Por: Óscar Armando Valladares
El 8 de febrero de 1904 -en la alborada del siglo de las luces-, sucedió en el país el primer golpe de Estado. Lo dio el general Manuel Bonilla e indujo a la Policía el arresto de los diputados liberales Policarpo Bonilla, Miguel Navarro, Miguel Oquelí Bustillo, Jesús M. Alvarado, Salvador Zelaya, Manuel F. Barahona, Ricardo Pineda y Jacinto Rivas, ruidosamente llevados a la Penitenciaría Central. Según el periodista cachureco Lucas Paredes, el que más sufrió fue el diputado Bonilla “por haberse opuesto a los esbirros”, los cuales “no hacían más que cumplir las órdenes recibidas de los centuriones del cacique enfurecido”.
Un consejo de guerra impuso a “don Policarpo” diez años de reclusión, pena desorbitada de la que intentó librarse mediante fuga prevista para el 27 de julio de 1905. A este efecto, el centinela del torreón penitenciario de la esquina suroeste quedó “entendido” de que a la hora de su turno se evadiría el prisionero, al que se le hizo llegar una lima finamente estriada con qué cortar los barrotes; faena que no pudo concluir por un descuido de su brazo lisiado -producto de “heridas de guerra”. Agrega de este asunto el historiador Víctor Cáceres Lara: “Se le cayó de las manos un fragmento del metal. Se practicaron minuciosos registros, se descubrió que había sido limada la reja y de nuevo se impusieron grillos al popular expresidente, el que estuvo en la cárcel hasta el 28 de febrero de 1906”.
La experiencia del dirigente liberal, mostró -como en infinitos casos- lo que significaba caer y permanecer en ese purgatorio acuartelado, adonde se entubaban delincuentes comunes, supérstites de contiendas intestinas, políticos caídos en desgracia y asimismo -como escribía Ramón Oquelí- “altas figuras de nuestra vida pública, expresidentes y futuros presidentes, diputados y futuros diputados, magistrados y ministros, hasta tal punto que alguien llegó a decir: -Lo mejorcito de Honduras ha pasado por la PC-”.
Ordenada su construcción -el 15 de noviembre de 1882-, la obra penitenciaria se erigió en el sitio “El Molinón”, a la margen del río que cruza por el barrio La Hoya. Una foto de Juan T. Aguirre, inserta en el Anuario estadístico de 1889, retrata el edificio en su etapa inicial, aún sin las cuatro torres o vigías.
Salomón Maradiaga Sanabria, recluido en la PC por haber dado muerte en 1940 al capitán Benjamín Ceballos, plasmó sus amargas experiencias en el libro “La cárcel y mis carceleros”, impreso en México en 1952. “Éramos dos mil veinte reos en un diámetro de cien metros cuadrados. El plantel era más grande; pero más allá de nuestro círculo estaban las guarniciones”. De las personas que allí vio, recuerda a un hijo del maestro Pedro Nufio, Constantino Suasnávar, Daniel Laínez, Alfredo Trejo Castillo, Antonio Castillo Vega, Salvador Zelaya Cáceres, Eduardo Da Costa Gómez, Emilio Gómez Robelo, Martín Baide Galindo, Arturo Morales Chávez, Emilio Crespo. Además de reos políticos y de quienes ocasionalmente habían delinquido, evoca a profesionales del crimen, como un tal Saborío, al tico Jiménez Vargas -del cual el diario La Época divulgó tomas de su fusilamiento por haber cortado la vida del español Pedrito Gil- y de otro costarricense que presumía ser el ladrón más listo y joven de América. Alude al comportamiento brutal de Víctor Carías Lindo, sustituido en 1949 por Juan Blas Aguilar, bajo cuya gestión se logró el inventario de la penitenciaría: 45 látigos, 437 presos encadenados y 600 sin sentencia. Gracias a un indulto Sanabria recobró su libertad. Falleció en 1985, a los 72 años de edad.
Civiles y militares han dirigido la centenaria prisión central. El 28 de octubre de 1970 asumió el cargo -por algún tiempo- el capitán y licenciado Mario Maldonado Muñoz, en reemplazo del coronel José David Chinchilla. Halló una población de 3,000 reclusos y, en un pabellón aparte, 56 mujeres; además, un conjunto de 22 bartolinas, números indicativos del hacinamiento existente. Impuso orden y disciplina, saneó negocios de irregular procedencia, introdujo medidas disciplinarias, mejoró el centro escolar, promovió la actividad deportiva e inició gestiones conducentes a la obtención de un terreno -en la comunidad de Ojo de Agua, El Paraíso- para la construcción de una granja penal.
Recluido en el abandono yace el ruinoso edificio de la PC. Abrigamos la esperanza de que el gobierno de Xiomara Castro construya en su lugar -con el concurso de la alcaldía distrital- un centro cívico-cultural dedicado a la libertad, independencia y soberanía, y en donde la juventud tribute respetos a los símbolos nacionales y a las figuras eminentes que lucharon a su modo por la refundación de la patria, hoy promovida en nombre del socialismo democrático.