“EL CAJÓN DE CAOBA”

LOS aficionados a la política aquí –por solo incluir gente que debiese interesarse en el estudio de la geopolítica; mantenerse al tanto de los acontecimientos internacionales, siquiera como coordenadas imaginarias de referencia para aplicar similitudes a lo doméstico– quizás encontraron el detalle de madera como único atractivo de los funerales del magnate ex premier italiano. La curiosidad que el ataúd era de fina caoba hondureña. No se descarta que algunos de ellos, en su momento, se hayan mantenido atentos, sin perderse pormenores, del culebrón de sus muchos escándalos. Tantos que hoy sería difícil enumerarlos todos, aunque, a pesar de ellos y a la vergüenza que se les atribuía, no lograron opacar del todo la exuberancia de su personalidad. Sin duda, ya entrando a la ciencia del asunto que nos ocupa, a muy pocos interesará saber que ese es un país que pareciera andar en piloto automático. Donde los gobiernos no duran. Casi como si el gobierno fuese innecesario. Más bien, para una inmensa mayoría, una especie de incómodo estorbo.

Como y si el diario acontecer de las personas, la economía, los mercados, la actividad turística y comercial y todo lo demás funcionara con autonomía propia, por su cuenta, desatada del gobierno. El gobierno por un lado y ellos por otro. Hoy y por unos meses, tienen uno, lo que tarde en caerse y mañana otro; que tampoco se sostiene el tiempo necesario para hacer ninguna diferencia. Pero la vida sigue igual. ¿No les parecería una curiosidad –lo decimos, por la total dependencia de la gente, de los gobiernos, en estos pintorescos paisajes acabados– un sistema que funciona así de esa manera? Por lo menos, ¿como hecho llamativo que da motivos para pensar? La clase política aquí, por lo general, pasa desatendida de los asuntos nacionales que a la ciudadanía incumbe, porque se trata de los problemas que le afectan. Los apuros, uno encima de otro, que los afligen y les quitan el sueño. Entonces, si los políticos parecieran no tener mayor conocimiento de la problemática que angustia a la sociedad –y a veces hasta da la impresión que tampoco les importa–¿qué sucedería si la gente dispusiese dar a ellos la misma atención que ellos reciben? Retomando la muerte de Berlusconi. Solo como dato que a nadie aquí dará ni frío ni calor –por más interesante que haya sido su vida– su fallecimiento representa para el país el final de la denominada era de la segunda república. Su extravagancia tocaba todo y arrollaba con todo. Desde un imperio de medios de comunicación que manejaba, negocios enzarzados con sus funciones públicas, hasta la pasión del fútbol. El AC Milan destacaba entre muchos de sus intereses comerciales. Esto último –a los que siguen los partidos del fútbol europeo– sería la sola atracción que los vincule. Compareció unas 2,500 veces ante los tribunales, y a más de 100 juicios durante un lapso de 20 años. Logró salir absuelto de los cargos o conseguir que anularan las condenas en varias ocasiones.

En el 2023 finalmente fue absuelto de sobornar a testigos para que mintieran sobre las notorias fiestas celebradas en su villa como primer ministro. Ah –dirán muchos– ya sabemos de quien se trata, del tipo aquel del “bunga bunga” ya que del surtidor de líos en que estuvo involucrado fueron esos episodios, una combinación perfecta de exceso, fiesta, sexo y política, que dieron la vuelta al mundo. (¿Qué te llamó a vos la atención –entra el Sisimite– lo del cajón de caoba hondureña? –Pues que bien –interviene Winston– bonito detalle, pero no creo que haya sido ese el fondo del escrito, sino que Italia ha tenido 70 gobiernos en menos de 80 años, casi un gobierno por año, y los italianos como si nada. Solo Berlusconi estuvo 2 años seguidos y gobernó en tres ocasiones. -¿Y por qué será –pregunta el Sisimite– que los italianos se deshacen de los gobiernos como cambiarse de calcetines? -Dirán por inestabilidad, volatilidad política –suspira Winston– pero así como puede ser un hándicap no tener un gobierno duradero, podría ser una ventaja que el sistema se encargue de quitarlo, si no sirve).