Krauze, la libertad amenazada

Juan Ramón Martínez

Mientras me registro en el Hotel Camino Real, pienso en José Martí y su visita a Caracas en el siglo XIX. Escribió el mártir de Dos Ríos: “apenas me quite el polvo de los zapatos, voy a visitar a Bolívar”. A su estatua ecuestre. Hago algo similar. Acomodo mis pertenencias en la habitación del quinto piso y verifico la dirección: Aguiar y Seijas 38ª, colonia Lomas Virreyes, restaurante Finesse. Allí nos hemos citado con Enrique Krauze, el más lúcido escritor mexicano, historiador de vivas luces, orientador de la opinión publica, hombre de artículos -que publica en El País- y editor privilegiado. Dirige la revista “Letras Libres”, la más prestigiosa del mundo español, en la saga de “Sur”, “Revista de Occidente”, “Plural” y “Vuelta”, estas dos últimas dirigidas por Octavio Paz, bajo cuyo magisterio se formó Enrique Krauze. Y quien es, hoy por hoy, la figura más destacada del liberalismo sin adjetivos, la democracia sin apellidos; y, de la libertad de expresión, sin concesiones; o rogativas.

Llega puntual. A las 9 de la mañana. Estamos citados para desayunar y conversar. Es un hombre alto, piel blanca, cabello cano -a sus 76 años- y calvicie evidente, típica del lúcido pensador. Sin sombrero. Judío. Graduado de ingeniería por la UNAM y doctor en historia del Colegio de México. “Allí conocí a Rodolfo Pastor, un hombre inteligente y de ácido sentido del humor”. Le respondo que lo conozco, que alguna vez intercambiamos correos, que vive en su finca de ganado; y que, uno de sus hijos -Krauze conoce a Teresa, la esposa de Rodolfo- es ministro en el gobierno de Libre. Me pide que le salude. Uso la palabra “epiqueya” y vuelve a ver mi tarjeta y exclama, “entiendo que uses palabras raras, eres lingüista”. Por supuesto, le digo. Entonces agrega, la Academia Mexicana de la Lengua, nunca admitió a Octavio Paz, Carlos Fuentes; o a ti, digo. Son excluyentes, dice, con naturalidad. Le hablo de Celorio a quien conoce. Me recuerda, dirigió “El Fondo de Cultura Económica”. Sí, le confirmo.

Ordenamos el desayuno. Y le hablo de Centroamérica. Acepta que México nos tiene olvidados. Y que “Letras Libres”, se ocupa poco de “los temas de ustedes”, que “son los nuestros”, reconoce suavemente. Le propongo un número dedicado a Centroamérica. Le aclaro que estamos asediados, amenazados, en la región. Que la democracia, está navegando entre vientos cruzados, más difíciles que los nublados de paz, le recuerdo. Pero allí, me dice fuera de Nicaragua, hay libertad de expresión. Siento que el eje de sus preocupaciones es la libertad. Sin libertad, no hay expresión de pensamientos, juicios críticos y cuestionamiento del poder. Lo interrumpo para recordarle a Spinoza, que conoce mejor que yo, en lo referido a la irracionalidad del poder y del imperativo kantiano de dominarlo y controlarlo. Se inclina y me dice, casi en ánimo de confesión: creí que el fin de mis días, los dedicaría a la reflexión y a mis libros, pero ahora estoy entre turbulencias y cada semana, una vez por lo menos, el presidente de México me ataca como enemigo de su gobierno, junto a otros escritores. Sonrió en abierta complicidad. Le recuerdo el número de “Letras Libres” donde hizo un demoledor ataque a las pretensiones de López Obrador que pretendió ser historiador. Se ríe. Señalo: eso no te lo perdonará jamás. Sí, tienes razón asiente. Sonrió suavemente. He ido para convencerlo de los peligros que corremos en Centroamérica y él aporta argumentos y ejemplos más sólidos sobre la peligrosidad de México, donde no solo López Obrador, sino que el sistema de periódicos, tiene señalados a los que pueden publicar y, quiénes no. “Mira me dice, los estadounidenses no se han percatado que, cuando caiga la libertad en México, todo se ira al carajo”. Le ratifico nuestra solidaridad. La serenidad, vuelve a su rostro.

Tienes que visitarnos, insisto. Revisamos los amigos que invitaremos para que escriban. Volviendo a los ojos, me dice, tienes que entender que necesitamos que escriban. ¡Tú tienes que, publicarnos! Asiente. Rostro limpio de hombre bueno. No entiendo por qué AMLO, imagina señales de odio. Insisto en invitarlo. Me pregunta si, puedo viajar fácilmente. Le señalo la línea Aeroméxico. Se ve contento cuando al final, repetimos al unísono, la próxima en Tegucigalpa. Sabe que, luchamos por la libertad. Estamos, otra vez, juntos.