Jirones amorosos de John Donne

Por: SEGISFREDO INFANTE

No es preciso pertenecer a los movimientos de la poesía romántica del siglo diecinueve, para cantarle al amor de manera obsesiva como lo hizo el poeta londinense John Donne, entre los siglos dieciséis y diecisiete. Sedimentados bajo la influencia dramática de Shakespeare, el estilo poético de John Donne resultaría más o menos extraño a los lectores europeos de aquella lejana época. No digamos a los centroamericanos de anteayer y de hoy, en donde su nombre podría ser, incluso, desconocido.

Los expertos clasifican a este poeta inglés como “conceptista” y “metafísico”, en una línea análoga en que fue clasificado el poeta y narrador español Francisco de Quevedo Villegas, quien, según mi juicio personal, fue uno de los mejores sonetistas líricos de todos los tiempos, tanto en España como en América. Amén de lo aquí expresado, a mí me gustaría comparar a John Donne, si fueran válidas estas comparaciones un tanto forzadas, con Luis de Góngora y Argote, por la fuerte presencia de los reiterados motivos grecorromanos propios de la literatura renacentista; pero, sobre todo, por el hermetismo poético cuasi barroco que encontramos en los lenguajes de ambos autores.

El hermetismo de John Donne le da cabida a los dobles o triples sentidos de aquello que se desea decir, o esconder, por el estilo peculiar del poeta; pero, de modo parejo, por las circunstancias históricas adversas que le tocó vivir. Siendo oriundos del catolicismo cristiano-papal, sus familiares más cercanos fueron perseguidos y marginados por los protestantes anglicanos de la época de “Enrique Octavo” y de su hija “Isabel Primera”, cuando las confrontaciones se desbordaban por la ribera sangrienta, al extremo que John Donne se vio en la necesidad de repensar su confesión y emigrar, finalmente, al anglicanismo, con sendos discursos pastorales. La paradoja histórica es que los anglicanos y los católicos se asemejan demasiado en la indumentaria, la arquitectura y en la parte ritual. Hasta podría decirse que son poco más o menos “idénticos”; o que los anglicanos son herederos, en segunda instancia, del catolicismo.

La poesía de John Donne, en una tercera mirada, es consubstancial al canto amoroso y al sexo, de manera elíptica y ambigua, dentro de un mismo poema. Sin embargo, el hombre se vuelve sincero en versos que parecieran aislados, y que un lector con pericia puede detectar e hilvanar. Se trata de una poesía de transición entre el medievalismo, el humanismo renacentista, el barroco y la plena modernidad, capítulo laberíntico sobre el cual John Donne pareciera ser dueño de una autoconciencia clara, precavida y sublime, pero también honesta respecto de sus propias obsesiones, que se mueven entre el amor, el sexo crudo y el sentimiento de la muerte inminente y de la posible posteridad. No pocos de los secretos de la poesía romántica, moderna y de vanguardia, se esconden en las páginas primigenias de la voluminosa obra de John Donne, como las “Veinte Elegías” y una canción a “Safo y a Filene”.

Tratemos de rescatar unos versos aislados de diferentes poemas, que fueron manuscritos por John Donne hace cuatro siglos aproximados: “Te había amado dos o tres veces,// antes de conocer tu nombre o tu rostro;// así en voz, así en una llama sin forma,// los ángeles a menudo nos conmueven, y así son adorados.// Sin embargo, cuando llegué a donde tú te hallabas,// una nada brillante y hermosa contemplé;// pero como mi alma, cuyo hijo es el amor,// tiene extremidades de carne, o nada podría hacer, más sutil que su padre”. El Amor “debe tomar un cuerpo también”. (…) “Cuando por tu desdén ¡Oh asesina!, esté muerto// y te imagines libre// de toda solicitación mía,// entonces mi espectro llegará a tu lecho// y tú, vestal mentida, te verás en peores brazos”. (…) “Ven, vive conmigo y sé mi amor,// y nuevos placeres probaremos// de doradas arenas y arroyos cristalinos,// con hilo de seda y anzuelos de plata”. (…) ¡Por Dios!, detén esa lengua, y déjame amar,// o regaña mi parálisis, mi gota,// mis cinco cabellos grises, o bien desdeña mi fortuna en ruinas”. (…) “Aunque aún por demostrarse// pensé que había una deidad del amor// y le di mi adoración;// como ateos que a la hora de la muerte// llaman aquello que no pueden nombrar”. (…) “Detente que he de leerte// un discurso, amor, sobre la filosofía del amor”. (…) “Nuestra tormenta ha pasado, y a esa tiránica furia// una estúpida calma la alivia y aniquila”. (…) “Si aún no poseo todo tu amor,// amada, jamás lo tendré todo”.

He ahí, pues, unos jirones amorosos, traducidos en 1986, con poca musicalidad y sin ninguna rima, de la vasta obra de John Donne, que merece la pena conocerse, en una aproximación elíptica hacia los lectores, en un rincón periférico en donde la poesía del autor londinense es tal vez desconocida; o demasiado críptica y lejana.