“BUENÍSIMO hoy su editorial –escribe un amigo– y de repente caeremos en el mismo hoyo, tropezaremos con la misma piedra, porque los negociadores son los mismos del TLC”. “Qué interesante información, la visita de los senadores y lo de la ICC”. “Muchos atribuyen las maquilas a la ley de ZOLI y RIT aprobadas en otras administraciones”. Se refiere a la referencia histórica sobre los orígenes de los beneficios comerciales: Si bien el TLC con los Estados Unidos permitió que ese gran mercado continuase abierto a las exportaciones hondureñas, desgraciadamente –culpa de la impericia de los negociadores nacionales, (a quienes los norteamericanos se echaron a la bolsa) esmerados en proteger ciertos negocios, dejando en desamparo lo vital– son inmensas las distorsiones introducidas al mercado doméstico y los trastornos a la producción nacional. Un poco de historia. Antes de eso, Honduras gozaba del privilegio de exportar –libre del pago de impuestos arancelarios– cualquier cosa a los Estados Unidos, amparado en los beneficios de la Iniciativa de la Cuenca del Caribe.
En la década perdida –cuando la región era un polvorín de conflictos armados– una comisión bipartidista de senadores y congresistas estadounidenses visitó Honduras y otros países vecinos. ¿Qué hacer en su patio trasero –donde la asistencia otorgada parecía caer en barril sin fondo sin mayores resultados– para impedir que esto fuese terreno fértil a las insurrecciones? (Nosotros, en el ejercicio del Ministerio de la Presidencia, entonces, fuimos la contraparte de la alta delegación). ¿Cómo enfrentar el atraso? –caldo de cultivo al descontento sobre el cual redituaban adeptos los movimientos guerrilleros, en tiempos de la guerra fría– fue la disyuntiva central de la discusión. Una salida: La apertura del gran mercado norteamericano a las exportaciones regionales, como incentivo a la producción y a la generación de empleo. Honduras en materia de ingreso de dólares, era dependiente de los pocos productos tradicionales de exportación. Ese giro en la política norteamericana abrió la ventana a los parques industriales que acogieron la industria maquiladora. Con la posibilidad de vender en los Estados Unidos cualquier producto –sin pagar impuestos de introducción– el país diversificó y ensanchó su infraestructura productiva. En retrospectiva, no hubo suficiente desarrollo para superar los raseros tercermundistas, pero saquen la cuenta de toda la ganancia que se obtuvo y de lo peor que estaríamos de no haberse presentado esa gran oportunidad. Los mayores beneficios a las maquilas, cuando México suscribió el Nafta, provocaron la fuga de esas fábricas ensambladoras. Cuando Honduras fue azotada por el bíblico diluvio gestionamos la ampliación de los beneficios de la Cuenca del Caribe. Washington los concedió y no solo regresaron las maquilas que se habían ido, sino que el sector prosperó como nunca antes, dando trabajo a cientos de miles de compatriotas; una inmensa mayoría de ellos, mujeres cabeza de familia. Pero el gobierno siguiente optó por suscribir el TLC. Con ello desapareció el comercio –libre de gravámenes arancelarios– en una sola vía, de acá para allá. Se cambió a un comercio en doble vía. Incluyeron en el tratado una lista privilegiada de artículos norteamericanos que ingresarían al país con rebaja de los impuestos de introducción, en forma progresiva hasta alcanzar arancel cero.
(Información adicional: –entra el Sisimite– Henry Kissinger presidía la delegación bipartidista. Vino acompañado de líderes del Senado y del Congreso, y de las consultas por estos lares, da un giro radical la política exterior norteamericana -“trade instead of aid” (comercio en vez de asistencia), respecto al área centroamericana. La región era una zacatera en llamas de conflictos internos que calcinaba la sociedad. La violenta lucha armada por el poder de la guerrilla de izquierda, amenazaba los intereses de seguridad de los Estados Unidos. La ronda que tiraron para contener la desbordada crisis fue la apertura del mercado norteamericano, sin el pago de impuestos de introducción –los beneficios de la Iniciativa de la Cuenca del Caribe–a todo artículo proveniente de estas naciones. Para crear empleo y paliar las olas migratorias; enfrentar el atraso incentivando las actividades productivas en forma acelerada. Ah, y a partir de allí –dijeron– prestar mucha mayor atención a los afligidos vecinos del sur que en el pasado habían visto de reojo, solamente cuando algo neurálgico chocaba con sus intereses. -Y vos –interviene Winston– ¿seguramente sabés eso ya que anduviste fisgoneando de “ocho con yo”? Pero, ya en el presente. ¿Nunca repararon que al sustituir los Beneficios de la Cuenca –el comercio ventajoso para Honduras en una vía– por el TLC, (intercambio libre en ambas vías, propiciando la introducción de babosadas no esenciales, para alimentar la gula de un país en la lipidia), que eso iba a desquiciar el mercado local? ¿Y que, aparte del trauma causado por las disparidades, las listas de privilegio, los desequilibrios causados al sistema productivo, que toda esa importación suntuaria sí es un verdadero sacrificio fiscal? ¿Y que los ingenuos negociadores nacionales –los mismos que ahora son la contraparte de los chinos– al vencer las cláusulas de salvaguarda condenaban a la ruina las actividades del campo? El hombre es el único animal que tropieza dos o más veces en el mismo hoyo. La excepción a esa regla son las calles de la capital. No hay forma que los animales evitemos tropezar, si por capear un hoyo se cae en otro).