El recién estrenado arzobispo de Tegucigalpa, el español José Vicente Nácher, quien sustituyó al cardenal Óscar Andrés Rodríguez, abogó por los marginados del país durante el viacrucis, la tradicional procesión que reúne a la grey católica capitalina en Semana Santa.
La plaza principal de la antañona Tegucigalpa vivió una jornada de fe con miles de fieles acuerpando el célebre recorrido del Viernes Santo cuando se recuerda, según la Biblia, las catorce estaciones del calvario de Jesús camino a su crucifixión.
Enfundado en una larga sotana blanca y un pequeño sombrero de ala redonda, el arzobispo capitalino encabezó la procesión, abogando a lo largo del recorrido por la paz, los pobres, las mujeres, las vocaciones y la salud del papa Francisco.
Atrás, un séquito de sacerdotes y una enorme carroza, adornada con dos ángeles y el Jesús Nazareno con la cruz de madera sobre su espalda, se abría paso entre la multitud, que se protegía con paraguas de los candentes rayos del sol sobre las estrechas callejuelas coloniales.

“POSTURAS VALIENTES”
El viacrucis, que salió de la iglesia San Francisco, siempre en el casco histórico, culminó en la catedral donde el arzobispo pronunció su discurso pidiendo no ser indiferentes con los pobres de Honduras. “Tú, Jesús, haz decidido ponerte de parte de los vencidos, de los humillados y condenados. Ayúdanos a no ser jamás indiferentes a nuestros hermanos. Ayúdanos a tomar posturas valientes para defender a los débiles”, dijo el jerarca católico.
“Ayúdanos a rechazar el agua de Pilato porque no limpia las manos, sino, que mancha de sangre inocente”, agregó el prelado, en sus súplicas en el oficio religioso.
“Haz que las mujeres sean fuertes ante el sufrimiento, el rechazo y la prueba, que jamás dudemos nadie del amor de tu hijo como lo hiciste tú, enseñándonos, madre, a tener una fe inquebrantable y permanecer perseverante en la oración”, señaló.
El jerarca católico cerró su intervención diciendo que “nadie debe ser excluido y nadie debe excluirse. En esta ocasión preguntamos ¿cuántas veces hemos tenido actitudes de indiferencia y abandonamos a las personas en situación de precariedad?’’.

DEVOCIÓN Y FE
Paralelo a la procesión del arzobispo, en la parroquia El Calvario se vivía en vivo la pasión de Cristo, donde un grupo de jóvenes católicos dramatizaban ese calvario.
Como punto central de la procesión en este populoso barrio de Comayagüela, dos hombres delgados le sacaron lágrimas a los feligreses por el surrealismo de sus papeles en la dramatización: Uno, representaba a Jesús, pringado de sangre en la cara por las espinas de la corona, y el otro, ataviado con unos balandranes verde y rojo, le hacía de Simón de Cirene, el hombre, quien según los evangelios, ayudó al Hijo de Dios a cargar la cruz, cuando desfalleció por los azotes de los esbirros romanos, representados, en esta ocasión, por unos muchachos de especto noble.
En distintos tramos, una misteriosa mujer vestida de negro con una cachucha y la cara pintada de blanco y rojo se le acercaba a “Jesús” como diciéndole algo. La gente la miraba con desconfianza, pero en la dramatización representaba al mal en esa permanente lucha contra el bien.
A cada caída de “Jesús” con la cruz a cuestas, los devotos daban un quejido doloroso y tan real, que rompía la ficción de aquella procesión, cuyo libreto no tuvo nada que envidiarle a las mejores películas sobre la pasión de Cristo.


