¿CÓMO PUDIERON VIVIR?

REACCIONES del colectivo a los últimos editoriales. “En una reunión familiar, con sus padres, sus tíos y el abuelo, un joven –embrocado en su portátil sin despegar la vista de la pantalla, mientras disparaba, con deditos apresurados, ráfagas de emojis por su aplicación de mensajería– suelta unas palabras: ¿Cómo ustedes pudieron vivir antes? Sin TV, sin Wi-Fi, sin tecnología, sin Internet, sin ordenador, sin drones, sin bitcoins, sin móviles, sin Facebook, sin Twitter, sin YouTube, sin WhatsApp, sin Messenger, sin Instagram”. Mientras los adultos –que horas antes habían depositado sus portátiles en una cajita para no divagarse y sostener una conversación civilizada– desorientados por lo desafiante de la inquietud, se miraban unos a otros las caras, el abuelo decide romper el silencio y toma la palabra. «Pues, mira querido nieto, deja ese chunche a un lado, siquiera por un instante, si no es de vida o muerte apartarte de él unos segundos, y así como preguntaste y nosotros te oímos con atención, ten la cortesía de escuchar la respuesta:

Pudimos vivir así sin nada de todo eso, igual que muchos de tu generación viven hoy: Sin oraciones, sin respeto, sin valores, sin personalidad; sin noción de compromiso, atenidos a los demás, engañados que todo es fácil, que con solo pedir algo va a caerles del cielo, creyendo que lo que reciben es porque lo merecen, sin mayor esfuerzo; sin el yo interior, sin carácter, sin mucho conocimiento, sin importarles si lo que mandan y reciben sea mentira o verdadero; sin vocación a la lectura, destartalando el idioma; sin ánimo de aprender, solo el voraz apetito de insaciable entretenimiento; sin ideales, sin amor propio, sin humanidad, sin modestia, sin virtudes, sin honra, sin propósitos, sin esencia, sin metas, sin aptitud de distinguirse, sin cultivo de la personalidad, sin identidad, sin ese “no sé qué”, que enorgullece tenerlo”. Al escuchar aquello, la mamá quiso suavizar la franqueza del abuelo –con gestos tiernos de: mira mijito– ofreciendo los siguientes ejemplos: “Nuestra vida es una gran prueba viviente: Después de la escuela –primero el deber antes que el placer– salíamos a la calle a divertirnos. Jugábamos con amigos de verdad, no amigos virtuales de una burbuja”. “Solíamos crear nuestros propios juguetes –un palo, un lo que fuese, cualquier cachivache al alcance que nos permitiese simular el juguete que deseábamos y no podíamos tener– y entretenernos con ellos. Nuestros padres no eran ricos. Ellos nos dieron y enseñaron amor y nos inculcaban valores, no depender y exigir bienes materiales o mundanos. Nunca tuvimos móviles, Laptop, DVD, Play Station, Xbox, videojuegos, ordenadores personales, Internet, pero sí tuvimos amigos valederos”. “En el vecindario todos nos conocíamos. Las visitas eran frecuentes –hoy nadie sabe ni le interesa saber quiénes son los vecinos– y todos éramos como una gran familia, dispuesta a ayudar y a socorrer en momentos de apremio y necesidad”.

“El tiempo en el hogar se disfrutaba leyendo –yo les leía cuentos a ustedes, todas las noches, hasta que se quedaban dormidos– platicando de todo, viéndonos las caras, sintiendo la felicidad del momento, compartiendo cada emoción o confortando en ratos de pena; dicho en cristiano, conviviendo como Dios manda”. “Allí en aquel baúl hay un atado de fotos, de muchas de tantas ocasiones. No se asombren cuando las vean ya que son en blanco y negro, pero, a nuestros ojos, todas son coloridos recuerdos. Quién sabe cuándo ni cómo ocurrió que los padres dejaron de platicar con sus hijos y sus hijos dejaron de escuchar a sus padres”. (Por eso –entra el Sisimite– son vivificantes estas conversaciones que tenemos. -Sí, maravillosa –irrumpe Winston– la sabiduría de los viejitos. ¿Y es cierto eso, vos que para aquellos días ya andabas dando guerra, que nada de todo eso había? -No te digo que –interrumpe el Sisimite– desde que lo inventaron, a mí, el telégrafo me ha bastado y sobrado para comunicarme por telegramas triples. -Si ya no hay eso –reacciona Winston– y no estoy seguro si cerraron el correo nacional, cuando las cartas de puño y letra perdieron su encanto. Incluso hasta las de papel y sobres perfumados. -¿Y vos conociste las postales –pregunta el Sisimite– que mandaban los viajeros, de cada lugar donde paraban, para impresionar a los domésticos de la gran vida que se estaban dando? -¿Cuáles postales si ahora todo es por FaceTime? Lo que sé –responde Winston– es que a mi papá le dejaron de herencia una colección de estampillas. -Al fin –inquiere el Sisimite– cuándo traes a las “tías” esas, que según el robot inteligente son una encarnación divina de una deidad en la tierra. –Sí, el término Avatar –explana Winston– tiene sus raíces en la religión hindú. A ver cuándo se animan la Eva y la Tía. Las presumidas hasta “sticker” sacaron como nosotros. -¿Y con toda esta tecnología de la inteligencia artificial –concluye el Sisimite– qué tan seguro estamos que nosotros dos no seamos avatares?).