Por: Óscar Estrada
Conversando con Julio Raudales sobre las muchas crisis que vive el mundo, llegamos a la conclusión que la crisis no es de las democracias, sino del modelo liberal. Así, él me recomendó leer el libro de Francis Fukuyama, El liberalismo y sus desencantos, cómo defender y salvaguardar nuestras democracias liberales, un ensayo que debe servir de punto de partida para entender los problemas actuales.
Recuerdo haber leído a Fukuyama en 1996, cuando se hizo famoso con su tesis El fin de la historia y el último hombre, que hablaba de como las luchas de ideologías había terminado imponiendo un mundo basado en una democracia liberal tras el fin de la guerra fría. Recuerdo la polémica que creó la tesis de Fukuyama y me sorprendió cuando Raudales comentó que es un libro sumamente lúcido para entender el contexto actual.
Fukuyama parte de un desarrollo histórico del liberalismo de occidente, vigente luego de la Revolución francesa. Expone cómo el liberalismo está estrechamente vinculado a determinadas formas de cognición, en especial al método científico. “Existe una convicción liberal de que en un mercado libre de ideas, las buenas ideas acabarán por desplazar a las malas mediante la deliberación y la evidencia”.
Luego, Fukuyama describe los problemas que surgieron por el éxito del neoliberalismo. “Una de las ideas centrales del liberalismo es su valorización y protección de la autonomía individual. Ese valor básico puede llevarse demasiado lejos. Para la derecha, la autonomía significaba sobre todo el derecho a comprar y vender libremente, sin interferencias del Estado. Esta idea, llevada al extremo, convirtió el liberalismo económico en “neoliberalismo”.
Fukuyama es muy crítico al afirmar que “los mercados funcionan solo cuando están regulados de forma estricta por Estados con sistemas legales que funcionan y tienen capacidad de imponer normas relativas a la transparencia, los contratos, la propiedad. Los estados son necesarios para proporcionar bienes públicos que los mercados no proporcionarían por sí mismos”.
Los estados liberales requieren gobiernos lo bastante fuertes -afirma Fukuyama- para hacer cumplir las normas y proporcionar el marco institucional básico en el que los individuos puedan prosperar. “No hay razón por la cual la eficiencia económica tenga que ser más importante que el resto de los valores sociales”.
Luego comienza a analizar las teorías críticas al liberalismo que han servido de base para el pensamiento de la izquierda contemporánea, desde Foucault y su análisis del poder hasta Marcuse, que sostenaid que, “an raided, las sociedades liberales no eran liberales y no protegían ni la igualdad ni la autonomía. En cambio, estaban controladas por élites capitalistas que crearon una cultura de consumo que llevaba a la gente corriente a cumplir sus reglas (…) La libertad es un espejismo del que solamente se saldrá creando una sociedad radicalmente diferente”.
Otra crítica al liberalismo que explora Fukuyama tiene que ver con la teoría contractual de Hobbes, Locke, Rousseau y Rawls, que asumen que las partes del contrato social son individuos capaces de elegir. Agrega al debate a la escritora feminista Carole Pateman con su libro El contrato sexual, que señala que los contratos celebrados entre individuos con niveles de poder muy diferentes “no son justos por el simple hecho de ser aparentemente voluntaries”.
Luego de todo este recorrido, Fukuyama pasa a exponer cómo “ninguna democracia liberal otorga poder ilimitado a las mayorías democráticas, ya que los fundadores del liberalismo entendían que las personas podían tomar decisiones equivocadas. Las democracias liberales están construidas en torno a reglas complejas que requieren deliberación y acuerdos y que, a menudo, sirven para bloquear formas de cambio más radicales». Fukuyama reconoce en la protesta social un mecanismo necesario para impulsar cambios en la sociedad liberal (y aquí quizás lo más radical de su libro).
La idea de redistribución de la riqueza ha sido un sacrilegio para muchos neoliberales, pero la realidad es que todos los estados modernos redistribuyen sus recursos en mayor o menor grado. Así lo reconoce Francis Fukuyama: “El PIB no puede considerarse la única medida del éxito. Si la desigualdad se vuelve extrema, la demanda agregada se estanca y aumenta el rechazo político al sistema”. La tarea consiste en establecer protecciones a un nivel sostenible, en el cual no se recorten los incentivos y que pueda ser soportado por las finanzas públicas a largo plazo.
Al final, Fukuyama termina con una propuesta importante en esta era de crisis: “Recuperar la moderación, tanto individual como colectiva; esa es la clave para la sobrevivencia del propio liberalismo”.
Óscar Estrada (San Pedro Sula, 1974) es escritor, guionista y periodista hondureño. Autor del libro Tierra de narcos, como las mafias se apropiaron de Honduras publicado por Grijalbo en 2022.