Huele a peligro

Guillermo Fiallos A.

Quienes vivimos allá por los años 90 del siglo pasado, no podemos olvidar aquella cantautora y presentadora chilena, Myriam Hernández; de belleza deslumbrante y con una voz aterciopelada, que interpretaba baladas novedosas y atrevidas.

La melodía Huele a peligro, se lanzó en 1998 y arrasó en mediciones de audiencia en las radioemisoras.

Tantos años después, hemos recordado el título de esa composición, pues se siente un extraño e inquietante huracán social y político que se acerca –aceleradamente-, al territorio hondureño. Los últimos meses y semanas, han sido de intranquilidad para la población, que en su inmensa mayoría -¡gracias a Dios!-, no vive de la maquinaria de esa desvergonzada política vernácula.

La confrontación ha llegado a decibelios estridentes que rompen la paz de quienes nos ganamos el sustento diario, alejados de ese cardumen de pirañas que constituyen los diferentes institutos políticos, que estando arriba o abajo, siguen enturbiando las aguas patrias.

Donde más se ha olfateado que huele a peligro es en el Congreso Nacional, en el cual se ha refugiado una guarida de leguleyos, quienes analizan la ley no basados en la hermenéutica jurídica, sino, en el fanatismo ideológico. Para quienes fuimos formados en las aulas del Derecho, nos causa estupor comprobar como reconocidos profesionales de todas las afiliaciones; desprestigian la majestad de la ley, al rebajarla a una interpretación espuria acorde a sus corruptos intereses.

Preocupa a las clases media y baja todos estos desencuentros entre quienes -gracias a la barbarie de votar sin el cerebro- les tenemos en el escenario público estatal. Cada facción se golpea el pecho y jura estar defendiendo la Constitución y los intereses de la República; sin embargo, es difícil creerles ya que, con sus actuaciones pasadas o presentes, tienen manchado su honor y en estado de putrefacción sus promesas.

Ya se pasó de los insultos, los malabares de trompadas y gritos soeces, a la presencia en las calles de las multitudes. Los primeros, fueron los del gobierno, quienes mostraron su fortaleza anulando una marcha de una sociedad civil, que, desde entonces, luce apagada y casi sin vida.

Huele a peligro…, y es así como lograron unirse archienemigos para un fin común. Troyanos y griegos, juran que su único propósito es defender la democracia, pues no quieren que aquí se perpetúe una dictadura socialista del siglo XXI.

Resulta sorprendente cómo en tan poco tiempo se conformó el denominado Bloque de Oposición Ciudadana (BOC), estructurado con fuerzas tan disímiles que, en el pasado, se han lanzado culebras y sapos de cañaveral venenosos. ¿Por qué esta consolidación tan rápida? Es que huele a peligro y -según afirman- la libertad y democracia están en jaque, pues el nuevo maligno familión olanchano quiere perpetuarse en el poder, así como lo quiso intentar aquel oprobioso familión graciano.

Huele a peligro…, pues hubo una marcha convocada tan solo con dos días de anticipación y que, por ello, indicaba iba a fracasar por su carácter precipitado y no planificado. No obstante, la sorpresa y la respuesta fueron asombrosas, pues lo que se creyó iba a ser un grupito de una decena de caminantes, se tornó en un mar de gentes que irrumpió con aires triunfalistas por el bulevar Suyapa hasta llegar a los predios del clan gobernante.

Huele a peligro…, pues viene la marcha del 29 cuyo fin de quien la auspicia a través del poder tras su trono, es buscar presionar a los brillantes congresistas para que elijan, al gusto del menú del partido de gobierno, el Fiscal General y el Adjunto del país.

Es una medición de fuerzas que quiere resolver el actual “estado de cosas”, en la calle. Situación esta, que ya se hizo costumbre en esta vapuleada Honduras.

En la reciente marcha del sábado 19, entendemos que a pesar que fue boicoteada al impedir que llegaran a Tegucigalpa autobuses llenos de gente que venían a la misma -¡el actual familión utilizando las mismas técnicas sucias del antiguo familión! ¡Pusilánimes todos!-; no hubo violencia ni muestras cavernarias de destrucción de la propiedad pública y privada.

Huele a peligro…, y, entonces, es cuando más debemos preocuparnos los hondureños por consolidar la libertad de expresión, de movilización y de pensamiento. Las malas acciones y triquiñuelas de ayer, siguen siendo nefastas, condenables y bastardas en el hoy.