Por: Segisfredo Infante
Releyendo viejos recortes de periódicos que se han salvaguardado pese a la humedad y las termitas, y conversando en días recientes con el profesor jubilado “Chemita” Valle Bustillo, se ha filtrado un poco de nostalgia hacia mi alma. Creo que mi primera acción extensiva en favor del desamparo general, aconteció con unos damnificados del huracán “Francelia”, en la ribera de uno de los ríos del Distrito Central, en donde organizamos la colonia “Las Brisas” y su respectivo patronato (1973). Los pobladores actuales de dicha colonia, con casas de dos o tres pisos, ni siquiera recuerdan nuestra existencia; mucho menos nuestra fatiga y pérdida de salud, todo por ayudarles a construir unas casitas de madera de orilla, que un pequeñito grupo de estudiantes del Instituto Central les conseguíamos, incluyendo leche para niños y medicamentos, a pesar que en las madrugadas eran hostigados por la “Patrulla RH-04”, según información de los mismos pobladores. No importa que lo hayan olvidado. Lo que importa es que en aquel ya lejano momento hicimos proyección humanitaria en forma concreta.
Sin subrayar demasiado otras acciones, siempre en la lejana década del setenta, estuvimos con los campesinos de la margen izquierda pantanosa del río Aguán, y más tarde visitamos voluntariosamente, en avioneta (no había carreteras ni caminos), a los pequeños productores de la margen derecha del río Patuca a quienes ofrecimos charlas, durante tres días, de normas parlamentarias y afines. Hoy, sin embargo, deseo detenerme en las cinco brigadas médicas multidisciplinarias que realizamos, hace unos dieciséis años aproximados, en algunos de los pueblos más pobres de Honduras: En la aldea “Las Casitas”, jurisdicción del municipio de Güinope; en el bello municipio de Gualcinse, casi fronterizo con El Salvador; y tres brigadas consecutivas en el municipio de San Marcos de la Sierra. Este último pueblo estaba clasificado, según informes del “PNUD”, como el más pobre de Honduras.
Por razones obvias elegimos el municipio de San Marcos de la Sierra como nuestra prioridad vital. “Chepito”, el alcalde de Gualcinse, hizo la conexión con el alcalde (don Miguel Bautista) y con la vicealcaldesa (doña Eufrasia Bautista) de San Marcos de la Sierra, pueblo conocido en lengua lenca como “Guarampuque”, localizado en la cintura geográfica del departamento de Intibucá. Nunca preguntamos a qué partido político pertenecían. Ni le achacamos la culpa a nadie por la “miseria extrema” en que se encontraban los habitantes. Simplemente pusimos manos a la obra y viajamos, por primera vez, al filo de la medianoche, por una carretera intransitable, en donde al profesor “Raulito” Fajardo (QEPD) se le arruinó el automóvil.
Nuestra primera brigada en San Marcos de la Sierra fue recibida con cierto recelo por las autoridades edilicias. Pero al observar el desprendimiento (pues les obsequiamos los alimentos que llevábamos para nosotros) y la esmerada atención médica del doctor Abraham Pineda Corleone (QEPD) y los paramédicos que le auxiliaban, bajaron la guardia y comenzó el intercambio de simpatías y confidencias. Los principales problemas de salud de casi todos los habitantes, derivaban de la pésima alimentación y de la ausencia casi total de agua dulce. Recuerdo que el único producto que vendían a la orilla de la vieja carretera que llegaba hasta la frontera con El Salvador, eran “jabones de pelota” fabricados con aceitunas silvestres. También producían un poco de café. Ahora, después de muchas gestiones, hay cuando menos una carretera pavimentada, conexión de agua potable con Yamaranguila y un aumento considerable en la producción cafetalera.
Cuando Pineda Corleone informó que allá se habían descubierto nuevas enfermedades y se sospechaba que nosotros exagerábamos respecto de la pobreza extrema, ciertas personas descreyeron de nuestras afirmaciones. No recuerdo si fue en la segunda o en la tercera brigada que nos acompañaron tres periodistas: uno de “Abriendo Brecha” y dos reporteros de LA TRIBUNA. Los reporteros descubrieron situaciones que ni siquiera nosotros conocíamos. Por ejemplo, que a las personas las sepultaban envueltas en una sábana o en un petate, ya que era imposible comprarles ataúdes. El diario LA TRIBUNA tuvo la gentileza de regalarnos dos portadas y varias páginas interiores, confirmando aquellos hechos. (Ver LA TRIBUNA del lunes 14 de enero y del martes 13 de enero del 2008). Dos años antes, en otro rotativo capitalino, del domingo 30 de julio del 2006, Abraham Pineda Corleone, que decía tener un bisabuelo oriundo de Sicilia, fue bautizado como “El médico de los pobres”, en tanto que también atendía, gratuitamente, un asilo de ancianos en Tegucigalpa. En verdad que aquellas brigadas las financiábamos de nuestros menguados bolsillos. No del dinero de otros ciudadanos.
Escribo sobre ello en tanto que siempre aparecen personas que desean arrastrarnos a sus extremos. Cuando hablo de guerras y de hambrunas mundiales, jamás olvido las desgracias de nuestro pueblo, en el “Corredor Seco” y en otros puntos dolorosos.