BEIJING, China. En el Mercado de la Seda, muy popular por su antigüedad, sus réplicas de las marcas famosas de ropa y porque aquí se dan cita hasta dignatarios que visitan esta urbe global, la idea era ver el mar de gente en una calle, comprando y gritando, pero en realidad, las tiendas están apiñadas en un edificio de ocho pisos en forma de caja y, casi siempre, vacías.
En realidad, no se mira ese ejército de personas caminando por Beijing, a pesar de tener 21 millones de pobladores, pero sí 10 millones de vehículos diarios provocando un tráfico intenso sin llegar al atasco.
Tampoco se observan policías ni militares patrullando. En su lugar, existen millones de cámaras con enorme resolución facial para reconocer en tiempo real hasta las espinillas de la gente.
Una periodista quiso hacer una transmisión y de la nada apareció un policía, la requirió, le pidió su parte y lo escaneó, además de ordenarle que se retirara.
Como está bloqueado el WhatsApp y el resto de las redes sociales, todos pensaban que eran parte de las restricciones del régimen, pero con los días se dieron cuenta que era la zona exclusiva de las embajadas, entre ellas la de Estados Unidos y Rusia.
En el caso de las redes sociales, ellos disponen de WeChat, aunque hay que descargarlo en occidente, junto a un VPN, una especie de servidor de internet, para no entorpecer sus conexiones, aunque tampoco se puede mandar fotos ni videos por WhatsApp.
ADIÓS A LOS BILLETES

No se miran mendigos, ladrones, ni vagabundos y todos los turistas piensan que el régimen los esconde o los encierra pero Eloy Leng, quien guía a los periodistas hondureños, asegura que sencillamente no hay, al menos en las calles.
En las viviendas verticales, es decir, altísimos edificios, se mira ropa sobre las celosías de las ventanas, como secándose al sol. Es probable que sean estudiantes o trabajadores hacinados de los parques tecnológicos, que, dicho sea de paso, abundan como las maquilas de aquí, pero es prohibido que vivan más de tres personas.
El salario mínimo supera los 500 dólares, pero varía según la actividad económica y la educación del trabajador. Un ingeniero de un parque de innovación puede ganar hasta 5,000 dólares.
Hay vigilantes, cocineros, barrenderos y otros trabajadores de servicio, como en todas partes, dado que es un trabajo esencial, aunque usan la data para todo.
Eloy ni siquiera usa cartera, tarjetas de crédito y mucho menos dinero en efectivo. Es cosa del pasado aquí, excepto para los turistas. En su lugar, andan en sus celulares un código QR para comprar todo, absolutamente. Inclusive en la zona rural, el dinero papel también desapareció en un alto porcentaje de la gente.
EL NIDO Y EL CUBO

Cuando los periodistas llegaron a El Nido, el icónico estadio de fútbol donde se inauguraron los Juegos Olímpicos del 2008, lo sorprendente no fue su colosal infraestructura y diseño, sino, las bandejas para cargar los celulares. Se deja guardado en unos casilleros estilo locker y se paga. Tampoco había partido de fútbol, de hecho ni lo usan, excepto para eventos especiales pagados.
Todo lo monetizan y son los reyes de los inventos y el regateo en los precios, al más puro estilo de las economías de libre mercado. De hecho, por eso los moles pasan vacíos, porque todo lo compran en línea, el WeChat.
Ese día, El Nido, llamado así porque tiene la forma del hogar de las aves, estaba lleno de chinos que se desplazaron del interior a la ciudad aprovechando el feriado del Primero de Mayo. Familias enteras corrían por la plaza y los niños saltaban delante de ellos.
Previamente, hicieron sus reservas electrónicas para un “tour” por el interior del estadio y patinar sobre hielo en el Cubo de Hielo, otra proeza de la ingeniería, al otro lado de la calle.
En estas fechas, es imposible entrar a la Plaza Tiananmen ni al Palacio Imperial sin previa reserva. Se le conoce también como la Ciudad Prohibida, porque aquí vivían los emperadores y estaba vedado a la gente común, al punto que nadie podía usar el color púrpura, que tiñe las paredes y sus muros.
Más de 40,000 personas lo están visitando en estos días y los guías aconsejan no separarse del grupo para no perderse. Eso le pasó a una periodista distraída que apareció 30 minutos después, solo cuando el traductor, Chen Ping, pacientemente, la fue a buscar. También auxilió a otro comunicador que se enfermó en los primeros días. Ya recuperado, este estaba sorprendido por la amabilidad del señor Chen y porque los médicos le prepararon la medicina natural en el acto.
Continuando con la gira, los periodistas dejan Beijing y se trasladan a Shangai. Le llaman el Nueva York chino, pero más moderno, y donde hay de todo a precios más bajos que en el resto del país. Eloy sigue con ellos y el señor Chen se queda.

¿SHAKIRA Y MESSI?
El Palacio Imperial es majestuoso, pero el interés de los visitantes no se centra tanto en que el último gobernador fue un niño de cinco años, sino, en unas enormes ollas, las que servían de reservas de agua para sofocar cuando había un incendio.
Beijing es cosmopolita, sin las visitas que registran las grandes urbes europeas, pues son hasta dos días desde cualquier parte del mundo para llegar ahí, a un costo que fácilmente puede sobrepasar los 5,000 dólares.
Sin embargo, es normal hallarse turistas extranjeros como la familia salvadoreña Osorto, en la Gran Muralla China, o los chilenos Ariel Escobar y Juan Latus.
Los primeros andaban de turistas y los segundos fueron enviados por sus empresas porque acaban de ingresar 1,500 autobuses modernos y quieren que se especialicen en el manejo.
A los chilenos les fascinó la ciudad, dijeron sentirse muy seguros pero se sorprendieron cuando se dieron cuenta que los chinos trabajan todos los días. También son ateos, al menos no creen en el Dios que se conoce en occidente. Lo que ocupan lo inventan o lo reforman.
También se casan y son románticos, pero solo se les permite tener tres hijos, no tanto por autoritarismo, sino porque ya son muchos, 1,400 millones. Siguen a las grandes estrellas de la música como Shakira o del fútbol, como Messi. (EG)


*La pujanza económica y tecnológica impide a los visitantes acordarse de que existe un régimen comunista.