Por: Tomás Monge*
Según una investigación realizada por el consorcio Mckensy (presente en más de 160 ciudades), se encuestaron 13,382 empleados de seis países distintos para comprender mejor los aspectos que continúan estimulando la renuncia, la deserción voluntaria y otros cambios en el mercado laboral; y la proporción de trabajadores que planean dejar sus trabajos sigue manteniéndose en un 40%, sin mostrar cambios desde 2021. Es decir, que dos de cada cinco empleados en dicha muestra global expresaron estar considerando renunciar a su empleo en los próximos tres a seis meses.
En este sentido, al menos un 35% de estos empleados que renuncia citó a los malos jefes o coordinadores ineficientes, indiferentes y/o poco inspiradores como uno de los tres principales motivos para irse. Es decir, que muchas organizaciones creen que es mejor “ahorrarse” unos centavos promoviendo o contratando personal no capacitado para coordinar las distintas áreas de su empresa, pero ignoran los altísimos costos que la mala gestión y administración del capital humano puede generar a largo plazo. Entonces, la pregunta es, ¿qué deberían hacer?
En primer lugar, deberían contratar expertos en Recursos Humanos, para que el análisis y elaboración de perfiles de puestos sea eficaz y eficiente. De este modo, al existir vacantes en posiciones de liderazgo, los directivos tendrían claros los requisitos de cada puesto, y no promoverían a cualquier candidato interno, solo porque “conoce más la empresa”, o porque “es bueno en su área”, sino que exigirían al menos la preparación académica en cualquier rama de la gestión y administración como primer requisito para ser coordinador o jefe.
Evidentemente, incluso los profesionales que ya poseen una licenciatura, una maestría o un doctorado en una o varias áreas de especialidad relacionadas directamente con el rubro de cualquier empresa deberían de prepararse en gestión, administración o áreas afines si pretenden tomar un puesto de coordinadores o jefes; para así evitar desempeñarse sin las herramientas, estrategias y habilidades directivas necesarias, tanto para manejar los procesos administrativos y de gestión que su puesto conlleva, como para desarrollar equipos altamente motivados, inspirados, productivos, reconocidos y unidos.
No obstante, los estudios en gestión y administración no son lo único que alguien necesita para ser buen jefe, sino que son solamente el punto de partida y el cimiento sobre el que se pueden estribar de manera más sólida el resto de habilidades y virtudes necesarias para la delicada labor de liderar un equipo. Es decir, que quienes han dedicado dos años a una maestría, o cuatro años a un doctorado en gestión y administración, al menos se han expuesto a cátedras, lecturas, discusiones, estudios de caso, tesis y demás experiencias de aprendizaje que han desarrollado diversas competencias directivas en ellos, y han moldeado considerablemente su percepción de la labor del jefe como un líder y servidor en una organización.
Personalmente, en dieciséis años de trabajo he tenido al menos uno o dos jefes que, a pesar de no contar con los estudios adecuados en gestión o administración; su carisma natural, su carácter firme, su personalidad amable, su planificación y objetivos claros, su trato cordial y su permanente capacidad de enrollar sus mangas y ponerse a trabajar junto a su equipo siempre fueron fuente de inspiración para mí y para muchos otros.
Por otro lado, también he visto jefes que, con o sin estudios de postgrado en gestión o administración, no son visionarios, no saben planificar ni establecer objetivos medibles y significativos; tienen pésima comunicación y trato personal con los miembros de su equipo, son incapaces de aprender el uso de las herramientas tecnológicas más sencillas y fundamentales para su puesto, se empeñan en girar instrucciones completamente ambiguas (y nunca por escrito), porque así pueden culpar a su equipo si las cosas salen mal, o robarse el crédito si todo sale bien. Además, manejan el presupuesto a su antojo, sin distribuirlo equitativamente; favorecen a sus amistades con cargos inmerecidos y privilegios descarados, imponen tareas absurdas e improvisadas, generan conflictos, descontento y tensión permanente en su equipo, e incluso se coluden con otros malos jefes en la organización, para establecer agendas ocultas.
En conclusión, las instituciones deberían tomarse el tiempo de elegir buenos jefes o coordinadores, preferiblemente con estudios en gestión o administración, asegurándose constantemente de que nunca abusen de su poder, de que no solamente hagan las tareas que “les gustan”, mientras arrojan todas las que “no le gustan” a sus colaboradores más eficientes; y preguntando frecuentemente a los equipos si su jefe o coordinador es equitativo y transparente con los presupuestos, si gira instrucciones breves, claras y por escrito, si toma responsabilidad sobre las derrotas, si da crédito públicamente a su equipo por las victorias, si nunca trata de opacar, desmotivar o ahuyentar a alguien mejor preparado, con mayor experiencia y/o con más aceptación y carisma; pero sobre todo, si sabe que su rol principal es servir, y no ser servido.
*Consultor Educativo y Catedrático UPNFM