SE revolvieron las lectoras del colectivo con el editorial de las cartas. Hasta en poesía: “No tires las cartas de amor” (de Joan Margarit): “Ellas no te abandonarán./ El tiempo pasará, se borrará el deseo/ -esta flecha de sombra-/ y los sensuales rostros, bellos e inteligentes,/ se ocultarán en ti, al fondo de un espejo./ Caerán los años. Te cansarán los libros./ Descenderás aún más/e, incluso, perderás la poesía./ El ruido de ciudad en los cristales/ acabará por ser tu única música,/ y las cartas de amor que habrás guardado/serán tu última literatura”. Posdata: “En verdad sus editoriales se disfrutan e inspiran”. “No imagino conmoverme con un email de amor de la misma forma que con una carta”. Otra buena amiga: “Cada día sin falta abrí aquel buzón a miles de kilómetros de distancia, cuando conectarse por internet requería cabalística y escuchar aquel inolvidable pitido”. “Tiempos aquellos, donde se bajaba a la cabina telefónica a hablar, desafiando el clima y la diferencia horaria, donde salíamos sin ser esclavos de aparato alguno”. “No diré que estoy contra la tecnología, pero como un buen amigo me dijo: la tecnología es buena, siempre que no sea un fin en sí mismo”. ”¿Se acuerda, presidente, cuando escribíamos a máquina?”. “Mi Aya me enseñó y cuando comencé a usar el teclado de la computadora, años después, añoraba el sonido de las teclas y me parecía muy difícil”.
Y como contribución adicional, unos bonitos versos, escritos sobre la marcha, del poemario inédito: “Ni en blanco, ni en negro sueño,/ Sino en infinito color/ Ciertas veces tenue y dulce,/ Otras de intenso fulgor./ Blanca y dorada la arena/ Espera paciente el mar,/ Que con sus vaivenes sin tregua/ Entona el más bello cantar./ Azul sereno y calmado/ Invita en el sueño a jugar,/ Entonces el cielo combina/ Con su destello solar./ Otras veces, siempre el mismo,/ Mágico y eterno mar,/ Se torna en azul intenso/ Dispuesto con fuerza a arrasar./ Sueño en colores y en ellos,/ Suelo siempre recordar,/ Sereno o intenso,/ Siempre el azul del mar”. Otro mensaje: “Creo que la nostalgia nos acompañará toda la vida”. “A medida el tiempo pasa ver hacia atrás es más frecuente». «Quisiéramos percibir aquel perfume que usamos en nuestros años de juventud». “Algo nos dice que si lo hacemos, recordaremos episodios de nuestra vida en los que estuvimos alegres, optimistas y determinados”. “Pero como lo que fue esnobismo en aquel tiempo ahora ya pasó de moda”. “No he podido encontrar el mismo perfume bote opaco líneas naranja de aquella marca que me gustaba en 1981”. “Hasta en los jardines ya no se ve con frecuencia la flor denominada «mar pacífico», «las chulas», «los limonarios» o «el árbol de coco». “Este último fue sustituido por «Las Palmeras Miami», «Las árekas». “Ahora abundan las «Exoras», las «Durantas» y los «Napoleones». “Todo ha cambiado hasta los famosos Gekkos han ido sustituyendo a las cuijinas y charancacos”. “Esos sí han sido verdaderos cambios”. “Hasta los perros aguacateros han sufrido las consecuencias”. “Pero ese es otro tema del que hay mucho por hablar y escribir. Jajaja”.
(¿No te parece preciosa la correspondencia epistolar de antes?: –así inicia el Sisimite la conversación– dedicarle todo el tiempo del mundo a lo que verdaderamente importa. De eso se trata la convivencia entrañable, como Dios la dispuso. -Por supuesto –interviene Winston– el valor de esos gestos especiales en la relación –todo lo inmensamente valioso viene en frascos pequeños — no tienen precio. El cuidado de desocuparse de lo insustancial, tomarse las horas necesarias que exige la atención personal; sentarse a una mesa, digamos, al lado de una ventana, a media luz, alumbrada por destellos de un solitario farol de la calle. Tomar la pluma en la mano, mojarla en el tintero, sacar de la gaveta hojas del papel sencillo y sobre la nítida superficie, con letra bonita, casi dibujada, e impecable ortografía, escribir cartas pensadas, sentidas, que despierten auténtica sensación de presencia. -Nada parecido a la insípida socialización de hoy –interrumpe el Sisimite– de la que nada queda, ni huella siquiera, por lo fugaz y el apuro de disparar ráfaga de mensajes a troche y moche. -¿Qué se guarda para el recuerdo, como testimonio de la relación, si nada queda escrito? –pregunta Winston– todo es inmediato, efímero y desechable; se lee en el aparato digital el mensaje mal escrito, o se ve el pichingo, y se borra. -Se pierde, incluso –irrumpe el Sisimite– la ansiedad de aguardar; si el tiempo no se agota –hasta el instante preciso de la muerte– en unos días de espera. -Además –concurre Winston– lo que más cuesta, más se aprecia. La insuperable emoción del momento, de abrir la carta esperada, y el placer de leer y releer lo recibido; memorias irrepetibles entre joyeles atesorados en el escondido rincón de pertenencias irremplazables).