La República Corrupta

Jorge Martínez Mejía

En la República Corrupta, preguntarse por qué no funciona el Estado como deseamos, es redundante, es una pregunta que se responde al revés, preguntando ¿Cómo funciona un Estado democrático en una república incompleta, inacabada, corrupta?

Para analizar esta pregunta, elijo como herramienta la “genealogía del poder”, “las tecnologías de la gubernamentalidad”, de Michel Foucault. Foucault observa las tecnologías políticas, como el arte de gobernar. Pero no se refiere a las leyes o las decisiones que toman los funcionarios de ningún gobierno. Se refiere a que, como proceso de gubernamentalización de la vida, todas las tecnologías: económicas, sociales y políticas, vengan o no del Estado, de las instituciones del gobierno, todas se orientan a modelizar la conducta de las y los ciudadanos.

De esta manera es que entiendo que el modelo de corrupción del Estado de Honduras es una modelización de la conducta ciudadana del hondureño. Somos una República corrupta, no tanto por la manera en que se comporta un grupo de ciudadanos que administran las oficinas del gobierno. Nuestra manera de ser, en la actualidad, no se caracteriza por la capacidad de ser dueños de nuestra propia conducta, hemos sido estropeados por una República diseñada para la corrupción. Los discursos políticos, respondan o no a distintos modelos, “liberal”, “neoliberal”, “socialista”, siempre caen en el modelo de la gubernamentalidad de la corrupción. Ejemplos: la figura de la anticorrupción, Salvador Nasrrala, termina aliándose con torcidas figuras corruptas. El nepotismo en el “modelo Libre” de la refundación nacional.

En la República Corrupta, la corrupción no es el mayor problema, sino su rasgo principal. En la República Corrupta, la participación ciudadana solo es necesaria para legitimar a los corruptos en el poder del Estado.

En la República Corrupta, la polarización política es un caldo necesario para mantener una esperanza fatua.

En la República Corrupta la educación cívica se produce en safarranchos espectaculares reproducidos por la televisión y viralizados en internet.

En conclusión, la República Corrupta funciona maravillosamente en nuestra nación, porque aquí el problema no es la corrupción, que goza de envidiable lozanía, el problema es la República democrática, que desfallece tirada en la calle, y nadie piensa llevarla a cuidados intensivos.