiese contestado: “nada”. ¿Y por qué no lees? —hubiese repreguntado Ortega y Gasset. Y la respuesta hubiese sido. “Porque me complace ser parte del montón, adicto a los chunches digitales. Y hoy, pese al obsequio del Creador a esta generación, de la tecnología comunicacional más avanzada de los siglos, para difusión de la cultura, la ilustración, la información y la educación, nosotros no la utilizamos para nada de eso sino para satisfacer nuestro insaciable apetito de frívolo entretenimiento. No hay mayor deleite mundano que holgazanear todo el día, y gran parte de la noche, prendido a una pantalla, socializando –por aplicaciones hechas para barzones–con otros del club de los zombis, no con palabras del vetusto abecedario, sino con signos, iconos y pichingos. -Pero no podés negar –interrumpe el Sisimite– que contrario a la influencia que los mayores debiesen ejercer en los muchachos procurando apartarlos de ese mal, más bien los cipotes contagiaron a los adultos. Así chiquitos y grandes no tienen nada que envidiar. Todos pertenecen a la misma cofradía de analfabetos del siglo XXI, ello es, de los que sabiendo leer y escribir, nada leen y nada de ver escriben).