Dumur, Talleyrand y el Congreso Nacional

Guillermo Fiallos A.

Louis Dumur, renombrado escritor y periodista nació en 1863 en la Suiza francesa hablante. Su agudeza intelectual unida a su intrépida vida, le permitió estudiar en la Sorbona y publicar obras polémicas como: La Escuela del Domingo y los Lobos Rojos.

El otro personaje es Maurice de Talleyrand, religioso, político, diplomático y estadista francés nacido en 1754; quien a través de sus obras y frases punzantes, se convierte en un garrote que denuncia las bajezas humanas cometidas ayer, hoy y que, también, se darán en el futuro.

¿Por qué he citado a estos dos pensadores lejanos a nuestra geografía, tiempo y cultura? La respuesta es que ambos desnudaron la putrefacción de la política y denunciaron cómo “las damas y los caballeros”; quienes ejercen a nivel de modus vivendi y no de vocación esta actividad, son perjudiciales y nocivos para los demás.

Antes de escribir los dos pensamientos impactantes de ambos, detengámonos en el triste espectáculo que, durante 17 días, exhibieron los congresistas hondureños para elegir los nuevos integrantes de la Corte Suprema de Justicia.

Episodios insólitos que superan películas de espionaje, que ni James Bond cuenta con equipo e instrumentos sofisticados para seguir hasta la sombra de las personas; o también, escenas de amenazas y encierro con llave a diputados, quienes estaban aprisionados como en calabozos medievales, donde el señor feudal, amo y señor de la comarca, atropelló los derechos humanos incluso de aquellos que no eran sus súbditos; o asimismo, incumpliendo su palabra escrita, rompiendo acuerdos que ya habían firmado y trascendido a la opinión pública; coaccionando a otras endebles fuerzas políticas que eran amenazadas por las turbas divinas -por adjudicarles un término más elegante utilizado en el vecindario próximo-, quienes les dañarían a los traicionados e ingenuos diputados su integridad física y sus bienes.

En un recinto casi sagrado como es el hemiciclo legislativo, se pronunciaron discursos, peroratas de villanos que pretendían ser considerados como víctimas. Grupos de lobos en diferentes lomas que rebuznaban los mismos vicios del pasado. Corruptos versus corruptos, personajes de reputación dudosa contra otros de similar prestigio deteriorado, embusteros alegando con farsantes…; en fin, un mercado de insolentes, irrespetuosos y decadentes políticos con el pueblo hondureño y con los candidatos a magistrados, han enfangado el rostro patrio a lo interno y lo externo.

Parecía más bien que se estaba en un cabaret de mala muerte en la barriada de Hunts Point, en la zona del Bronx, Nueva York. ¡Qué penoso anfiteatro el que montaron durante más de dos semanas estos aprendices de políticos!

Todos juraban defender una postura nacional, que en cada momento -¿nos creerán deficientes mentales a los gobernados?- aseveraban, estaba libre de cualquier ideología; pues gritaban que representaban la democracia y que con tintes de cristiana y anticorrupción, brindarían a la República un progreso liberal nunca antes experimentado; ya que cada uno de ellos era el salvador de Honduras. ¡Roma me da risa! ¡Cinismo tras cinismo!

Han dado cátedra de un pésimo proceder y vergonzoso ejemplo para las nuevas generaciones.

Y para finalizar, vino la elección y juramentación de los magistrados. Al igual que en enero 2022, el supuesto protagonista de la toma de juramento, quedó invisible y fue -en esta ocasión-, el cardumen de esos señores a quienes elegimos como diputados, quienes tomaron la promesa de ley a los 15 magistrados. Y, entonces, ¿quién es el legal, auténtico, puro, ungido y sacrosanto presidente del Congreso Nacional? A evidencias claras y contundentes de situaciones reales, ya no hay que presentar pruebas circulares o redondas de quién es quién.

Transcribo, a continuación, las palabras de los ilustres pensadores de siglos atrás, para que el lector las vincule a la gala vivida y elabore sus propias conclusiones.

Dumur: “La política es el arte de servirse de los hombres, haciéndoles creer que se les sirve”.

Talleyrand: “La política ha sido siempre y será siempre, una cierta manera de agitar a los hombres antes de servirse de ellos”.

Ante tanto deshonor, falacia y desprestigio que han proyectado a los políticos como los grandes perdedores en este coliseo; es prudente que analicen a profundidad el harakiri, el código ético de los samuráis japoneses. Tal vez, algo se les pega del mismo.