EL editorial narrando el intercambio entre el nieto y su abuelo –¿Cómo Pudieron Vivir Así?– motivó muchísimas reacciones del colectivo: Un empresario: “Tiempos que añoramos y seguimos disfrutando con solo recordarlos”. El buen amigo académico acompaña a su mensaje la foto de un candil: “Solo para recordarme a mí mismo que en 1964 y 1965, en 2do. y 3er. curso, con un candil estudié matemáticas y salí adelante, amigo”. (Y que mejor testimonio que el suyo –le responde Winston– que no es candil de la calle y oscuridad de la casa). Una buena amiga: “Buen día presidente, estoy segura que no soy un avatar, soy de las sobrevivientes que pudo socializar con gente de verdad; gracias por el editorial, se lo mostraré a mis sobrinos”. Otro mensaje: “Pobre generación presente, esclava de tantas cosas y ahora prisioneros del bendito celular”. “Está bien el editorial en machucar que se debe encontrar momentos para prescindir de lo digital y apreciar lo esencial”.
Un amigo notario: “Por los ’90s una familia renombrada de SPS me pidió que celebrara su matrimonio civil, petición a la que gustosamente accedí; teniendo como asistente un abogado viejo amigo de los contrayentes”. “La boda se celebró con la rigurosidad del acto y, concluida esta, el «asistente» me habló al oído y me dijo que si le cedía la palabra que quería darle un consejo a los contrayentes”. “Tiene la palabra le dije”. “Dirigiéndose a los novios les dijo: «Cuando uno se casa, comete el primer error de poner un TV (de aquellos armatostes cuadrados manuales) en el dormitorio”. “Allí empieza el primer problema familiar: se pierde la comunicación”. “Sabias palabras de aquel asistente que ahora descansa en paz”. ¿Qué diría ahora del celular? me pregunto”. Otra buena amiga: “Las pláticas interminables con mis padres bajo la luna no tenían fin”. “Nada nos interrumpía más que el sonido de la naturaleza”. “Increíbles los consejos de mi abuela, una mujer que vendía rosquillas y en la noche aconsejaba a sus hijos”. “Le permitió darle a esta sociedad un hombre que lavó carros y llegó a ser gerente general de un gran almacén comercial”. “Mi padre”. “Y su otro hijo que fue conserje de la Corte Suprema de Justicia hasta llegar a ser el presidente”. “Mi tío”. “Nunca oí a mi abuela decir que estaba cansada, nunca gritaba, le bastaba la fuerza de sus palabras”. “Se le murieron primero sus dos únicos hijos y los enterró con dolor y me preparó a mí con su testimonio al enterrar a un hijo”. “Mi abuela no se cansó de decirme que, el diálogo con los seres amados siempre tiene resultados positivos”.
Otra lectora amiga: “Me encanta, lo comparto, de igual manera el editorial de hoy va al baúl de los recuerdos, (abajo del colchón de mi cama, jajajaja). “Por Dios que soy como las viejitas, ocupan un documento, voy y lo busco ahí. “Sabe algo, recuerdo también los apagones, ese tiempo cómo compartíamos con mi papá y mi mamá; nos sentábamos en la sala con las velas y mi papá contaba todas sus historias”. Ah, y escuchar en una radio de baterías «los cuentos y leyendas». “Me daba miedo horrible la «Sucia» el «Cadejo», «La llorona» (ese cuento me daba tristeza) y la que me gustaba mucho era «La Siguanaba» (mujer de bello porte sin rostro en la orilla del río, que espantaba a los hombres a media noche». “Qué dicha esos momentos, tan sencillos; daría todo por volver a mi niñez”. Un último mensaje comentando esta parte de la conversación de cierre: -Al fin –inquiere el Sisimite– cuando traes a las “tías” esas, que según el robot inteligente son una encarnación divina de una deidad en la tierra. –Sí, el término Avatar –explana Winston– tiene sus raíces en la religión hindú. A ver cuando se animan la Eva y la Tía. Las presumidas hasta “sticker” sacaron como nosotros. -¿Y con toda esta tecnología de la inteligencia artificial –concluye el Sisimite– qué tan seguro estamos que nosotros dos no seamos avatares?). “Los que leemos –dice el amigo– sabemos que Winston no es un avatar”. “Yo me la tengo con Eva porque no quiere trabajar los fines de semana”. (Es que Eva y Tía –entra el Sisimite– dan noticias de lunes a viernes cuando se despiden diciendo que regresan la próxima semana. -Nosotros por lo menos –interviene Winston–aparecemos los sábados y a veces ni los domingos descansamos. -Cambiando de tema –interrumpe el Sisimite– la lectora que recuerda los apagones como tiempo para compartir en familia sentados en la mesa de la sala alumbrándose con candelas. No tardan en salir ahora anunciando que ese precisamente es el propósito que han tenido en mente, para tener a la gente en tinieblas. –Oíme –suspira Winston– ¿ya no hay candelas de a peso, verdad?).