HOY es el día reservado al trabajador. Enhorabuena. Aquí el feriado se dedica al reclamo del acostumbrado pliego de peticiones sociales. Solo que –en el trayecto– pasó de ser una celebración de carácter gremial, a una de naturaleza política. Así como los trabajadores tienen su día, no hay razón para que los desocupados –que son más– tengan el suyo. Incluso, consecuencia de estas bestiales crisis que golpean la economía, los presupuestos familiares, las empresas, los que no tienen trabajo podrían ser más numerosos que los afortunados que trabajan. Antes la migración era una válvula de escape al problema del empleo. Sin embargo, ahora, con tanto control y trabas, ya no lo es tanto. Solo que las manifestaciones de los desocupados no serían tan tumultuosas. El desempleo es una tortura. Quien no haya pasado por esta desdicha –que a la vez afecta el estado anímico y la salud mental de quien la sufre– desconoce la pena que entraña no poder generar un ingreso básico para la manutención.
La amargura de no contar con un salario digno que permita sostener un hogar. Pero como el desempleo no tiene voz, no se manifiesta, no grita como bloque, no hace plantones, no presiona en forma de protesta colectiva, no pasa de ser una cifra. Sí, un número escalofriante –dado en porcentajes– pero solo un guarismo más de lo mal que está el país. Un dato que, a nadie, más que al que se ha quedado sin trabajo, pareciera perturbar. ¿Quién –aparte de este periódico– habla por los desocupados? ¿Quién los representa? Son una fuerza decisiva, si se cuantifica en números. Pero tan dispersa, sin organización formal –cada cual tragando gordo su desconsuelo en forma individual– que su queja, sorda, sin eco ni resonancia, pareciera no tener impacto alguno. Mientras los gobiernos continúan esperanzados a milagrosas soluciones a la desocupación, la gente desesperada, por falta de trabajos, sigue en la “rebusca”. En la rebusca de algún módico ingreso de subsistencia. Los desocupados son los verdaderamente desamparados.
Los que quedaron en la calle durante el confinamiento sanitario –que empresas gravemente golpeadas no volvieron a contratar, mucho menos a generar más trabajos– una vez que agotaron el valor de sus prestaciones, dispusieron de sus ahorros, remataron sus bienes de toda una vida para no morirse de hambre. Y cuando eso se terminó –como la necesidad obliga– salieron despavoridos, uno tras otro, o en caravanas, a buscar trabajos a otro lado. Cualquier tipo de futuro, lo que sea, menos quedarse de pordioseros. Nunca llegaron los recursos milagrosos ofrecidos para atacar la causa raíz del masivo éxodo humano. Así que estamos a la mano de Dios y a su entera misericordia –porque todo pueblo, por mucha que sea la condena que sufra, rehúsa desaparecer– a no ser que haya esfuerzo interno. Eso de ir a buscar futuro a un lugar distinto de donde se nace, no es nada piadoso. Esa, debiese ser la prioridad nacional.
Tanta gente exasperada, agotada, sumida en la desesperanza, sin encontrar aquí en Honduras, ninguna escapatoria. Cada día la ruta de salida está más plagada de espinas, de riesgos y de muerte. Pero hay otra circunstancia que se está dando, igualmente perturbadora. Ello es la migración de otro nivel social de hondureños. Entre ellos profesionales, técnicos, personas preparadas que tienen un buen trabajo y devengan un buen salario. ¿Cuál será ese motivo poderoso que los induce a dejar un trabajo seguro y bien remunerado para separarse de su tierra natal y de sus familias? No hay una sola razón, sino varias. Sin embargo, alguna influencia ha de tener en el estado anímico de muchos esta atmósfera hostil, tóxica, pesada, irritante; efecto nocivo de tanto odio instigado a la sociedad. El estercolero propagado por las redes sociales. Contribuye, además, la perniciosa percepción que se alimenta –en nuestro criterio inmerecida– de un país destartalado y sin futuro. Esa sensación de poco orgullo, de baja autoestima, –de embeleso hacia lo ajeno y desconfianza del talento y de las capacidades propias– es enfermiza. (Nada cuesta –opina el Sisimite– que alguien presente una iniciativa para asignar un día a los desempleados. Pues sí –concurre Winston– nada costaría, además que es algo que lo amerita. ¿No se les ocurrió cambiar el texto del Himno Nacional, porque a saber de dónde sacó el poeta eso del “bloque de nieve cruzado” cuando aquí hace un calor infernal?; ¿y quitar la palabra “muertos”, dizque es una “exaltación a la violencia”, contrario a lo que en realidad es, un hermoso gesto de ofrendar la vida por la Patria? Si abundan las mociones tontas –interrumpe el Sisimite– esta de decretar el día de los desocupados, es más que consecuente. Pues sí –irrumpe Winston–pero más importante que se interesaran en dar soluciones a esa tragedia de la desocupación).