SI bien, como decíamos ayer, las segundas vueltas –para los que ganan en la primera y pierden en el repechaje– son malditas, tienen una ventaja a la comunidad. Cuando el sistema no permite estirón y la elección se gana con la mayoría simple, suele ocurrir –si el electorado se encuentra sumamente dividido y la competencia es entre una plétora de candidaturas– que basta con los votos de una minoría de la sociedad. Los votos del ungido representan un escuálido porcentaje del total de votantes, mientras la suma de votos del abanico contrario lo superan con creces. No es lo mismo gobernar con un claro mandato –o con un país más compactado en voluntades– que hacerlo con una gigantesca multitud en contra. Lo difícil de administrar un país despanzurrado como un rompecabezas de piezas dispersas. Si bien, el ejercicio del poder desgasta y en el camino se pierden simpatías –que no es equivalente a ir acumulando antipatías–estos pintorescos paisajes acabados, con su sinfonía de problemas, requieren de un gobierno, siquiera al inicio, con mayores índices de confianza. La estrategia política para ganar con una simple mayoría, de un solo envión, es dividir a la oposición.
El cálculo consiste en lo siguiente: Entre más partidos haya y más aspirantes –ahora cualquiera aspira– mucho mejor, ya que eso consigue polarizar los votos en contra entre varias opciones. Incluso, hasta han maniobrado auspiciando un surtidor de partidos –dizque por cariño a la pluralidad– para que haya más posibilidad de desparramar el electorado. La fórmula que ha ensayado la oposición para enfrentar esa táctica maquiavélica –generalmente usada por el oficialismo para continuar mandando– es armar alianzas, o bloques opositores. Y bien puede ser que para efectos electorales –arremolinándose para derrotar “al malo” que tiene el poder y que además lo utiliza para quedarse a las malas– eso funcione. Solo que el interés electoral –ello es, juntarse para echarle la vaca y sacarlo– no necesariamente persiste ya siendo gobierno. Por magnánima que haya sido la repartición negociada para concretar la alianza. Una vez en el poder –no siempre, pero suele suceder, como ejemplo aquí en lo doméstico y el PSOE de España con Podemos– los intereses son otros y lo que fue útil para maldecir haciendo coro en la campaña y derrotar al oponente acaba siendo un estorbo. (Así las cosas, la segunda vuelta, puede lograr el apelmazamiento de las fuerzas políticas eliminadas en la primera vuelta, apoyando a cualquiera de los finalistas. Siendo así, a la hora de gobernar, por lo menos de arranque, le da al favorecido un número mayoritario de voluntades a su favor, para iniciar con una sociedad no tan confrontada y un gobierno más fuerte).
Dicho la anterior, a ver qué opina el colectivo: “Mareado de tanta vuelta que nos dio el Sisimite hoy –escribe un buen amigo– ¿cuál amontonamiento, vueltas tras vueltas y ni el vuelto vimos?”. Se refiere a esta conversación de cierre: (Esas son las grandes incógnitas –interviene el Sisimite– ¿crees que aquí la segunda vuelta resulte en un amontonamiento –en sentido ideológico contrario– del apelotonamiento ocurrido en Guatemala? -Es la magia de la segunda vuelta que, en la vuelta menos pensada, la suerte les juega la vuelta, para quedarse con el vuelto del mandado). Un lector amigo: “Lo mismo le podría ocurrir a Milei en Argentina”. Otra buena amiga: “En USA la opinión pública percibe que el gobierno abusivamente intenta inhabilitar a Trump, lo que consigue no es eliminarlo sino asegurar que gane o provocar división, confrontación y conflicto social”. (A ese mensaje el Sisimite responde: “La opinión pública republicana. ¿Quién sabe si los demás? Sin embargo, en la base republicana, sí. Y por eso De Santis va apachurrado”). Pero ella insiste: “Lo dije por los independientes”. “49% of independents say he should remain in the race”. Una abogada amiga: “La doble vuelta exige dos campañas electorales seguidas; con esto incrementa el costo económico de las mismas”. “La segunda vuelta distorsiona y trastoca el pluralismo”. (Ya ven –entra el Sisimite– allí volvió a aparecer el animal ese del pluralismo. ¿Qué opinás? -Que lo plural –interviene Winston– no mata lo valiente. Solo que tanto va el cántaro al pluralismo –dizque en aras de la democracia– que termina por quebrar tanto la sociedad, que ahora no hay pegamento milagroso que rejunte tanto pedazo).