UNA especie de consenso induce a registrar el hecho que el primer tipógrafo del hemisferio occidental fue el orfebre e inventor alemán, de confesión católica, llamado Johannes Gutenberg. Se sabe además que su Biblia impresa de cuarenta y dos renglones se puso en circulación en 1456, y que falleció el 3 de febrero de 1468. Pero se desconoce la fecha exacta de su nacimiento.
Sin embargo, es menester ahondar un poco en el asunto. Unos cuatro siglos antes que lo hiciera Johannes Gutenberg, los chinos habían inventado una imprenta con tipos móviles de madera y porcelana. Los coreanos imitaron su ejemplo. Igualmente, en Europa, a la par de las copias manuscritas, se realizaban trabajos xilográficos previos con resultados técnicos excesivamente lentos. Aunque Gutenberg heredó aquella técnica siguió su propia intuición de fabricar los tipos móviles de madera, a los cuales, en el transcurso de pocos años, les agregó hierro, plomo y antimonio. La invención de los tipos móviles con abundante plomo, vino a revolucionar el mundo de las publicaciones, convirtiéndose en uno de los factores esenciales de la modernidad. Al grado que los revolucionarios franceses, inclusive en la época napoleónica, intentaron trasladar los restos mortales del tipógrafo de Alemania hacia Francia, a pesar de su confesión católica.
Los tipos móviles eran muchas letras individuales de plomo, algunas con acentos, diéresis, comas, puntos, paréntesis, números, cursivas y comillas. Los tipógrafos, o cajistas, acomodaban en un componedor, letra por letra, hasta convertirlas en renglones y párrafos, cuyos contenidos se amarraban dentro de una plancha de hierro rectangular que después se aferraba a una máquina con poleas, pedales y rodillos, con cuyos mecanismos se imprimían libros, revistas, periódicos y volantes. Los mismos tipógrafos solían manejar tales máquinas o prensas. Varios de ellos, incluso en Honduras, se volvieron famosos en tanto que también hicieron las veces de escritores.
Desde finales del siglo diecinueve la tipografía comenzó a ser desplazada por la “linotipia”. El linotipo era un aparato que fabricaba renglones y galeras completas de textos a una velocidad superior. Finalmente aparecieron los mimeógrafos y las máquinas “composer” del sistema “offset”, que fueron una aproximación anticipatoria, en el mundo de las imprentas, a la tecnología digital que actualmente se utiliza.
Con todos estos movimientos tecnológicos de las últimas décadas, los viejos tipógrafos, tanto cajistas como prensistas, han sido olvidados y parecieran una especie a punto de extinguirse, a pesar de que predominaron durante cinco siglos y medio, y que a ellos les debemos, en un gran porcentaje, la modernidad. La mayoría de los libros “incunables” impresos y los periódicos prestigiosos que custodian las grandes bibliotecas y hemerotecas del mundo, salieron de los talleres tipográficos. Muchos de esos libros son una combinación de sencillez con arte barroco de alto vuelo.
En Honduras, actualmente, pasa desapercibido “el 24 de junio”, o “mero Día de San Juan”, que es la fecha conmemorativa de los tipógrafos y prensistas catrachos. En otros países las fechas conmemorativas difieren unas de otras. Bien pueden hacerse celebraciones, indistintamente, en mayo, en junio o en el mes de septiembre. No obstante ello, en algunas sociedades y empresas del trasmundo, se aplaude todavía el “Día del Tipógrafo y de las Artes Gráficas”, como recordación de uno de los inventos más nobles de la humanidad, que dicho sea de paso fue creado en secreto por diversos motivos y razones, que le asistieron al primer tipográfico móvil occidental.
Gracias al trabajo de los tipógrafos conocimos el olor de los libros con olor a tinta, recién salidos de los talleres. Gracias a aquellos libros aprendimos a leer y a soñar con paisajes lejanos y con un mundo mejor. Los viejos tipógrafos, y los canillitas, hicieron posible que los periódicos llegaran a nuestras calles y a las puertas de nuestras casas, con los últimos acontecimientos del entorno patrio, lo mismo que en una escala mundial.