EL editorial del recorrido por el tiempo y lo que aún resta por andar, y el relato de la generación de los “exennials” –“Yohevistodetodo”– de 8 décadas diferentes vividas, incluso el paso de un siglo a otro milenio, motivó al colectivo. La jurista amiga comenta: “Nos faltan menos años por vivir de los que ya hemos vivido; ¿qué hacer con esa valiosa materia llamada tiempo?”. “Dar, charlar, reír, leer, construir, para tener menos miedo de haber perdido algo; dejado de hacer algo”. “No sé si es posible llegar a esa convicción de haber vivido lo que hemos querido vivir, creo que es algo que aún me pesa”. “Tengo la paz de haber hecho lo mejor que he podido como madre y profesionalmente, aún sigo pensando si he invertido sabiamente y si sigo invirtiendo sabiamente las horas del día…”. Un viejo amigo: “Qué lectura tan sabrosa”. “Y lo más sorprendente que a mis 80 pisos siempre conservo las fuerzas para continuar el camino hacia lo insondable, a lo desconocido y hacerlo sin miedo y con mucha confianza por creer que siempre he hecho lo correcto”. “Y sobre todo contar con un amigo que me honra todas las mañanas con sus escritos que son un deleite y que me alejan del Alzheimer”.
Otra contribución: “Qué buen editorial, hoy sí nos hizo viajar por toda nuestra vida y nos llevó a lo más alto de todo lo que vivimos y cuando más nos sentíamos orgullosos de lo especial que hemos sido, nos aterrizó con esa gran brecha de los que tenemos y los que no tienen nada”. “Se nos olvida esa gran deuda que tenemos como generación”. Una buena correligionaria: “Qué nostalgia me dio y a la vez recordé momentos felices vividos en sus campañas cuando disfrutar un pan con mantequilla con usted, yendo para Cedros, era un rato de satisfacción y orgullo de acompañarlo”. “Le cuento que ya no pregunto por los amigos que no sé dónde andan porque casi siempre que lo hacía me contestaban: ¿No sabes? Él (ella) ya se murió”. “Es lo que no me gusta de esta edad, lo demás lo disfruto plenamente; cómo se nos van los amigos…”. Un amigo de la ruralidad: “Hermosa realidad, faltó las cartas con corazones que le enviamos a la novia, el cartero que pasaba de pueblo en pueblo, en su mula, llevando las buenas y malas noticias; los famosos telegramas de hasta cinco palabras, las palabras adicionales se pagaban aparte”. “Recuerdo una anécdota del papá de una buena amiga, como buen turco (sin ofender) escribió en un telegrama a un amigo algo así: “Lamento muerte hermano, vendo Toyota”; cabal las cinco palabras”. Otro lector: “Esas épocas las he vivido, en el 57 le ayudaba a mi padre a envolver o doblar los votos para elegir a JRVM; en 1977 tuve la osadía de venirme por tierra de New Orleans, Luisiana”. (Las osadías que uno hace siendo estudiante. Igual, con un compañero de universidad, nos venimos manejando, tomando turnos y descansando a ratos, desde LSU hasta Tegucigalpa, pasando todas las postas donde cobraban mordidas, y otros tropiezos del riesgoso trayecto por México).
Un amigo costeño: “Un gran editorial que nos hace reflexionar una vez más. El cierre aumenta la motivación para que se retome una nueva agenda 2.0. Gracias por inspirar a algunos de mi generación”. (Se refiere a la conversación: ¿No sé si sabías –interviene Winston– a propósito de etapas irrepetibles y únicas en el tiempo, que el editorialista –ejerciendo la primera magistratura del país– gobernó ese paso de un siglo al nuevo milenio? Estuvo en la Cumbre del Milenio de las Naciones Unidas, donde se fijaron los Objetivos del Milenio. – Sí –recuerda el Sisimite– las metas cuantificativas y cronológicas, como compromiso histórico de ese hecho singular –para luchar contra la pobreza extrema en varias de sus manifestaciones: hambre, enfermedad, pobreza de ingresos, falta de vivienda adecuada, exclusión social, problemas educativos y de sostenibilidad ambiental). Otra buena amiga: “Una gran sacudida me provocó leerlo esta mañana, en el que nos llama la atención sobre el valor del tiempo y de no postergar lo importante”. “Yo recuerdo claro su mandato; usted estuvo en el tiempo preciso, en una época que marcó la historia”. De un siglo a otro, durante y después de la tormenta y, 20 años después, queda el reconocimiento de quienes somos agradecidos, por esa extraordinaria gestión”. (El tiempo, que se va volando, –entra el Sisimite– hay que emplearlo en lo que vale la pena, para no quedarse lamentando después de lo mejor que nos perdimos. – Es que vos –interviene Winston– sos un “yohevistodetodo”. Finalizo con este pensamiento que manda una abogada amiga, de un escritor francés del siglo XVI, alguien a quien seguramente conociste: “No hay más que tres acontecimientos importantes en la vida: nacer, vivir y morir. No sentimos lo primero, sufrimos al morir y nos olvidamos de vivir”).