LETRAS LIBERTARIAS: El “show” más aplaudido

Por: Héctor A. Martínez (Sociólogo)

Las propuestas para elegir a los magistrados de la Corte Suprema de Justicia en proporciones de 5:5:4:1; 6:5:3:1 o 6:5:4 no forman parte de la estrategia de campo de ningún entrenador de futbol nuestro; no. Se trata de un esquema de reparto de candidatos a la honorable, con el que los partidos políticos pretendían alzarse con la mayor parte del pastel, e inclinar la balanza de Temis hacia el lado de las conveniencias de grupos poderosos.

En otras palabras, los diputados en el Congreso mantuvieron una lucha encarnizada para imponer a sus obedientes juristas en ese vital poder del Estado, a sabiendas que todo proyecto que favorezca el alcance de los objetivos de un partido político deberá pasar por el filtro de las decisiones -casi siempre politizadas- del pleno de los magistrados. Entre rechazos, arreglos, sesiones a hurtadillas, acuerdos bajo la mesa, dilataciones y zancadillas, lo que en principio parecía ser el primer proceso de selección de burócratas apegado a un “fair play” procesal, terminó en manos de los politiqueros que, ni cortos ni perezosos, hicieron a un lado los méritos de los concursantes para imponer la incondicional militancia. De esta deplorable manera, los negocios de los partidos se anteponían a los intereses populares y a la lógica que supone un concurso transparente.

En Honduras, repartirse el pastel del Estado a espaldas del público siempre había sido la tradición, salvo en esta ocasión donde el espectáculo ha sido transmitido a la manera de un verdadero “reality” excepto, claro está, lo pactado tras bambalinas. Con el advenimiento de Libre en el gobierno -pero no en el poder-, el panorama político ha cambiado por completo.

En el pasado, el bipartidismo que gobernaba en un remanso de conciliación aparente, hasta el 2021, decidía cuál de los dos partidos se quedaba con cada uno de los poderes del Estado, a guisa de una “justa distribución” de las instituciones más importantes para ciertos sectores. Esa alternancia en los poderes era una cuestión meramente cosmética, a la par que la CSJ quedaba como un premio de “consolación” para el partido “perdedor”. En un país como Honduras, donde existen intereses de grupos dedicados a todo tipo de negocios, ejercer un cargo de tal altura, representa la garantía de que no habrá trabas para los poderosos, sobre todo de esas que se prescriben en códigos, arbitrios y estatutos.

A ese adefesio politiquero, atornillado a los procesos electorales y legitimado por el derecho que reclama la democracia representativa, es lo que mi generación denomina con bastante petulancia e hipocresía, como “democracia”. Kelsen y Schmitt no saldrían del asombro viendo las técnicas utilizadas en nuestro sistema político.

Siendo esa la triste realidad de Honduras, todo lo que tenga que ver con la transparencia institucional, el fortalecimiento democrático electoral, el impulso al desarrollo económico y el bienestar de la sociedad civil, pasa a un segundo y tercer plano. La política, antes del progreso; los ciudadanos: solamente para ratificar lo establecido, nada más.

Mientras los políticos y algunos medios nos hacen creer que todo este barullo es “por el bien del país”, cada día que pasa nos rezagamos en lo económico; la anarquía se impone en la ciudad y en el campo; la sangre corre a raudales, mientras el mundo nos etiqueta como uno de los lugares más inhóspitos del planeta. Suma y sigue: la desgraciada educación está en manos de unos asesores del empobrecimiento socialista, mientras la infraestructura de salud es cada vez más tercermundista.

El ganador del “reality” no ha sido el pueblo, NO, sino los partidos y sus patrocinadores, como siempre; los grupos de poder tradicional y los advenedizos populistas que se han agenciado la mitad del pastel cada uno, a la espera de las nuevas trifulcas que se vendrán en los próximos años. No, no es esta la democracia con la que habíamos soñado y que habían prometido al pueblo desde aquel 1982; pueblo que, desesperanzado y desmoralizado, observa desde las gradas del anfiteatro politiquero la tragicomedia de la elección justiciera, el “show” más aplaudido.