PARA finales del siglo pasado, las naciones latinoamericanas –en su inmensa mayoría– pudieron acreditar en su haber, el activo de ser actores protagónicos de la denominada tercera ola democrática. En el transcurso de las últimas dos décadas –diríase que por el efecto dominó– cayeron dictaduras y autoritarismos de larga duración, reemplazados por gobiernos de libre elección popular. Ahora, la oscilación pendular es a la inversa. Paulatinamente el terreno ganado se ha ido perdiendo. Un informe de la Universidad de Gotemburgo, concluye que “los progresos en niveles globales de democracia de los últimos 35 años han sido eliminados”. “El estudio, titulado “Desafío frente a la autocratización”, asegura que el 72% de la población mundial vive en autocracias, frente al 46% de 2012, y que, por primera vez en dos décadas, hay más autocracias cerradas que democracias liberales”.
Ahora bien, la práctica de elecciones no necesariamente garantiza que vaya a gobernarse en forma democrática. Muchos de los regímenes autocráticos de la región, se han valido del ejercicio democrático para desmontar la democracia. La gente vota multitudinariamente por determinado liderazgo político esperando cambiar lo malo que tienen o quizás deseando quitarse el yugo en aras de más libertad, y de repente, antes que el diablo lo sepa, el tan anhelado cambio se convierte en poder absoluto. Además, en épocas tan confusas como estas que se viven, el término precisa de una redefinición, ya que muchos entienden la democracia como especie de arcoíris, distinto de cómo se ha conocido tradicionalmente. Para no ir muy lejos, hasta en Washington –con la toma del Capitolio– se dieron conatos de desarmar el sistema. El otro fenómeno frecuente es que las sociedades parecieran contagiadas de hormiguillo. Prueban con unos y si no dan el ancho, al rato los quitan y prueban con otros. Una especie de termómetro del estado anímico de la sociedad. Si la situación del país va de mal no a peor sino a catastrófica la salida es quitar y poner gobiernos. Los afligidos votantes oscilan de un extremo al otro; aunque curioso, el péndulo pasa de paso, sin detenerse en opciones centristas y moderadas. Posiblemente el hartazgo a la mesura, hace que la impaciencia exija soluciones más radicales. Así que, como decíamos ayer –sopesando los riesgos del extremismo– podría ser suerte de pocos y contados países –no despeñarse a los extremos y contar con versiones moderadas. El extremismo –salvo contadas excepciones– está en boga. Es una especie de desagüe de la desesperación. Digamos, si gobiernos de ultraderecha fracasan, la gente agarra hacia la extrema izquierda y viceversa.
El populismo maneja con astucia la urgente ansiedad de las frustraciones. (Así se explica que el autoritarismo –aunque repugnante a la democracia– se traduzca en liderazgos populares, si estos responden o aparentan responder a las necesidades más apremiantes de la comunidad. Sondeos tomados en varios países revelan que muchos, están dispuestos a sacrificar sus libertades, hasta cierto punto, a cambio de mayor orden y seguridad). La alternancia, sin duda, despierta esperanza. Da a los pueblos un estero a su desilusión. Nada de eso sucede cuando eterniza el poder que manda. Las autocracias, como moderna versión de las monarquías imperiales, se las ingenian –aunque el país esté en la ruina– para perpetuarse. Dan elecciones, pero amañadas, controladas, dirigidas. Cambiando al antojo la Constitución, maniobrando resultados desde el poder o si perdieron la pena de disimular, metiendo presa a toda la oposición. (Cada uno sabe –dice el Sisimite– dónde le chima el zapato. Como diría Bertrand Russell –interrumpe Winston– “El león y la pantera son inofensivos; en cambio los patos y las gallinas son animales altamente peligrosos, decía una lombriz a sus hijos”).