Ser pobre no es ser mendigo

Por: Mario E. Fumero

Se ha tratado desde diversos ámbitos convertir la pobreza en una vergüenza, o en una fórmula para promover la lucha de clases, alimentando el odio o la ambición por el tener. Tanto desde los púlpitos políticos, como de los religiosos se ha estigmatizado al pobre como una clase maldita debido a su pobreza, y en algunas ocasiones, le tratan como un miserable paria de las injusticias sociales.

Los pobres han existido siempre. Jesús afirmó que “siempre los tendríamos entre nosotros” porque si no hubieran pobres, ¿cómo vivirían los ricos? Porque si todos fuéramos ricos, no trabajaríamos, y produciremos, entonces ¿de quién o de qué viviríamos?

El problema no está en ser pobre, sino en tener dignidad, y dentro de nuestra pobreza, luchar por superarnos sin mendigarle a nadie nada. Es ahí cuando se cumple el mandato del juicio divino que como fruto del pecado, nos manda a ganarnos el pan con el sudor de la frente. Debemos distinguir entre pobreza y mendicidad. El mendigo es aquel que no produce nada, acepta su destino miserable y vive de las migajas de los demás. El pobre lucha, produce y obtiene el sustento con trabajo. Hace producir la tierra o cuida el ganado, o teje o emprende algo con lo cual obtienen “el pan nuestro de cada día”. El pobre es alabado por Jesús, llamado bienaventurado. El pobre no depende de nadie, sino de su trabajo digno. No mendiga, ni tampoco menos estima su condición, pues se siente orgulloso de ser pobre, pero honesto. Es mejor ser un pobre honesto, que un rico corrupto. La pobreza es dignificante cuando se vive de acuerdo a la realidad, y no caemos en la ambición y la codicia, que generan la injusticia. De los pobres de la tierra viven la mayoría de los ricos y poderosos. Ellos son los que sostienen la economía, hacen producir la tierra y generan el progreso de la nación.

Ser un país pobre, no significa ser un país sojuzgado a los poderosos que controlan la economía. Ser del tercer mundo no significa ser esclavo de las naciones industrializadas, pues en realidad estos han prosperado explotando nuestros recursos y robando nuestras riquezas. Seremos pobres, pero tenemos dignidad. Es por ello que nadie tiene derecho a decirnos lo que tenemos que hacer o no tenemos que hacer, porque, aunque seamos pobres, no somos mendigos para claudicar de nuestra soberanía a cambio de unos cuantos dólares o préstamos. Someternos a los caprichos internacionales para obtener ayuda económica es convertirnos en mendigos, y esto no es digno de un pobre con vergüenza y dignidad. También se aplica para los países pobres.

No tendremos petróleo, ni grandes industrias, pero tenemos dignidad, tierra, agua y recursos naturales lo suficiente para no morirnos de hambre. Honduras es suficientemente productiva y cuenta con muchos recursos naturales para salir adelante de su pobreza y sostenerse, sin necesidad de convertirse en una nación miserable que dependa de la ayuda internacional, máxime cuando esta ayuda es dada bajos ciertas condiciones. Podemos subsistir con pobreza, pero con soberanía, generando “el pan nuestro de cada día” y sin doblegarnos a los que nos quieren someternos a sus caprichos ideológicos, a cambio de una limosna. Si se despertara el patriotismo y transformamos nuestros recursos en fuente de trabajo y bienestar, podríamos convertirnos en pobres prósperos, y no en mendigos miserables de los caprichos externos.

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