EL arte en general es una de las expresiones más relevantes y enaltecedoras de la especie humana. Al grado que se han encontrado motivos artísticos en las cuevas prehistóricas mucho antes del surgimiento de las civilizaciones. Esto significa que varios siglos previos al invento de los números sistémicos y la escritura simbólica, los hombres sintieron la necesidad de expresar sus emociones básicas mediante pinturas primitivas rudimentarias (algunas estilizadas), cuyas muestras todavía subsisten en varios puntos del planeta, incluyendo el continente “amerindio”. Por eso se habla de arte rupestre.
América Latina es muy rica en expresiones artísticas indígenas, nativas o prehispánicas. Pero también los españoles, portugueses, criollos, pardos y mestizos del periodo colonial, cristalizaron aportes novedosos sobre todo en lo que concierne a las peculiaridades del arte barroco. Los europeos, originariamente, trasplantaron al llamado “Nuevo Mundo” un urbanismo propio del arte clásico renacentista, motivo por el cual seguían el patrón de la cuadrícula, rejilla o tabla de damero, al momento de construir los primeros villorrios o ayuntamientos latinoamericanos, con iglesias al centro y los edificios civiles en los cuatro ángulos de la plaza mayor.
Las iglesias parroquiales (con su respectivo convento al lado) eran de diseño sencillo, tal como se puede apreciar en la “Iglesia de la Merced” en Comayagua, una de las construcciones eclesiásticas más antiguas de Honduras, y de las que aún se mantienen en pie en los centros histórico-coloniales. También se puede apreciar en Tegucigalpa la agradable sencillez externa de la “Iglesia de San Francisco”, frente al parque “Valle”.
Quizás por cansancio de la linealidad simétrica y sencilla de la arquitectura clásica, los artistas europeos y latinoamericanos evolucionaron hacia el arte barroco, sobre todo en la arquitectura religiosa, con expresiones magníficas en las fachadas exteriores de las iglesias pero, sobre todo, en la fabricación de retablos exquisitos con pinturas que nada tendrían que envidiarle al mejor arte barroco y pictórico del “Viejo Mundo”. Una de las expresiones monumentales del barroquismo latinoamericano, se localiza en los interiores de la “Iglesia Catedral” de la ciudad de México, frente a la famosa plaza del Zócalo.
En Honduras, pese a las quejas constantes de los vecinos y autoridades locales, respecto de la pobreza de la provincia, también se construyeron iglesias barrocas que han sido admiradas por expertos extranjeros. Quizás el ejemplo más ilustrativo, para los turistas y los estudiosos del arte colonial, se encuentre en la fachada de la “Iglesia Catedral” de Comayagua, en donde las comunidades indígenas aportaron diezmos y, asimismo, mano de obra creativa. Los ornamentos de dicha catedral representan, en parte, la flora local y los productos agrícolas de aquella época. Parejamente los 18 rosetones externos simbolizan a los dieciocho pueblos de indios hondureños que contribuyeron en su construcción y decoración.
Por otro lado, la “Catedral de Tegucigalpa”, más reciente en la datación histórica, posee un altar mayor de estilo flamígero, es decir, de un barroco llevado a los extremos. Y no por eso menos hermoso. En el mismo orden de ideas los caminantes debieran detenerse frente a la fachada de la “Iglesia de los Dolores” (también en Tegucigalpa), en donde se percibe un estilo mixtilíneo, en tanto que los pardos y mestizos, o mineros “güirises” que la construyeron, aportaron al barroco continental un estilo casi único de arte mestizo, con pocos antecedentes en nuestros andurriales latinos.
Aparte de lo antes dicho, en la zona occidental de Honduras se localizan algunas de las construcciones eclesiásticas más bonitas. Se encuentra la iglesia parroquial de Belén Gualcho, en la frontera con El Salvador. Pero quizás la construcción eclesiástica barroca más enigmática de Honduras y de América Latina, sea la de “San Manuel de Colohete”, con una simbología en todo sentido extrañísima.