BARLOVENTO: Autonomía de pensamiento

Por: Segisfredo Infante

“Kant inventó el concepto de la moralidad como autonomía”, afirmó Jerome B. Schneewind, hace aproximadamente quince años, en la introducción de un voluminoso libro filosófico. Me gustaría sostener tal afirmación, siempre y cuando se agregara que la autonomía de pensamiento fue creada por los filósofos de la Antigua Grecia, quienes se fueron separando gradualmente del pensamiento mítico, de la poesía homérica y de los políticos vernáculos que abusaban de la democracia socavando sus cimientos. No es casual que Platón haya instalado la “Academia” en las orillas de Atenas, con el fin de evitar los ruidos excesivos de los políticos, los comediantes de mala entraña y el superficialismo disperso que se había impuesto en ciertas facetas del modelo educativo de la capital griega, al grado de asesinar al gran Sócrates, más por el resorte de la envidia, la ignorancia y la calumnia que por otros motivos tangenciales.

Digo lo anterior en tanto que la civilización occidental (y occidentalizada) se sostiene sobre tres o cuatro pilares indispensables. Uno de ellos es la cultura greco-romana, cuya médula es la filosofía griega con sus derivaciones científicas y el derecho clásico. Respecto de los otros pilares he publicado mi opinión en diversos artículos. Es imposible imaginar la educación moderna de países orientales como Rusia, Japón, China e India, en ausencia de la lógica aristotélica y de las ciencias duras (y puras) del “Mundo Occidental”. La gran “Filosofía” posee entre sus huesos la tendencia universalista, desde los comienzos en que se recurrió al “Logos” abstracto y a las conexiones lógicas.

No puedo imaginar un país moderno que renuncie a las abstracciones rigurosas (o filosóficas) que empalmen con las realidades concretas. Tampoco puedo imaginar a una sociedad que renuncie al uso de los símbolos numéricos abstractos y aplicados por el solo prejuicio que la geometría se desarrolló en la Antigua Grecia, un pequeño país mediterráneo en donde fueron fraguados los comienzos de la civilización occidental, con influencias sobre el resto del globo. Tampoco podríamos renunciar al “Alfabeto” reinventado por los fenicios y desarrollado por los griegos, solo porque a alguien con la mollera enfebrecida se le ocurra. (Las letras de nuestro Alfabeto son utilizadas dentro de una variedad de ricos idiomas incluyendo el lenguaje matemático).

Siempre he respetado, con admiración, los modelos educativos más o menos completos de España, Francia, Alemania, Italia, Holanda e incluso Gran Bretaña, por las visiones cosmopolitas y universalistas según las particularidades internas de los países aludidos. Pero desde hace unos siete años aproximados percibí que en la admirada España se estaba ventilando una fuerte discusión en favor y en contra de eliminar la asignatura de “Filosofía” en los colegios de educación media, y asimismo la “Historia Universal”. Desde el principio me quedé extrañado por esta rara propuesta que en caso de ponerse en práctica podría conducir hacia un vaciamiento conceptual en el futuro de los adolescentes, es decir, hacia una deshumanización de los individuos y colectividades.

Al separar la gran “Filosofía” de los muchachos, se correría el riesgo hipotético de matar el alma y el espíritu pensante, incluso en el ámbito de las ciencias aplicadas, las tecnologías y las relaciones sociales. No digamos en el seno familiar. Pues el pensamiento creador, en caso remoto que lo hubiere, se volvería mecanicista, ambiguo y utilitarista al extremo según cada circunstancia, porque el individuo se convertiría en un autómata sin más, obedeciendo las programaciones y consignas del momento, parecidas a las de un robot “hipermoderno”. El mismo “pensamiento crítico” desaparecería del escenario, sustituido quizás por “Otras inquisiciones”, según una frase del narrador, conferencista y poeta argentino Jorge Luis Borges, quien era respetado y admirado por el escritor cubano Roberto Fernández Retamar.

Mientras redacto tengo frente a mí el libro “Introducción al pensamiento crítico” (1973 y 1975), de Eugene J. Meeham. En consecuencia deduzco que un auténtico pensamiento crítico es poco menos que imposible sin el auxilio de la “Filosofía” y la subdisciplina de la lógica. Esto significa que la gran “Filosofía”, más una visión histórica universal y las matemáticas, ofrecen un pensamiento sólido. En ausencia de estas tres disciplinas el conocimiento, sin embargo subsistente, se convierte en algo gelatinoso o disperso o dogmático o demasiado ambiguo. (En estos renglones debe quedar constancia que una cosa es la verdadera “Filosofía” y otra cosa muy distinta la “Ideología”).

Ojalá que la España de Miguel de Cervantes, Francisco Suárez, Ortega y Gasset, Xavier Zubiri y de María Zambrano, haya corregido aquella propuesta que, en caso remoto de practicarse, podría empujarnos a las divagaciones educativas y a perder, dolorosamente, la identidad histórica. Queremos lo mejor para nuestros primos hermanos españoles; así como anhelamos lo mejor para nuestra hermosa Honduras.