¿HIPOCRESÍA?

MÁS que desgracia, la fatalidad de los migrantes hondureños –como de otras nacionalidades– calcinados en la cárcel de Ciudad Juárez, roza los linderos de la indolencia, la complicidad y la hipocresía del gobierno mexicano. ¿Cuál justicia? La culpa resbalará en el blindaje del poder y –como al chucho más flaco se le pegan las pulgas– recaerá en pobres diablos y subalternos. Más intolerable aún es el poco o ningún interés a la génesis de la tragedia. La desocupación en los países de origen que dispara los flujos migratorios. Lo grave empeoró desde que el gobierno mexicano, sumiso, se sometió a la amenaza arancelaria de Trump, e hizo de aquel país un muro de contención a peregrinos. Y además, “tercer país seguro” que, en humillante irrespeto a los derechos humanos, aloja en condiciones miserables a los miles que, al cruzar la frontera, son devueltos al calvario, mientras aguardan denegación a su solicitud de asilo en el destino final. “Durante el año 2022 se registró un total de 444 mil 439 personas en situación migratoria irregular alojadas en México, en su mayoría originarias de América Central”. Murieron allá, 468 migrantes en su camino hacia Estados Unidos; es decir, que los fallecidos en la infernal “cámara de gas” apenas fueron el 9% del total de los decesos anuales”.

Decíamos ayer. A la columna vertebral de la economía, la generadora de trabajos, sin plan alguno de alicientes de reactivación, haciendo de tripas corazón para pagar planillas, le llueve sobre mojado. La industria y el comercio nacional han tenido que soportar carga tras carga sobre su lomo adolorido. Una sarta de incrementos a sus costos de operación. Más cargas impositivas, sufragar el gasto de otras prebendas sociales, aumento al salario mínimo –para apaciguar sindicalistas que abogan por afiliados que ya tienen trabajos– mientras no hay nadie –aparte de este periódico– que hable por los cientos de miles de desocupados. Estos son los verdaderos desamparados, sin nadie a quien recurrir, ni nada prometedor que esperar. Como no es un bloque, ni gremio, ni asociación, ni colegio, ni “colectivo” sino una multitud disgregada; no presiona, no se escucha su voz. Se van los días y las semanas en la “rebusca”, pasan los meses, pero no hay trabajos en ningún lado. Dejan solicitudes, pero no hay vacantes. A tragar gordo –como si eso alimenta– y seguir poniendo buena cara al infortunio. Nadie oye su alarido interno de desesperación. No tienen representación en ningún lado. Los que fueron a parar a la calle durante el confinamiento sanitario –que empresas gravemente golpeadas no volvieron a contratar, mucho menos a generar más trabajos– una vez que agotaron sus prestaciones, quedaron condenados a padecer el martirio de su torcida suerte. Para no morirse de hambre o de la vergüenza que entraña estar sin trabajo, a poquitos fueron disponiendo de todo.

Primero recurrieron a sus ahorros, después empeñaron sus flacos haberes, hasta rematar sus bienes de toda una vida. Al final del viacrucis –como la necesidad obliga– salieron despavoridos, uno tras otro, o en caravana, a buscar vida en otro lado. Un trabajo afuera, cualquier cosa, menos quedarse de pordioseros, rumiando su dolor, en su propia casa. Nunca llegaron los recursos ofrecidos para atacar la causa raíz del masivo éxodo humano. Así que estamos a la mano de Dios y a su entera misericordia –porque todo pueblo, por infeliz que sea el maleficio, rehúsa desaparecer– a no ser que milagrosamente resucite la fenecida esperanza en el esfuerzo interno. Y que ello se traduzca en producción, que se multipliquen los empleos para poner un alto a esta ruinosa hemorragia. Eso de seguir buscando futuro en un lugar distinto de donde se nace, no es nada piadoso. Así que esa, y no otra, el compromiso colectivo volcado a encontrar una salida propia, debiese ser la prioridad nacional. (“Me partió el alma”, nos dijo el presidente en su mañanera –el Sisimite citando a una periodista mexicana– para luego arremeter contra Estados Unidos por no apoyar económicamente el desarrollo de Latinoamérica; luego culpó a los migrantes mismos de causar la tragedia. “Culpar a Estados Unidos de la falta de apoyos es desnudar de tajo una realidad nacional”. “Es más fácil criticar al vecino rico, que administrar mejor nuestra casa”. “Es mejor decir que ellos son los egoístas”).