Totana, España.- Sus coles, lechugas, sandías y melones llenan en invierno los supermercados europeos, pero para Juan Francisco Abellaneda, un agricultor del árido sureste español, todo podría acabarse si se queda sin el agua de un río lejano, el Tajo.
Con las sequías sucediéndose, y las enormes necesidades que tienen los cultivos intensivos, la situación está a punto de cambiar en esta región casi desértica donde se producen la mitad de las frutas y verduras que exporta España, primera potencia hortofrutícola de la Unión Europea (UE).
Para luchar contra los efectos del calentamiento climático y la desertificación, que amenaza al 75% del país, el gobierno del socialista Pedro Sánchez decidió a mediados de febrero limitar los enormes trasvases de agua del río Tajo hacia las tierras agrícolas del Levante español, que incluye las provincias de Murcia, Alicante y Almería.
Al mismo tiempo, en el centro del país, el río más largo de la península ibérica vio descender peligrosamente su caudal, hasta el punto de que, en algunos lugares, en verano, es posible cruzar a pie su cauce, que se ha transformado en una franja de tierra agrietada.
Al igual que el Nilo en Egipto y el Tigris en Irak, el agua del Tajo, que fluye a lo largo de mil kilómetros por el centro de España y desemboca en el océano Atlántico en Portugal, se ha convertido en una fuente de tensiones.
Este conflicto se ha visto exacerbado por la proximidad de las elecciones regionales y legislativas, y en pleno cuestionamiento del modelo de agricultura intensiva española, pilar económico del país.
«Si nos quitan el agua» del Tajo, «todo lo que hay aquí va a ser un desierto», lamenta Abellaneda, propietario de una finca de 300 hectáreas cerca de Murcia.
En este inicio de primavera excepcionalmente seco, este hortelano de 47 años, de tez morena y voz cavernosa, inspecciona con ansiedad sus hileras de brócolis, plantados en surcos polvorientos.
Junto con sus hermanos, exporta 3,000 toneladas de frutas y hortalizas al año. El negocio es floreciente, como para muchos agricultores de la región, donde se suceden invernaderos enormes, cobertizos flamantes y huertos hasta donde alcanza la vista.
Pero «si no nos traen agua, ¿de qué vamos a vivir? Del aire no podemos», se alarma este miembro fundador de una cooperativa agrícola de 700 empleados, Deilor, que teme ver caer su producción en los próximos meses, con la consiguiente pérdida de empleos.
En la época de su padre y su abuelo, agricultores como él, la región de Murcia era una de las más pobres de España y su agricultura era básicamente de subsistencia.
«Esa región es una de las más secas» del país, recuerda Domingo Baeza, profesor de ecología fluvial en la Universidad Autónoma de Madrid. «Los recursos hídricos no son suficientes para esa producción tan alta» de agricultura intensiva.
Para acabar con este problema, España apostó por una infraestructura gigantesca, el «Trasvase Tajo-Segura». Una obra de 300 kilómetros combinando canales, túneles, acueductos, y embalses, destinada a derivar una parte de las aguas del Tajo al río Segura, que nace en Jaén (sureste), en la región de Andalucía, y desemboca en la de Valencia tras pasar por Murcia. AFP