Héctor A. Martínez (Sociólogo)
La tecnología ha cambiado por completo el panorama de la política, sobre todo en aquellos países donde las tecnologías de información se utilizan para conformar redes comunitarias. La conformación de estas redes es un factor de incalculable valía para ganar las elecciones, y para asegurar el control de la sociedad, en el caso de un gobierno. Estamos hablando de las redes constituidas por humanos, desde luego. Las redes electrónicas no son más que un instrumento de aquellas, pero no están en el centro de nuestra atención.
No ha sido un politólogo, sino un sociólogo el que ha logrado armar el rompecabezas que supone el mundo de la política junto al avance impetuoso de las comunicaciones. Manuel Castells le ha imprimido un sentido de practicidad al uso de la información, en un mundo caracterizado por la rapidez con que los agentes se conectan para alcanzar objetivos de todo tipo, desde los negocios, hasta la política, incluyendo los procesos electorales. No se trata de un manual ni de ninguna teoría revolucionaria, sino de una verdad que debemos digerir, sobre todo en países como Honduras donde los métodos en política o en los negocios, mantienen los mismos patrones arcaicos que contribuyen al desperdicio de recursos, tiempo e inteligencia.
Hoy en día, no son las tradicionales consignas, los debates televisados, ni las correrías en barrios pobres los que hacen posible el triunfo de un partido, o logran consolidar el poder de un gobierno; son las extensiones de las redes de poder las que aseguran las victorias electorales, y hacen posible el apoyo unánime del público antes y después de los comicios. La propaganda tradicional ya no funciona en un mundo que conecta las redes humanas con las electrónicas, no solo porque la gente está en contacto permanente con la realidad, sino porque el panóptico popular se mantiene observando cada movimiento del poder y de los políticos. Eso por un lado; por el otro, la capacidad de los partidos y de los gobiernos para asegurar los objetivos estratégicos, solamente puede ser posible cuando se conforman y se crean sinergias reticulares con otros poderes, tanto del ámbito local como a nivel global. La una no puede funcionar sin la otra.
El poder y el control que un gobierno pretende alcanzar radica en la capacidad de constituir redes locales y globales, y en establecer una comunicación estrecha con ellas. Esas redes no son necesariamente de corte político, sino también empresariales, financieras, académicas, gremiales, etcétera. Para Castells, obtener la lealtad y la cooperación de otras redes solamente es posible cuando el poder y los partidos cooperan en el alcance de los objetivos de gremios, comunidades y organizaciones, en un proceso dialéctico permanente. En América Latina solemos creer que el dinero es el objetivo decisivo, pero, como hemos visto en el pasado reciente, la compra-venta de voluntades tampoco es la garantía para obtener el éxito en política.
Para que una red de poder funcione, es necesario identificar los enlaces de cada una de las otras redes, estableciendo una sólida comunicación con ellos, porque no existe otra vía para obtener cooperación y apoyo. Los gobiernos nuestros suelen mantener contentos a esos enlaces o conexiones, como dice Castells, comprando lealtad a cambio de apoyo. Así se crean los clientelismos tradicionales que representan un desperdicio innecesario de recursos.
Toda red de poder debe estar consciente de que existen otras redes -partidos, movimientos sociales, gremios- que le adversan y que operan con las mismas estrategias que pueden rebasarle en capacidad cuando coordinan acertadamente con los enlaces, y cuando cooperan con el alcance de los objetivos de las redes excluidas de la red central. El control del poder consiste en atraer o “destruir” los enlaces, de modo que la red adversa quede, en cierta manera, incomunicada.
El poder que tenga más redes conectadas es el que asegura el éxito. Ganar redes por la fuerza o destruyendo enlaces con represión, no hace más que debilitar a las demás redes conectadas al poder central, y termina por debilitar a éste.