Promoción del libro en un gobierno progresista

Por: Óscar Armando Valladares

¡Libro y libre! Qué tan similares y expresivos ambos términos en el hermoso idioma de Cervantes, pero cuán a distancia se hallan en los hechos reales, donde tanto golpea -con daños y perjuicios- la falta de lectura por la vertiente de gran número de “letrados”, sin textos ni contextos, como a cuenta de un sistema egoísta y de vieja data reacio a incentivar -con oportunidades públicas suficientes- el opaco interés de la gente por adquirir cultura, sistema temeroso de que ella les despeje el cerebro e inicie la “ruta fulgurante” de su desatadura integral.

Cuántos impresos, por esto mismo, fueron engrillados en el índex de lo prohibido o condenados a la hoguera en cumplimiento de órdenes obtusas, como la expedida en 1959, cuyo pésimo ejemplo amerita ser recordado aunque de mala gana. Se dio en el gobierno del médico liberal Ramón Villeda Morales. En consideración a que “agencias del comunismo internacional y personas simpatizantes del mismo” introducían o editaban en el país revistas, boletines, periódicos e impresos “que por su contenido” resultaban “peligrosos para nuestro sistema de vida y para la existencia de las instituciones democráticas imperantes en Honduras”, el régimen impuso el decreto número 183, mediante el cual procedió “sin más trámite” a las incautaciones del material “subversivo”, encomendándose al Ministerio de Gobernación y Justicia o a la Dirección General de Correos la “inmediata incineración” de las publicaciones oportunamente listadas, propiciadoras de “doctrinas disolventes que socavan los fundamentos del Estado democrático”.

Revive Longino Becerra, en su Historia de Honduras, que por caso “la primera edición de la obra de Ramón Amaya Amador, Destacamento rojo, concluyó decomisada y quemada por las autoridades policiales. En mi caso, un censor improvisado probó birlarme en “Toncontín” la obra “La verdad sospechosa”, viéndome en la necesidad de pormenorizarle que el autor de la pieza teatral, Juan Ruíz de Alarcón, la había escrito 325 años a. de c. (antes del comunismo). Aún ahora, cuando releo el texto del jorobado comediógrafo, pienso en los extravíos grotescos a que conduce el “anticomunismo pirujo” -como ironizaba el periodista Alejandro Valladares-.

La instrucción pública -de la cual se hacía eco Morazán-“que proporciona las luces, destruye los errores y prepara el triunfo de la razón y de la libertad”, debiera de ser el arranque proyectivo de un proceso educacional de amplia visión y cobertura -en todos los niveles y modalidades-, impulsado por un gobierno predispuesto a emprender cambios de fondo, no aferrado a realizaciones superficiales destinadas a cubrir las apariencias en que el fingir y no el fungir suele ser la conducta morosa de malos regímenes.

Librar por ello -junto al soberano- la lucha de ruptura contra lo inhumano del pasado y del presente, vuélvese un reto histórico; acometer -sobre un diferente entarimado político- la gran labor reconstructiva en “todo lo que sea de utilidad general”, como era la prédica del epónimo guerrero unionista.

Dentro de ese ámbito de “utilidad general”, resalta la promoción del libro y el consiguiente proceso de “su” lectura, principalmente orientados a los jóvenes de tierra adentro y la ciudad; por desgracia -desde en tiempos de Morazán- mucha parte de ellos pasa entregada “en manos de la ignorancia y la superstición” y, ahora, víctimas de otros flagelos -violencia, narcotráfico, destierros en caravanas…

Bajar los libros de las nubes. Incentivar la producción bibliográfica nacional, abrir las páginas librescas en pos del conocimiento científico y cultural, ampliar y mejorar los establecimientos de enseñanza, infundir en el hondureño -maestro, educando, obrero- principios patrióticos insobornables, son propósitos y tareas pendientes de asumir con entera seriedad y valentía, en cumplimiento de la excitativa testamentaria morazanista de “dar vida a este país”, lo que habrá de darnos y asegurarnos -según otra expresión suya- “derechos y libertades interiores, así como nuestra independencia y respeto en el exterior”, si llevamos “a feliz término la cruzada de redención”, por la que entregó su vida y nos legó reemprenderla. A propósito, cabe inquirir: ¿Qué de la Cátedra de Morazán, iniciativa presidencial de obligatoria impartición en los planteles educativos? ¡Que el maestro Esponda, titular del ramo, responda con puntual y genuina expresión!

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