Por: Abg. Dennis A. Castro B. *
No existió, existe o existirá una profesión, actividad o costumbre humana exenta de la corrupción. No es por la incapacidad que tengamos los seres humanos a ser impolutos ¡No! Se debe sencillamente a los preceptos y valores morales que se han ideado, creado, impuestos y sancionados en los diferentes tipos y modelos de sociedades a través de la historia.
La corrupción es como una infección, no conoce edad, género, profesión, credo o inteligencia. La corrupción es más probable donde existe una cultura de desigualdad y acumulación de grupos o individuos de recursos y oportunidades. Una vez que la corrupción se inserta en una cultura nacional, se convierte en una institución, no formal, claro está, pero si una institución casual a la que las personas recurren cuando las instituciones formales no son suficientes. En este sentido no se precisa de un tipo de profesión en particular, solo de un sistema corrupto, indolente, que privilegia a unos cuantos, donde se sabe que hay gente corrupta para que los individuos, con el tiempo, empiecen a verla como una opción viable, políticos de 25 a 40 años “en lucha partidista”, con política heredofamiliar, usted los conoce.
Donde está el poder es donde la corrupción es más atractiva, veamos indicadores:
Quien miente decenas de veces cada día.
Quien les da contratos de obras a sus parientes y amigos sin concursarlos como hacían otros gobiernos.
Quien da puestos en el gobierno a sus a amigos o compinches sin estar capacitados para los cargos, y los llama “compromisos”.
Quien ha dejado sin medicamentos ni atención médica a millones de enfermos al saquear el sistema de salud.
Quien no respeta la Libertad de Prensa y ataca todos los días a los periodistas que lo critican por sus fallas.
Quien se enriquece inexplicablemente aprovechando los cargos públicos que ha tenido.
Quien se rodea de corruptos.
Quien tuerce las leyes a su conveniencia con ayuda de sus lacayos.
Quien hace pactos con la delincuencia (maras, narcos, usurpadores, etc.).
La corrupción es inherente al ser humano; hasta que se demuestre lo contrario, la experiencia nos obliga a suponer que en todas las sociedades siempre ha habido, hay y habrá personas cuya ambición y avaricia les hace caer en la corrupción. Por lo tanto, el reto no es tanto eliminarla totalmente, lo cual podría ser imposible, si no crear un sistema preparado para luchar contra ella y atenuar al máximo su impacto.
Actualmente existe un índice de percepción de la corrupción que mide, a través de encuestas a ciudadanos, empresas y expertos, el nivel de corrupción de los estados. Los países menos corruptos del mundo son regímenes democráticos cuya población tiene una percepción muy negativa de esta lacra y en consecuencia han desarrollado una legislación para atajarla. Eso no significa que la corrupción no exista en el seno de estas sociedades, sino que los costes penales, económicos y sobre todo sociales de la corrupción, desaconsejan su práctica. Esto es especialmente importante porque, si bien el discurso oficial en casi todos los estados del mundo se posiciona claramente en contra de la corrupción, lo cierto es que hay lugares en los que socialmente está aceptada. En muchos de ellos, además, las leyes no son suficientemente severas como para controlarla.
Si en cada casa nos inculcaran valores, quizá ejerceríamos toda la presión necesaria para que exista independencia de poderes con que procesar a los corruptos, nunca elegiríamos corruptos en primer lugar, y si los descubriéramos, haríamos lo imposible para que sean procesados jurídicamente y encarcelados si son hallados culpables. A los pueblos inspiran sentimientos ocultos de admiración por haber construido un imperio mientras que al mismo tiempo se expresa odio en contra del supuesto 5% de los que poseen el 70% de las riquezas del país, sin importar que son de procedencia legítima.
Los políticos aprenden desde antes de acceder al poder que administrar un país es un enorme negocio. Lo saben todos los partidos y sus principales líderes, que se llevarán la parte de la vaca, y tras ellos, los principales funcionarios tendrán también su caramelo, mucho menor sin duda, pero importante como para cambiarles la vida. Las políticas de sobreprecios en cada compra de un organismo del Estado, corrupción en connivencia con empresas de obras públicas de terceros y de testaferros puestos por los gobernantes por contrataciones de obra pública con retornos gigantescos, formas de pago ridículamente convenidas (pago por anticipado de obras que ni se concluyen) consultorías muchas veces innecesarias con retrocesión de honorarios, similar tratamiento de los haberes del personal contratado y más, mucho más, leyes que se aprueben por el lobby con interesados pagadores de recompensas, etc. Si me equivoco enhorabuena si no, combatámosla con hechos y no palabras.
*Especialista en Derechos Humanos.