CUANDO el odio y las disputas parecieran extenderse por en medio del tejido social descompuesto de cualquier comunidad, es imperativo que la gente pensante (sobre todo en la esfera de los viejos liderazgos), intervenga con mensajes penetrantes en dirección a aplacar los ánimos encendidos de los grupos más confrontativos, en tanto que los lenguajes maledicentes atizan las hogueras que después resulta difícil apagar. O, cuando se apagan, ya es demasiado tarde, pues en el camino han sido perseguidos, o han caído en el abismo de la muerte, muchos inocentes que nada o poco tienen que ver con la furia desatada por aquellos a quienes les encanta ser violentos y rencorosos.
Tal como lo afirmaba un pensador griego, las guerras comienzan con una ofensa. Esto significa que los lenguajes altisonantes y desbocados inciden en el curso peligroso de ciertos acontecimientos históricos, que al final dejan a las sociedades sumidas en la miseria física y espiritual, y que más tarde hay que esperar el transcurrir de varias décadas hasta que las personas con mayor madurez cerebral se detengan, en los recodos del camino, a escudriñar en forma autocrítica los lenguajes y las acciones que han provocado los grandes conflictos mayormente estériles. Y es que los lenguajes ofensivos o prejuiciosos se exteriorizan con adjetivos hiperbólicos, es decir exagerados, respecto de los adversarios reales o imaginarios de cada coyuntura histórica. Además de lo hiperbólico los lenguajes ofensivos desfiguran la verdadera realidad, y cierran las puertas a los acuerdos pacíficos que se anidan, o debieran anidarse, en los corazones serenos de las personas racionales y autónomas.
Así como hay patrocinadores del odio y de la violencia canibalesca, lo mismo que de la conflictividad desbordada, debieran emerger, gradualmente, desde las entrañas más profundas de la sociedad, personalidades fuertes que vengan a patrocinar el amor fraterno hacia los prójimos y paisanos, con el propósito de encontrar los mecanismos apropiados para amortiguar los choques entre los bandos opuestos, y materializar la conciliación que todos los seres humanos de buena voluntad anhelan desde el fondo de sus corazones, pues la mayor parte de la gente informada sabe cómo comienzan las guerras, pero nadie puede profetizar con exactitud el final de las mismas.
Una experiencia inolvidable, en época histórica reciente, fue la guerra civil en El Salvador, fraguada en el contexto de la mal llamada “Guerra Fría”, en donde los hermanos salvadoreños fueron como piezas de ajedrez de una tensión inmensa entre dos grandes bloques a nivel mundial. Es cierto que había graves problemas internos en la sociedad salvadoreña de las décadas del setenta y del ochenta, tanto en los terrenos de la política vernácula como en la conflictividad agraria. Pero resulta que los bandos enzarzados en aquella guerra fratricida, arribaron a un momento de desgaste de fuerzas en que nadie podía avanzar ni tampoco retroceder. En todo caso el resto de la sociedad salvadoreña exhibía cansancio extremo frente a una guerra interna sin aparente salida.
Al final la única solución racional (o cuando menos salomónica) fue la de sentarse a negociar en un terreno neutral. Las conversaciones fueron serias y sistemáticas, a fin de encontrar el camino de la paz negociada entre los bandos sangrientos. Se trató de una sensata y meditada solución política y diplomática que condujo a probar nuevamente los experimentos democráticos, que a pesar de las fallas hacen posible el respeto a los adversarios, la tolerancia ideológica y la real coexistencia pacífica.
La pregunta mayor que se impone es por qué los dirigentes principales, los cuadros intermedios y los “líderes” que debieran ser auténticos padres, esquivan participar en los patrocinios conciliatorios estratégicos que favorezcan de antemano a todo el conglomerado social, sino que, por el contrario, esperan primero ofenderse, encarcelarse, derramar la sangre y conversar después?.