Por: Héctor A. Martínez (Sociólogo)
Desde que tenemos memoria, los políticos demagogos siempre nos han prometido un mundo mejor, a cambio de los votos necesarios para representarnos -según dicen- en el poder de la nación. Una vez en el poder, aquellas promesas de campaña que tanto entusiasmaron a los electores, se disuelven en la eternidad de los tiempos.
La fatalidad latinoamericana reside en la demagogia. Desde Sonora hasta el sur chileno, los países siguen empantanados en la miseria que los mismos políticos -de izquierdas y derechas-, nos han sumido desde el siglo XX. Pero los cuestionamientos y las súplicas no parecen hacer mella en aquellos. El latinoamericano promedio, a diferencia de los ciudadanos de sociedades desarrolladas, no tiene tiempo para entretenerse con los zigzagueos del poder, porque ocupa su mente tratando de sobrevivir en un mundo de apuros, y de escasez de oportunidades. La gente cree que con hacerse a un lado, y dejar que los políticos hagan sus “cosillas”, los problemas en el estado no traspasarán los muros del poder, y que la política nada tiene que ver con su hambre. Y, este autoexcluirse de los vericuetos de la política ha sido aprovechado por los demagogos de toda laya, principalmente por los de izquierdas, y los “newcomers”, como Nayib Bukele.
Entonces, ¿por qué, pese la engañifa de los partidos de ayer y de hoy, la gente sigue esperando infructuosamente por un nuevo amanecer, apostando por el titán que, con la tea de la moralidad y la prosperidad nos conducirá hacia el paraíso terrenal? La respuesta es sencilla, pero muy compleja de discernir: la demagogia sigue siendo parte indisoluble del ADN de la política latinoamericana. La demagogia es el arte perverso de engañar al electorado con falsas promesas de un mundo mejor. Existen dos versiones: la tradicional y la “moderna”. En la tradicional, los políticos se conforman con mentir, incumplir, y volver al ciclo electoral con las mismas mentiras, pero pintadas de otro color. Esa es la versión “light” del asunto. La otra, la “moderna”, es un recalentado del fascismo y el estalinismo, muy peligrosa por cierto, desde todo punto de vista.
La demagogia de hoy apela a una estrategia cuyo fin último es la toma del poder para no soltarlo en cincuenta años. Normalmente surge cuando los problemas sociales de un país se vuelven insoportables para las mayorías; entonces, los demagogos “modernos”, echando mano de un discurso salvífico, encienden la luz de las pasiones, y prometen sacar de las tinieblas al país sufriente, a cambio de los votos. La gente, en su desesperación, corre a las urnas para invocar al mesías que habrá de sacarlos de los problemas. Una vez que llegan al poder, esos “redentores” que normalmente se apartan del tradicionalismo partidista, se quitan el traje de oveja, y quedan tal cual son: “homo homini lupus”.
Establecidos en el poder, viene la peor parte: poner énfasis en que los problemas sociales se deben a la corrupción de los gobiernos anteriores, mientras la crisis se profundiza cada vez más. Los conflictos en calles e instituciones se ponen a la orden del día, mientras el desempleo obliga a miles traspasar las fronteras en busca de zonas más seguras. Nuevos señalamientos hacia los culpables de la crisis pone a pelear a las personas y gremios, para ganar tiempo y para que la polarización maquille, un tanto, la incapacidad del gobierno. Entre más se profundiza la división social, más fácil se vuelve el tomar las riendas de los problemas por la vía del decreto, de la soberanía del príncipe y del consentimiento de los ciudadanos.
El caos, generado conscientemente, y con arreglo a plan, crea confusión y miedo, de modo que la gente comienza a apremiar al gobierno para que resuelva de inmediato. La vulnerabilidad es aprovechada para convencer a la gente de que se necesitarán dos periodos más para resolver los problemas. Controlada la sociedad, los demagogos no quieren saber nada de críticas ni observaciones: prohíben el disenso. Y así se quedan gobernando por años en medio de los mismos problemas.