Por: Segisfredo Infante
No todas las costumbres y tradiciones populares son nocivas, ni mucho menos, para la producción subsistente de una sociedad, en la cual todavía predominan enormes falencias en materia de irrigación. Pues, según se dice, habría que demostrarlo, que solo el cuatro por ciento (4%) de las tierras fértiles de Honduras experimentan los sistemas agrícolas de riego. El resto se mantiene gracias a las lluvias estacionales y a las intuiciones de los campesinos o “pequeños productores” como les llamamos ahora.
Frente a la incertidumbre y el analfabetismo predominante en los países atrasados, un estadounidense inventó, hace alrededor de ciento noventa años, el “Almanaque pintoresco de Bristol”. Nuestros bisabuelos, aquellos que sabían leer un poco, buscaban el famoso “Almanaque” con el objeto de orientarse en su diario vivir, pero, sobre todo, en lo tocante a los factores productivos. Si alguien proyectaba construir una casa o un rancho, trataba de identificar la mejor luna, con el objeto que la madera se salvaguardare de la perforación causada por las termitas. Aquellas casas basadas en los cortes apropiados de madera podían durar cien, doscientos y hasta trescientos años, sin sufrir perforaciones ni resquebrajamientos de ningún tipo. Todavía en Estados Unidos y en varios países de América Latina, se conservan construcciones de los tiempos coloniales sin haber sufrido mayores daños. Lo mismo ocurría con los momentos apropiados para ir a pescar. La observación de los astros, las experiencias acumuladas, las intuiciones de los antepasados y aquellos viejos almanaques lo indicaban casi todo.
En el caso previo de los pueblos mesoamericanos se conjugaron las sabidurías de las antiguas comunidades sedentarias indígenas con los aportes de los españoles. He ahí el mestizaje etnocultural. No solo biológico. Quizás lo más importante en este punto sea la búsqueda intensa del momento apropiado de sembrar maíz, una gramínea riquísima y poderosa con muchos derivados alimentarios. (Una vez entretuve a mis alumnos con el fin de elaborar un listado de todos los productos que podían extraerse del multifacético maíz. Alcanzamos a mencionar más de veinte derivados viejos y modernos). También podemos añadir el cultivo de frijoles, grano que según nuevas investigaciones es de origen mesoamericano y produce una nutrición casi completa. Hoy debemos afirmar que sobre el cultivo del maíz y los frijoles se levantaron civilizaciones prehispánicas toscas y esplendentes. Así como en varias sociedades orientales lo hicieron sobre el trigo o sobre el arroz, según haya sido cada momento civilizatorio.
Nuestros abuelos mestizos, más cercanos en el tiempo, deletreaban el “Almanaque de Bristol” con el objeto principal de encontrar el momento mágico de sembrar la milpa o los maizales. Los dos primeros días de siembra eran una especie de jolgorio, en que las patronas y muchachas preparaban la bebida azucarada del “pozole”, con el fin inmediato de animar a los “mozos” en la siembra de tan importante grano. Algunos se desmayaban porque les variaba el nivel de azúcar o llevaban muchos meses sin trabajar. Los mejores terminaban sus faenas en dos o tres días, según la dimensión del terreno por sembrar. (El tema sobresaliente de la cosecha del maíz y los frijoles es una historia aparte. Pero vale la pena destacar que los indios mesoamericanos celebraban las cosechas con “chicha”, es decir, un maíz fermentado con agua durante cuatro o cinco días).
El “Almanaque de Bristol” se conseguía gratis. Hoy lo venden en las farmacias y en los puntos donde transitan los vendedores ambulantes. No es tan accesible para los campesinos pobres como lo era antes. Ignoro si los actuales almanaques traen suficiente información elemental. Creo que conservan los horóscopos (cuya prohibición fue sugerida por el Papa Juan Pablo Segundo) y las predicciones de los eclipses solares y lunares, con bastante precisión. También publican unos chistes malísimos a grandes cuadros. En todo caso es importante recordar que los abuelos utilizaban el “Almanaque de Bristol” al momento de identificar las ferias patronales de los cristianos católicos, y al momento de nacer una persona. Ahí le clavaban al recién nacido, el nombre del “santo patrono” correspondiente a la fecha de nacimiento. Decenas de miles de hondureños y de latinoamericanos, por lo menos de hace dos o tres generaciones hacia atrás, cargan sobre sus cabezas los nombres indicados según cada fecha patronal de este “Almanaque”.
A falta del mencionado cuadernillo bristolense nuestros abuelos (de ambos sexos) escudriñaban las cabañuelas del cielo durante los primeros doce días del mes de enero (agregando seis mediodías más) con el objeto de vaticinar lluvias y sequías. Ignoro la suficiencia de tales predicciones visuales y ambientales. Pero Josué Danilo Molina, físico de partículas, publicó en la revista “Búho del Atardecer”, un largo ensayo titulado “Cabañuelas intelectuales”, con sugerencias de libros de posible o probable lectura.