CHONGQING, China.- Los promedios en China son peligrosos. Dado el tamaño de su población, de 1,400 millones de personas, cualquier media mal calculada puede resultar en un estereotipo, pero la vida del chino de a pie en las grandes ciudades transcurre de la manera más simple: En parques, jugando naipe, con el cigarro en la mano, vendiendo comida en los mercados populares, como Los Dolores de Tegucigalpa, y en apartamentos pequeños secando la ropa en los balcones.
Los periodistas hondureños, invitados por el gobierno chino a una gira de trabajo, se detuvieron en el parque central de esta populosa ciudad para conocer un poco del día a día de los ciudadanos del interior de China.
Esta ciudad, a la orilla del célebre Yangtzé, el Río Madre de los chinos, tiene 32 millones de pobladores, es decir, casi toda Centroamérica.
NAIPE Y COMIDA

No es una calle peatonal como la de Tegucigalpa. Se trata de una plaza enorme con centros comerciales, gente de todas las edades paseando con sus niños y sus mascotas, pequeñas tienditas de abarrotes, cafeterías. En fin, de todo. Pasan carros lujosos. Y esta es una norma en todas las ciudades, un parque vehicular moderno, pues aquí los fabrican y nadie va comprar una «cucaracha» porque tampoco existen.
China tiene más de 9.5 millones de kilómetros cuadrados, casi cien veces más que Honduras y 34 regiones con sus propias tradiciones muy marcadas, unas más que en otras, pero tienen en común la sencillez y el pacifismo de su gente.
Son felices con las cosas más simples de la vida. Won, el diplomático de alto rango que acompaña a los periodistas, afirma que el pacifismo es un valor por excelencia de la cultura china. Viste elegante, chaqueta, zapatillas negras sin calcetines. Todo un galán sin perder la humildad como un valor clave para el progreso de los chinos. Nada que ver con el ciudadano de a pie, y es comprensible, pues así visten los diplomáticos y los que ganan mejor en todo el mundo.
Los periodistas se fijan en un hombre sentado con un palo grueso debajo de un árbol de la plaza. Hay varios hombres así. Won se acerca a uno de ellos y parece que le pregunta algo. Dice que esos palos los usan para cargar bolsas a la gente que sale de las tiendas donde venden desde drones y celulares del último grito, hasta verduras.
MIGRACIÓN Y VIVIENDA

En las grandes ciudades como esta, es difícil para el chino promedio comprar una casa. Aquí viven en pequeños apartamentos de grandes edificios, sin ser rascacielos, pegados entre sí en una sola manzana a la redonda, parecidos a esas maquetas de los estudiantes de arquitectura.
Desde lejos, pueden verse los balcones llenos de camisas y pantalones secándose al sol.
En las calles abundan las cafeterías con comidas locales. Niños y jóvenes juegan felices frente a una fuente y sus padres les toman fotografías.
La migración del campo a la ciudad está controlada para evitar ese éxodo masivo que termina viviendo en las orillas de los ríos, como en San Pedro Sula y Tegucigalpa. Cuando un chino rural quiere vender su tierra para irse a la ciudad, aparece la mano invisible del Estado pidiéndole que lo justifique.
Con eso se asegura que, si se marcha a la ciudad y no le va bien, puede regresar a su pueblo a seguir cosechando su parcela en lugar de quedarse en una casucha de láminas y plásticos negros, como las que abundan en los barrios de Tegucigalpa y los bordos del Chamelecón.
Los periodistas abandonan la plaza y se suben al bus. Won los conduce al aeropuerto rumbo a Nankin, a la mitad del río Yangtzé, conocida en el pasado como «La Puerta China», pues, era un paso obligado de todo lo que venía del sur hacia Pekín (Beijing). (EG)
DATOS
Un salario mínimo en China puede ser menor a los 500 dólares en servicios esenciales como guardias de seguridad. Es una renta baja para las superpotencias, pero lo positivo es que casi todos tienen trabajo, un punto de partida indispensable para el desarrollo.

