Por: Oscar Armando Valladares
¿Por qué, cómo y desde cuándo el hombre vive en sociedad? Desde que el hombre encontró pareja, dice el ensayista y filósofo Ralph W. Emerson. Giuseppe Sarto -Papa Pío X- aduce que “la sociedad humana, tal como ha sido establecida por Dios, se halla compuesta de elementos desiguales, lo mismo que son desiguales las partes del cuerpo. Hacer iguales todos esos elementos es imposible, y significaría la destrucción de la sociedad humana”. Por voluntad divina, entonces, las desigualdades de pobres y ricos constituyen un candado sin llave ni orificio.
Así las cosas, habrá que coincidir con Federico Engels, para quien el Estado “no es más que un mecanismo de opresión de una clase por otra, lo mismo se trate de una democracia o de una monarquía”; también con su amigo de siempre Carlos Marx, conforme al cual “el poder político es simplemente el poder organizado de una clase para oprimir a otra”. León Tolstoi, el escritor ruso, lo apuntala a su modo: “El gobierno es una asociación de hombres que ejercen violencia sobre los demás”. Aun cuando casi todas las citas suelen ser tajantes y no dan pie a salvedades, tienen por lo general un fondo valedero y, de consiguiente, aportan luces en el camino de un entendimiento debidamente auxiliado.
Asumamos, para el caso, lo que en los últimos años acontece en la patria de bandera bicolor y cinco estrellas unitivas. En la búsqueda de superar las funestas consecuencias de los errores y pasiones precedentes del poder político, hubo que ponerse en manos (¿o nos los fueron impuestos?) de otros hombres, dueños también de pasiones y defectos. Tres de esos personajes -Manuel Zelaya Rosales, Juan Orlando Hernández, Salvador Nasralla- han braceado con estilos, direcciones y metas diferentes.
De ascendencia liberal, Zelaya gobernó sin la bendición del poder fáctico y mediático, por lo que a tres años y medio de ocupar el sillón Ejecutivo amaneció relevado, so pretexto de la “cuarta urna” que forcejeó instalar en los comicios siguientes, carente de magistrados y congresistas mayoritarios. ¿Erró en el cálculo? Tal vez…Lo patente es que, a partir de 2009, acrecentó su liderazgo al punto de poner en situación decadente al bipartidismo, mediante la fundación de una bandería -en 2012-, cuyo nombre deja asentado su objetivo meridiano: la libertad y refundación de Honduras. Osado y beligerante, condujo al triunfo presidencial de su rebelde consorte, de la que es asesor a tiempo completo.
Parejamente, Hernández retuvo un notorio padrinazgo entre la cúpula del Partido Nacional, acompañado al principio de Porfirio Lobo; en solitario -luego de su enemistad-, hasta llegar al pináculo -tan deseado con su esposa-: desempeñar la presidencia de la nación en dos períodos sucesivos. Más sagaz que Rafael Callejas y más “político” que Ricardo Maduro, empuñó el control del Estado de modo que su reelección pudo sortear las prohibiciones del texto constitucional e inclusive llevarse “bien” con empresarios y medios pudientes del sector privado. Errores (si es que fueron tales) cometidos en el transcurso de ambos mandatos, tomaron el carácter de daños contra el país, los que a la postre le pasaron letal factura, cuyo cobro está por dilucidarse el próximo febrero en Nueva York.
De Nasralla, dirigente sin partido efectivamente organizado, aunque vocinglero de la anticorrupción, puede inferirse que en cuanto a la ciencia del gobierno anda al garete, como aquel que equipara un partido de fútbol con un partido político. En dificultoso arreglo con “Mel” y Xiomara, obtuvo el cargo electivo de designado presidencial, en picada por los desahogos que profiere al no sentirse en posesión de lo que juzga como suya: la vicepresidencia de Honduras. Dolido emocionalmente, hace con sus “diputados” una oposición mediática, desde donde promueve la caída del régimen que contribuyó -con poco o mucho- a construir.
Dejando a JOH donde está, ¿qué adicionar de Zelaya y Nasralla? ¿Seguirá cada cual en su carruaje ideológico: uno subido en la plataforma del socialismo democrático refundador, el segundo -admirador confeso del general Pinochet- detrás de un Estado de derecho y derecha que ambiciona dirigir? Habrá que ver hasta dónde estiran las riendas de sus actuaciones, mientras surgen otros liderazgos. Liderazgos de arrastre, se entiende, no los que –como Quintín– pujan sin ese empaque en las huestes disminuidas del Partido Liberal.