Guillermo Fiallos A.
Con el paso de las décadas el mundo y, particularmente, en Honduras, nos alejamos más y más del sentido común. Esto nos está llevando al desplome tanto de la practicidad como del actuar oportuno, en una sociedad cada día más sedienta de respuestas y, sobre todo, harta de sus dirigentes nacionales quienes estaban llamados a realizar progresos significativos en la nación; sin embargo, han actuado -la mayoría- como verdugos construyendo el desasosiego y el retroceso en todos los ámbitos del país.
Hoy más que nunca, adquiere plena vigencia la frase lapidaria del humorista y autor Will Rogers, quien afirmó que “el sentido común no necesariamente es práctica común”. ¡Cuánta verdad hay en esta máxima pronunciada para un planeta guiado, perfectamente, sin el sentido común! Y Honduras no es la excepción a esta corriente enfermiza que dirige el norte del Estado, hacia los más oscuros laberintos de la irresponsabilidad y la anarquía.
El sentido común se puede entender como la capacidad que poseen los seres humanos para valorar situaciones y circunstancias de la vida diaria; y tomar las decisiones necesarias y correctas para que todo marche bien. Implica conocimiento, experiencia, prudencia, habilidad para discernir, optar y responder ante una eventualidad con decisiones bien pensadas, rápidas y certeras.
No obstante, día tras día, en nuestra golpeada patria, se hacen o deshacen asuntos que no son rectorados por el sentido común. Nuestros “líderes” actuaron y actúan como jinetes del sin sentido, de la barbarie y de la idiotez. El sentido común se ausentó del subdesarrollado cerebro de estos señores y ahora, han encumbrado en temas de interés nacional, al más descarado cinismo regido por antivalores y la insensatez.
Por esa ausencia de sentido común y esa entronización del cinismo, se ha ido descuidando: la institucionalidad del Estado, la búsqueda del bienestar colectivo y los anhelos de sacar al país del pantanal en el que se encuentra; producto de décadas y décadas de haber sido conducidos por los menos dotados no solo de intelecto, sino también, por falta de un corazón solidario y sensible hacia las carencias de los otros.
Lo que antes era malo, hoy es bueno y viceversa. ¡Puro cinismo! Es un desorden mañoso y manipulador de pensamientos, conductas, afirmaciones, negaciones y divulgación de un lenguaje dañino para las nuevas generaciones.
Se destruye más y más el Estado de derecho, no se castiga a los ladrones y en cada nuevo proceso electoral, surge o reaparece otra tribu de ignominiosos corruptos. Ya solo hay cabida para la sinrazón y, por ello, ahora no únicamente, campesinos y obreros emigran de esta tierra; también, profesionales con maestría, cruzan las fronteras huyendo de esta pesadilla para buscar un sueño que aquí no pudieron concretar.
Se ha llegado a un cinismo tal, que se interpretan leyes, circunstancias, situaciones y vivencias que antes eran consideradas de lo peor; y en el presente, son vistas como una fuente de virtudes y hasta de recompensa olímpica para los ungidos del momento. La oposición es cínica al tratar de borrar el pasado turbio y bochornoso que la persigue; y el gobierno -con cola y pasado borrascoso también-, ha llevado al máximo el sin sentido y convierte la inmoralidad propia, en definiciones insólitas acomodadas a sus perversos intereses.
Vamos muy mal y hemos perdido el rumbo con tantas: cachurecadas, coloradas, ñangaradas, pinuadas, salvadoradas y otras pestes más; que nos alejaron del buen conducir y de la ética. La clase dirigente extinguió el sentido común y entronizó el cinismo, justificando lo injustificable y redefiniendo la maldad para presentarla con vestidura de bondad.
¡Nadie cree en este conglomerado de falsarios! Cada día perfeccionan más su desvergüenza y, por ello, están exterminando las pocas esperanzas que teníamos para salir adelante.
Los hondureños hemos permitido que nos gobiernen los mismos de siempre y, entonces, podemos afirmar que perdimos el sentido común; llegando a un grado de cinismo indescriptible al beneficiar cada cuatro años, a los diferentes clanes familiares junto a sus íntimos granujas; quienes, en lugar de brindarnos prosperidad y bienestar, han traído miseria para el pueblo y un lujurioso e ilícito enriquecimiento para estas maras que nos extorsionan a través de la política.
¿Hacia dónde llegaremos y hasta cuándo lo permitiremos?