Por: Segisfredo Infante
Pedro Morazán ha publicado en su “blog”, en el curso del presente año, varios artículos y ensayos encaminados a informar, con un estilo crítico, cuidadoso y elegante, sobre los acontecimientos primaverales ligados al funcionamiento de los organismos de crédito y vigilancia internacionales. Tales organismos globales son cuatro: El Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, la Organización Mundial del Comercio y el reciente Consejo de Estabilidad Financiera, creado a propósito de la crisis mundial desencadenada en el segundo semestre del año 2008. Existen otras conferencias y agrupamientos poderosos que también se reúnen eventualmente, como el “G-7”, el “G-20”, el “Foro Económico Mundial” (en Davos) y la “COP” de tendencia climática.
De acuerdo con este economista hondureño, que reside en Bonn (Alemania), el Banco Mundial podría experimentar un giro interesante con el nuevo presidente que es de origen “hindú”. Más bien de la religión “Sij”, con turbante incluido. El nuevo presidente nombrado se llama Ajay Banga (propuesto por Joe Biden), quien exhibe en su agenda dos prioridades centrales: continuar con la reducción de la pobreza y neutralizar los desórdenes climáticos, con fuertes financiamientos en general pero, con el fin casi inmediato de crear un ambiente propicio en el cual se incluyan auxilios económicos millonarios a los países atrasados más vulnerables en el capítulo climático, en cuyo subconjunto podemos mencionar los nombres de Honduras, Bangladesh y Etiopía.
Se habla de “billones” de dólares (o de euros) que podrían destinarse, en calidad de préstamos blandos, a los países más afectados. En tal sentido Pedro Morazán sugiere que se reúnan personalidades centroamericanas bien informadas con el fin de presentar proyectos realistas a las más altas autoridades del Banco Mundial. Tales proyectos podrían elaborarse en forma conjunta con autoridades del Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE). Morazán anexa, en los artículos aludidos, la necesidad de una readecuación de las deudas de “los países de menores ingresos”. El Estado de Honduras, quizás el más vulnerable de la región, debiera movilizarse con la mira puesta en canalizar esos fondos frescos que vengan a materializarse en proyectos de creación de empleos masivos y de acciones mitigadoras de los señalados desastres naturales, que en años recientes afectan cíclicamente al país. Desde luego que unos préstamos de tal envergadura deben ser supervisados por auditorías nacionales e internacionales.
Otro punto atractivo de los escritos de Pedro Morazán, es la relación dinámica que él establece entre “la transformación social”, “la conservación ecológica” y “la transformación energética”, como si ello se tratara, desde mi ángulo interpretativo, de una nueva tríada hegeliana. Esto significa, traducido a los usos de nuestro lenguaje catracho cotidiano, que es prácticamente imposible hablar de creación de empleos y de transformación social sin que se materialice una previa transformación energética que favorezca a todos los hondureños sin excepción. Desde los empresarios grandes, medianos y pequeños, pasando por la desvencijada clase media, hasta llegar a los obreros de la ciudad y del campo y al más humilde habitante del último rincón de este arisco terruño nacional. Por eso Vladimir Ilich Lenin elaboró la ecuación intuitiva que “electrificación más soviets es igual a socialismo”. Muy pocos entendieron aquella antañona consigna; como tampoco comprendieron, la mayoría de sus camaradas más cercanos, la “Nueva Política Económica” (NEP) lanzada por Lenin, pocos años antes de morir, en que ordenaba conjugar los capitales públicos y privados, como contrapartida de la desastrosa “economía de guerra” bolchevique de años anteriores. Todos sabemos que el tema de la “matriz energética” es uno de los problemas claves de nuestro orillero país, por eso debemos leer e investigar de todo un poco, hasta solucionar sobre la marcha una problemática tan efervescente. (Creo que por último Pedro Morazán atalaya en forma perspicaz los vidriosos capítulos de las criptomonedas y de los migrantes. Pero estos son asuntos que, aunque ya los he abordado, los retomaré más tarde).
A estas alturas los amables lectores se preguntarán quién es el economista honduro-germánico Pedro Morazán. Los que han crecido bajo el árbol de esta ciencia, lo conocen y lo recuerdan perfectamente. Uno de sus méritos singulares fue el de acompañar a monseñor Oscar Andrés Rodríguez en aquella intensa campaña internacional (que se originó en el Vaticano) encaminada hacia la condonación de la deuda de los países pobres altamente endeudados. Digamos que la campaña fue un completo éxito.
Por mi lado lo recuerdo siempre como un compañero sobrio y sonriente en las luchas estudiantiles del Instituto Central “Vicente Cáceres”, y de igual modo como el amigo íntimo cuando susurrábamos el poema “La voz del río” de Julio Flores. Pero hay otros detalles especiales que anexaré después.